La exclusión social es la Casa del Miedo

En Inglaterra pintan de rojo las puertas de las casas de los refugiados y los racistas las atacan. En la frontera checa grabaron números en sus brazos (septiembre 2015). En una redada en un asentamiento rumano gitano de Madrid, la policía puso pegatinas en el pecho de adultos ante la mirada de pánico de sus hijos (El Gallinero, 19 de enero, 2016). El candidato republicano Chris Christie –gobernador de New Jersey- ha propuesto que a todos los inmigrantes les instalen un identificador para monitorizarles “como a paquetes de Fedex” (agosto 2015). En verano de 2015 han corrido incluso rumores de querer instalar chips a las personas sin hogar en Estados Unidos. ¿El marcaje de inmigrantes pobres es una tendencia? A todos nos recuerdan inmediatamente las estrellas amarillas nazis en los pechos de los judíos o el tatuaje en las muñecas de deportados.

El marcaje de los pobres es proporcional a su grado de exclusión. Cuanto más excluido es alguien, más localizado se le quiere tener. A los inmigrantes se les quiere localizar pero no se les quiere dar un lugar. Se les quiere tener controlados porque no se logra controlar al Leviatán de la exclusión social. La bestia de la exclusión social está desatada y ya que no se le puede controlar a ella se quiere controlar a sus víctimas. Así se consuma la criminalización de las víctimas, que es lo que hacen los maltratadores: te pego porque te lo mereces. Se les considera un peligro para el sistema cuando el mayor peligro para este sistema es el propio sistema. Nada más antisistema que el propio sistema: explota el planeta hasta la insostenibilidad, lucra a unos pocos hasta quebrar, desvincula y superficializa hasta hacer perder el sentido.

Pintar de rojo las casas de los refugiados en Middlesbrough –localidad al noreste de Inglaterra- ha facilitado que bandas racistas puedan localizarles: les han arrojado huevos, piedras y excrementos a sus puertas y ventanas y han golpeado violentamente sus casas para intimidarles. Estas viviendas están gestionadas por la compañía de seguridad privada G4S –que también se dedica a hacer labores de ONG con refugiados- con la que la Administración tiene contratado este servicio social. En declaraciones a The Independent el 20 de enero de 2016, Suzanne Fletcher, representante de la ONG @LD4SOS al servicio de los asilados (Liberal Democrats For Seekers of Sanctuary) dijo haber solicitado a G4S ya en septiembre de 2012 que se repintaran de distintos colores para no señalar a los refugiados. Advirtieron del peligro y estigmatización que suponía para los asilados, pero la empresa se negó explícitamente a no pintar todas las viviendas de rojo. La compañía no sólo se negó sino que cuando algunas familias refugiadas la pintaron de distinto color ordenó que se pintara de rojo de nuevo. @TheIndependent cuenta que así le ocurrió al refugiado afgano Ahmad Zubair: pintó su puerta de blanco y la empresa envió a un pintor para que volviera a restaurar el color rojo. Todo el mundo en la zona sabe que los refugiados son los de las casas de puertas rojas y nadie pinta su puerta con ese mismo color. A ellos se les obliga. Las primeras reacciones políticas de los Laboristas han denunciado que esa praxis recuerda al modo como los nazis marcaban a la gente. En la website de G4S, la compañía ha emitido un comunicado en el que califica como ridículas las denuncias y explica este hecho diciendo que hay una instrucción burocrática en la compañía que dice que las puertas de las viviendas que tienen a su cargo sean rojas. Lo que no explica es por qué se obliga a que se repinten cuando algún inquilino quiere cambiar el color. Las casas rojas de los refugiados se han convertido en casas del miedo, sometidas al marcaje, la estigmatización y los ataques indiscriminados.

En realidad, no hace falta pintar de rojo a los refugiados y excluidos: ya están pintados por la estigmatización, la criminalización y los prejuicios de muchos. Pero la red de fenómenos que hemos descrito parecen apuntar a una tendencia de miedo a los extranjeros y a los pobres. Pero somos “los integrados” los que realmente damos más miedo. Sentimos el miedo de los pobres y lo proyectamos dentro de nosotros, se multiplica el miedo. Una sociedad exclusora es la Casa del Miedo y dentro de ella el miedo sólo puede multiplicarse cada vez más. Toda la Casa del Miedo está pintada de rojo. Y lo peor es que en la Casa del Miedo –como en aquella película de Buñuel, El Ángel Exterminador- la puerta está abierta y podríamos huir y salir. Pero no salimos de la Casa del Miedo: demasiada gente parece tener miedo al bien. Esa es la clave: tenemos miedo a amar.

Foto: The Independent

Compartir

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here