La España conservadora

No vamos hablar de la España que vota al PP, sino de la conservadora, aquella cuya aspiración básica en la vida es conservar lo que tiene. O, si todavía no tiene bastante para vivir de ello, aquella cuya ambición básica consiste en alcanzar algo que conservar, tan pronto como pueda.

Pero esos ¿no somos todos? No exactamente. Todos intentamos conservar aquello bueno que hayamos podido adquirir, e incrementarlo si es posible, pero la otra España no conservadora se caracteriza por que su aspiración básica (“básica” es la palabra clave) no consiste en conservar sino en hacer. Hacer por esa forma de placer creativo que se encuentra en la acción misma y sus frutos, en su utilidad para otros, en su contribución a la vida común. Hacer más allá de lo que necesitas, incluso cuando no te rinde nada especial desde el punto de vista de tus haberes o la seguridad de ellos. Hacerlo bien para que sirva.

La España conservadora vive de las rentas o aspira a ello; deja de hacer en cuanto puede mantenerse de lo que tiene. Es una España muy grande, para empezar por razones demográficas. La pirámide poblacional de España comprende mucha gente mayor, que son conservadores casi por definición: sus medios de vida dependen de un patrimonio adquirido que no pueden permitirse arriesgar. Para muchos de ellos, ya no es tiempo de hacer gran cosa, sino de vivir de las limitadas rentas de su trabajo pasado. No hay nada raro ni reprobable en ello: la vida humana tiene edades. Pero si, como los artistas, pretenden seguir creando después de jubilados, o percibir derechos de autor de su obra, ya no pueden sin perder su pensión. Muchos son conservadores forzosos.

La misma pirámide poblacional y las cifras de desempleo nos informan de la existencia de otro amplio sector predominantemente conservador: el de los mayores de 45 años pero todavía no jubilados. Estos aspiran a conservar su empleo, porque a esas edades la probabilidad de obtener otro si uno va al paro, son pequeñas. Lo que sea para conservar el empleo, del que depende además la jubilación futura. Si estás jugándote tu puesto y perderlo ya no es un lujo que puedas permitirte, ¿qué lugar queda por ejemplo para el despliegue de la creatividad, para el riesgo del ensayo, o para la discusión moral en el trabajo?

Ello nos abre una puerta a otra importante veta de conservadurismo en la sociedad española: la gran cantidad de organizaciones públicas y privadas donde lo esencial para la evaluación laboral es no equivocarse, seguir el libro, tener la excusa lista, no ser culpado de ningún error. Salvar el culo, dicho rápido y mal. Una organización que solo puede aplicar las respuestas previstas no es capaz de resolver lo nuevo. En tiempos como estos, de tanta cosa nueva, no existe para dar cauce a las iniciativas sino para ponerles problemas: falta la póliza de cinco pesetas; no sale la portabilidad; demande a la Junta si se atreve.

La lista puede agrandarse con aquellos que, aun siendo jóvenes, aspiran a conseguir un puesto en una de estas estructuras (¡sacar una oposición, gran aspiración nacional!), y pasar por él los años precisos hasta jubilarse. Con un poco de suerte, jubilación anticipada.

No estamos hablando aquí de un defecto de carácter de las personas, sino de un asunto estructural de nuestra sociedad. Hagamos un pequeño experimento mental:

Imaginemos la promoción de un Instituto grande de secundaria: doscientos muchachos y muchachas que terminan su Bachillerato. Allí los habrá que intenten todos los caminos en la vida: quienes pongan un negocio, quienes vayan a por una oposición, quienes hagan carrera política, quienes estudien para trabajar en una transnacional, quienes se queden en algún empleo cerca de casa, quienes se preparen para ser profesores o investigadores… y todas las otras posibilidades. En cada generación, todos los caminos están siendo intentados por algunos.

Veinticinco años después, con hijos ya adolescentes, se reencuentran. ¿Quiénes tuvieron éxito en la vida? Cuando estos padres aconsejen a sus hijos ¿a quiénes de sus antiguos compañeros de Instituto señalarán como modelos? En una sociedad conservadora, los modelos de éxito vital no serán los empresarios arriesgados, ni los creadores culturales o científicos, ni los que corrieron los albures de la emigración, ni los que intentaron que su gran organización respondiera a la gente en vez de obligar a la gente a responder a la organización, ni los que compitieron con y contra otros de todo el mundo. Admirables quizás, pero no imitables. No aconsejaría a mi hijo que se encaminara por ahí.

Los modelos de éxito que se ofrecerán a los jóvenes de una sociedad conservadora serán los que no se metieron en problemas, quienes no corrieron riesgos, no crearon turbulencias ni novedades, “se colocaron” en un puesto seguro, no tomaron iniciativas ante respuestas institucionales obviamente inservibles; quizás hasta los que hicieron ganancias del subsidio, del rescate o de la recalificación, los que sobrevivieron en el enchufe, los que fueron apreciados por su obsequiosidad al jefe… A esos “les va bien”.

La España conservadora convive con la otra en muchos de nuestros lugares sociales. Casi en cada sitio hay quien busca producir soluciones, y hay quien busca salvar su responsabilidad (por no repetir palabras malsonantes). Pero nuestros dados están institucionalmente cargados contra los pequeños empresarios y los autónomos, contra los inmigrantes y los refugiados, contra los creadores culturales y científicos, contra los que toman iniciativas y corren riesgos, contra los que asumen problemas en vez de descargarse de ellos, contra los que aportan percepciones y propuestas organizacionales diferentes, contra los que aspiran al éxito en la competencia en vez de a través de un conocido…

Esos dados tal vez deberían estar, al contrario, cargados a su favor. La España conservadora no solo es en sí misma anti-competitiva, proteccionista y burocratista, sino que constituye a la vez un fardo y un tapón para la otra España. Cuesta mucho para lo que produce, tanto en el sector público como en el privado, y dificulta enormemente el éxito a quienes lo intentan por la sola valía de su hacer. Tantos aspectos públicos y privados atornillados en oligopolios de diverso género… No puede decirse que la nuestra sea una sociedad de oportunidades.

¿No deberíamos movernos en dirección de serlo? ¿No podríamos aspirar a una sociedad en que hubiera oportunidades reales para todos, en que desatar más y más fuerzas creativas fuera nuestro objetivo colectivo, en que nadie quedara fuera de aportar lo mejor de su acción al bien de todos y pudiera derivar de allí el éxito en la vida?


Imagen: diasdehistoria.com.ar/userfiles/image/espa%C3%B1a-mapa-antiguo.jpg

1 Comentario

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here