Durante los dos últimos siglos, la forma en la que hemos conseguido mejorar un poco la situación de los que están peor ha sido aumentando muchísimo más la riqueza de los más ricos.

Durante estos dos siglos no ha sido cierto que los ricos se hayan hecho más ricos a base de hacer más pobres a los pobres. Lo que ha ocurrido es que los ricos se han hecho muchísimo más ricos a base de permitir que los pobres se hicieran un poquito menos pobres.

Esas pequeñas mejoras de los más pobres son las que han pretendido “justificar” moralmente el sistema que tenemos hoy, y las que han conseguido que no se cumpliera lo que predijo Marx, que decía que el empobrecimiento progresivo de la clase obrera haría finalmente saltar por los aires al capitalismo.

Pero qué pasa si ya no podemos seguir creciendo a nivel global, como parece que todos los indicadores ambientales están diciendo. En ese caso ya no podrá ocurrir que los ricos mejoren mucho y los pobres mejoren un poquito. Si ya no se puede crecer a nivel global, lo que ocurrirá es que toda ganancia de los ricos necesariamente será a costa de los que menos tienen.

En estas nuevas circunstancias, si queremos garantizar una vida digna para todos, necesariamente tendremos que ganar la batalla política global que consiga los mecanismos de redistribución necesarios.

El primer paso es ideológico. Se trata de hacer entender que el contexto ha cambiado y que los límites físicos que necesariamente nos vemos obligados a respetar impiden un crecimiento infinito de la producción y del consumo, lo cual necesariamente nos llevará a la puesta en marcha de políticas redistributivas, si queremos que nuestros hermanos más desfavorecidos mejoren su situación.

Este primer paso lo vamos consiguiendo muy poco a poco. La incorporación del objetivo 10 de lucha contra la desigualdad en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) -recientemente aprobados en la Asamblea General de Naciones Unidas- es, en este sentido, una magnífica noticia.

El segundo paso es puramente intelectual. Los poderosos tienen la enorme habilidad de “comprar” el discurso y de transformarlo a su favor. La definición del indicador 10.1 que se ha aprobado en la Asamblea General de las Naciones Unidas para medir la desigualdad es un claro ejemplo de esto. En vez de decir que necesitamos que la renta del 10% más pobre crezca más que la renta del 10% más rico, nos han “colado” un indicador que dice que lo que necesitamos es que el 40% más pobre crezca más rápido que la media.

Yo reconozco que tuve que leer el indicador tres veces y frotarme los ojos otras tantas. Ya que en su indicador lo que nos están diciendo es que hay que acabar con la desigualdad de la clase media.

Resulta que tenemos ahora aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas un indicador que permite que el 10% más rico siga su escalada descontrolada y, lo que es aún peor, que permite que el 10% más pobre permanezca estancado, muriendo antes de los 35 años de malaria, sida, tuberculosis o hambre.

Pongo aquí algunos cálculos, para el que quiera vencer la natural pereza mental que tenemos los seres humanos. En ellos se demuestra cómo se puede conseguir cumplir el indicador aprobado por las Naciones Unidas mediante distribuciones de renta cada vez más desiguales donde la renta de los más ricos crece a un ritmo escandaloso mientras la renta del estrato más pobre queda estancada.

De hecho, con toda probabilidad, en el 2030 brindarán con champán en las Naciones Unidas porque el indicador estará sobradamente cumplido, sin pararse a mirar que el 10% más rico habrá alcanzado niveles estratosféricos de renta y de consumo, o lo que es aún peor, que el 10% más pobre seguirá estancado y excluido.