La encrucijada de la política y la impotencia del gobernante

Por Juan José González

La semana pasada han tenido lugar sendas declaraciones de la alcaldesa de Barcelona y del primer ministro griego que merecen, al menos, un comentario (aunque este tema, tratado con profundidad, daría para un debate mayor).

Ambos, representantes de lo que se ha dado en llamar “nueva política”, se han percatado de que gobernar no es tan fácil. Su ambición por cambiar las cosas como querían encuentra obstáculos, algunos insalvables. Seguramente ya supieran esto cuando estaban en la oposición o en el mundo del activismo social, pero entonces pasaban de puntillas sobre tal circunstancia. Prometían a la ciudadanía soluciones que no estaba en su mano cumplir y teñían sus declaraciones de un tono cuasi épico transmitiendo la impresión de que, con su llegada al poder, todo cambiaría, rápido y a mejor, sobre todo para los grupos sociales más desfavorecidos, tan maltratados por la nulidad (corrupción aparte) de las políticas de los gobiernos anteriores, a los que menospreciaban.

Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, se lamentaba: “aparentemente tengo más poder que nunca y sin embargo me siento más impotente; a diferencia del activismo social en el que he estado muchos años, ahora no puedo actuar para dar respuesta a casos individuales” (de mucha gente que le para por la calle y le pide un piso donde vivir, un trabajo, una ayuda social, una pensión, librarse de un desahucio,…) porque, entre otras limitaciones, podría ser considerado “clientelismo” o “tráfico de influencias”.

El primer ministro griego, Alexis Tsipras, con un poder y unas competencias mucho más amplias que las que tiene un gobierno municipal en minoría, ha sufrido un baño de realidad aún mayor. Tras tensar la cuerda durante meses y echar un órdago imposible a la Unión Europea, corralito incluido, ha terminado aceptando un tercer rescate cuyas condiciones son peores que las rechazadas por el pueblo griego en el referéndum celebrado el pasado julio, subvirtiendo así su resultado. Nada más aprobarse el tercer rescate, afirmó: “no me arrepiento de elegir el compromiso antes de someter al pueblo griego a un suicidio heroico, como el del baile de Zalongu”.

La política es una actividad compleja y no funciona, desgraciadamente, como nos gustaría. No es solo la nobilísima tarea de procurar el bien común, considerada en abstracto, remando todos en una única dirección posible. Es también la gestión de las ambiciones, las filias y las fobias de los gobernantes, y de sus votantes; de la debilidad y las contradicciones humanas, de la miríada de intereses contrapuestos que interactúan en los grupos sociales y en las relaciones internacionales. De la interdependencia de unos y otros para encauzar la solución de los problemas. De los recursos limitados y del respeto a las formas del Estado de Derecho (los problemas no se pueden solucionar de cualquier forma, sino mediante el procedimiento previsto en la ley; no se puede “tomar el cielo por asalto”).

Sin dudar de sus buenas intenciones, cada gobernante, cada alcalde, tiene su camino para llegar a ese fin del bien común. Pero todos los caminos tienen fallos. No hay solución perfecta. Y, muchas veces, por falta de mayoría absoluta u otras circunstancias, ni siquiera puedes hacer las cosas como pensabas inicialmente y tienes que adoptar la solución menos mala entre las posibles, no la solución ideal -pero irreal- con que alguna vez habías soñado.

Por ello, me parece siempre positivo aterrizar, poner los pies en el suelo y reconocer todas las limitaciones presentes en la acción política, y en toda actividad humana. Aunque sea amargo al principio, el baño de realidad es a la larga bueno. Y permite además, si uno es honrado intelectualmente, ponerse (aunque sea tarde) en el lugar de los gobernantes anteriores y reconocer que no había, ni entonces ni ahora, soluciones fáciles. Y que no estaba en sus manos arreglar muchas cosas, como a veces, alegremente o por intereses electorales, se solía insinuar desde la oposición.

No se trata de defender la “vieja política” ni de criticar la “nueva”. Sí de la necesidad de tomar conciencia de las limitaciones y la impotencia de la política, frente a la épica o el romanticismo con que a veces (no siempre) se desarrolla la protesta o el activismo social. Siempre es más fácil criticar que construir y gobernar (y conste que el activismo social también construye). Y por eso, ahora -solo ahora-, la alcaldesa de Barcelona empieza a sentirse desbordada e impotente, y más aún el primer ministro griego, que en un ejercicio de responsabilidad ha tenido que desdecirse o posponer sine die tantas promesas iniciales. Y es que, incluso lleno de buena voluntad, el activista o el político, a menudo no hace el bien que quiere y hace el mal que no quiere (Rom 7, 19).

Creo que solo cuando el gobernante cae en la cuenta de que no es omnipotente empieza a hacer una política sensata y viable. Solo desde la conciencia de esa fragilidad y de sus múltiples limitaciones, se halla una base sólida para una política que no encone más los problemas y coadyuve al bien común, con realismo. Esa idea de encontrar fortaleza en la debilidad está en san Pablo (2 Cor 12, 9-10) y es una invitación, para tantos gobernantes pagados de sí mismos, a no fiarlo todo a las propias fuerzas ni a la exaltación de sus planteamientos políticos. Una invitación a la escucha, la colaboración y la creatividad para una mejor solución de los problemas. Y a contar con el otro para ello pues, como decía Ortega, “toda auténtica política postula la unidad de los contrarios”.

Quisiera, por último, decir que la humildad y el realismo en política no significan tecnocracia ni conformismo con lo que hay. Y ni mucho menos suponen una renuncia al idealismo (a un ideal sensato y constructivo). El ideal por un mundo mejor y más justo siempre nos ha de marcar el camino hacia donde avanzar. Rara vez se toca la línea del horizonte, pero ésta sirve siempre de estímulo, aliento y guía imprescindible para no desviarse de la senda correcta.

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