Los antropólogos culturales insisten en señalar como uno de los rasgos definidores de la realidad humana lo que ellos denominan el Imperativo Económico. Con este concepto, más o menos, vienen a querer decir que el ser humano ha de procurarse los medios y la manera de satisfacer sus necesidades. Ya se trate de las más básicas y perentorias -comida, cobijo…-; ya nos refiramos a otras mucho más sofisticadas.

En definitiva, que si no fuéramos como somos –corpóreos y carenciales-, no conoceríamos la dimensión económica. Remedando a Aristóteles –“Ni los dioses ni los brutos se plantean cuestiones éticas”… – cabría afirmar, en paralelo, que si fuéramos espíritus puros, no necesitaríamos organizarnos para obtener recursos con qué cubrir nuestras necesidades. No tendríamos que producir bienes ni distribuir nada de lo producido… pues la economía no formaría parte del hecho antropológico.

Ahora bien, siendo así que la dimensión económica de la vida humana es algo incontrovertible, cabría dejar sentada como hipótesis de trabajo una doble afirmación. De una parte, que la empresa –lato sensu entendida- es una institución que se ancla de manera inmediata y natural en la esencia del vivir humano. Y de otra, que mediante ella –en sus múltiples y variadas  configuraciones: desde el grupo de cazadores paleolítico, al equipo de ingenieros que desarrolla programas informáticos de última generación- es como ha buscado la humanidad emplear sus capacidades de manera eficaz; coordinar los esfuerzos de modo eficiente; y buscar resultados óptimos, a partir de unos recursos escasos por definición y susceptibles de usos alternativos.

La empresa, en puridad, no es sino un grupo de personas, coordinado, en busca de un objetivo común, en el marco del Imperativo Económico –producir riqueza y distribuirla, para satisfacer necesidades de manera cumplida. Hasta ahora no se ha inventado nada mejor para ello.

La empresa, en consecuencia, es una realidad cultural, sí. Pero, a la vez, es una institución que hunde su raíz en la antropología. Es, por tanto, una respuesta social a una necesidad natural que, a fin de cuentas, viene a estar conformada por personas orientadas al servicio de personas.

Estas consideraciones antropológico-económicas, por abstrusas que puedan parecer a primera vista, en definitiva son la base –el principio y fundamento– sobre las que hayamos de hilvanar con alguna solvencia nuestro discurso sobre la Responsabilidad Social de la Empresa.