En estos días ha vuelto la pottermanía, con la publicación en castellano de la última entrega de la serie, “Harry Potter y el legado maldito”. No se trata, en este caso, de una nueva novela, sino del libreto de la obra de teatro que lleva representándose en Londres desde el mes de julio. Aprovechamos esta ocasión para ofrecer algunas reflexiones acerca de la espiritualidad que se puede encontrar en la saga de Harry Potter. La tomamos del libro “Una vida mágica. La espiritualidad del mundo de Harry Potter”, de Francis Brider, pastor y teólogo anglicano. El libro acaba de ser reeditado por el Grupo de Comunicación Loyola y de él seleccionamos siete puntos, en buena parte con citas textuales.

  • ¿Es Harry Potter una creación diabólica? Yo creo firmemente que no. Aunque los libros contienen brujería y mal, no fomentan tales cosas, como tampoco lo hacen El león, la bruja y el armario [de C. S. Lewis] o El señor de los anillos [de J. R. R. Tolkien], que también contienen brujería y mal. De hecho, los libros de Harry Potter están en muchos aspectos menos ligados a la magia que las sumamente adiabólicas obras de Lewis y Tolkien” (p. 48).
  • ¿Es Harry Potter un héroe intrépido? De nuevo creo que no. No es un ‘superniño’. Puede ser valeroso y hábil en el campo de quidditch, pero dista mucho de ser omnipotente. Hay en él un realismo fundamental, una vulnerabilidad sin la cual nunca habría sido atractivo para niños y adultos” (p. 48).una-vida-magica-harry-potter
  • ¿Dónde está el atractivo de la serie? “A fin de cuentas, Harry no es un demonio ni un santo, sino, esencialmente, el niño que sobrevivió” (p. 48). “La normalidad es una de las piedras de toque del colosal éxito de Harry Potter, y es Howgarts lo que permite que se haga patente” (p. 62). “Harry comparte su cualidad central con absolutamente todos los miembros de su casa, incluido el desdichado Neville Longbottom. En particular, comparte el valor con sus mejores amigos, Ron y Hermione” (p. 64).
  • ¿Qué podemos ver en la “trinidad profana” de los tres amigos? “Ninguno de los tres personajes principales es perfecto. Ninguno puede triunfar en su quehacer sin la ayuda y el apoyo de los otros dos, y son estas áreas de vulnerabilidad lo que les hace no solo más creíbles como personajes, sino también más capaces de suscitar simpatía” (p. 65).
  • ¿Qué podemos aprender sobre ética o moral? “Lejos de ser amoral o inmoral, como algunos han supuesto, el mundo de Harry Potter es sumamente moral. Aunque no abiertamente cristianos, los valores que alberga tienen en aspectos críticos una resonancia a moral cristiana: lealtad, fidelidad, sinceridad (en su sentido más profundo), valor, confianza y, por encima de todo, amor, son las virtudes prominentes presentes en la vida de nuestros héroes, mientras la realidad del mal y las malas acciones son claramente expuestas y condenadas” (pp. 109-110).
  • ¿Encontramos algo de teología? “En apariencia, da la impresión de que en el mundo de Harry Potter no hay teología. Pero en realidad hay una cantidad considerable de teología cristiana que se refleja implícitamente en las páginas de dicho mundo (…) Se manifiesta de dos formas distintas: en los vestigios superficiales de cristianismo que aparecen tanto en la cultura muggle como en la mágica del mundo de Potter (del mismo modo que siguen presentes en nuestro mundo), y también en los ricos temas –más característicos de la teología cristiana, si no exclusivos de ella— que impregnan los libros del mundo de Potter en un nivel mucho más profundo” (pp. 111-112).
  • ¿Y la metafísica? “Joanne Rowling establece unos límites definidos para lo posible dentro de su creación, aunque traza dichos límites con amplitud y los utiliza para poner en cuestión a quienes trazan unos límites excesivamente estrechos a la realidad en nuestro propio mundo (…) En consecuencia, la metafísica del mundo de Harry Potter nos invita a ser la clase de persona que cuestiona la creencia cultural de que la ciencia puede por sí sola llevarnos a la realidad. Para los cristianos deseosos de plantear un desafío a la cerrazón cultural de la modernidad, Rowling ha resultado una inesperada –pero bien recibida— aliada” (pp. 161. 167)

Por todo ello, concluye Francis Bridger, “nuestra respuesta al mundo de Potter –como cristianos individuales y como Iglesia— debe ser positiva y matizada. Ello no significa que tengamos que ser acríticos, sino que nuestras críticas deber ser las propias de un amigo preocupado y clemente, no las de un enemigo rencoroso y farisaico” (p. 169).


Nota: el libro de Francis Bridger puede encontrarse aquí.