Hizo época aquel the economy, stupid; the economy! lanzado por W. J. Clinton a George H. W. Bush, padre, durante la campaña de las presidenciales del 92.

Con ello se venía, no sólo, a subrayar la conexión innegable entre la política y la economía… sino también –y esto, ya, en una pirueta falaz– a sentar que la economía era la que -¡no nos engañemos!-, debería llevar la batuta. Los administradores públicos habrían de atenderla en suprema instancia; y dedicarle de manera prioritaria sus desvelos. Lo demás: lo social, lo político, lo cultural… bien podría esperar a que subiera la marea y, con ella, junto a los yates de abundosa eslora, todos los barquitos chiquititos que no podían navegar…

¡Vana ilusión! Al menos, a la vista de lo que se observa en la economía globalizada. Por poner el foco en los países ricos, pensemos en el estado de opinión entre los que se sienten desatendidos desde hace entre 30 y 50 años… Los que –se les dijo- sobraban, resultaban redundantes, en una economía postindustrial que busca y encuentra costes laborales unitarios más bajos allende los mares… Y que reparte de manera muy desequilibrada –y por ello, injusta- los costes y los beneficios. Alguien sentenció: “Wall Street has prospered; Main Street, has not”.

Y no… No son cuatro extremistas los que lo dicen: Son los del Bank of America Merrill Lynch en una nota reciente: La recuperación económica de los últimos años constituye un ciclo disfuncional. A Juan Español –con poquísima renta disponible y escasa capacidad de endeudamiento- le da un poco lo mismo que los tipos de interés bajen… A los que pueden lucrarse con esos créditos, no… Ahí ya estamos hablando de otra cosa.

Ahora bien, no hay que ir a Salamanca para darse cuenta de que esta creciente desigualdad acabará por resultar insostenible y pondrá en peligro el completo statu quo internacional. El Brexit, para quien lo analice despacio, es un ejemplo extremo de este desencanto que señalo. Y tiene derivadas que van más allá de una escisión en la UE, y que –en el límite- apuntan incluso a un peligroso escenario de continuidad en la Alianza Atlántica… mientras nos desayunamos con el rictus zorruno del camarada Vladimiro en modo sonrisa.

Hay que cambiar de paso. Y por seguir dando pistas, en línea con lo que indicaba al final de mi anterior artículo, añado lo siguiente: Lo central no son ni los mercados, ni es la bolsa, ni los dividendos, ni mucho menos los bonos que cobran los altos ejecutivos… Todo eso no deja de ser más que elementos orbitales, aspectos derivados en torno al núcleo sustancial de la economía. Ya saben: producir con eficiencia y de forma sostenible; y distribuir –el bien y el excedente- de manera razonable y justa, en aras de una sociedad desarrollada y pacífica; incuestionablemente, más solidaria y humana. Y aquí, muy seguramente, habrá que mover la palanca fiscal con sabiduría.

La ética pide poner todo el tinglado institucional al servicio de la gente. Hay que hacer que sean las personas –todos los hombres y mujeres, de todos los lugares; y en todas sus dimensiones– el eje de actividad de unos políticos que hace demasiado tiempo parecen haber perdido el oremus. Es como si los hubiera obnubilado el brillo del oro y los dictados del mainstream económico. Es hora de preocuparse, de veras, por el bien común. Esto es: por las condiciones que posibilitan que todos consigamos desplegar nuestras capacidades y atender a nuestras metas personales y colectivas. Porque, según lo indicado, el fin de la economía no consiste sólo en aumentar la productividad, sino en crear condiciones para llevar una vida digna.

Sería peligroso que no se captara el mensaje y no se obrara en consecuencia. Peligroso para todos; también para los políticos: No pueden seguir dando por hecho que la gente los vaya a seguir votando. ¿Será por eso por lo que Frau Merkel hablaba hace poco de “fijar una agenda positiva que produzca prosperidad para nuestra gente”? ¿Tendrá algo que ver con que Mrs. May, el pasado día 13 de julio, cuando tomó posesión del 10 de Downing Street, haya prometido hacer de Gran Bretaña un país que trabaje “for every one of us?

El centro real de la economía -y la política- no puede ser otro que la persona. Lo diré con más desagarro, a ver si así se me entiende bien: ¡Es la gente, imbécil; es la gente!