La educación como sacramento

Se repite un hecho terrible y que necesariamente ha de darnos que pensar: los huracanes del golfo de México y el Caribe y los terremotos de estos días traen inmediatamente consigo, una vez más, una oleada de crímenes, no solo -¿ni quizá sobre todo?- un impulso general de compasión y solidaridad. Se saquea, se viola, se mata. Si la naturaleza parece querer tu muerte, hay entre tus vecinos quienes están dispuestos a rematar la faena. La pobre gente no tiene agua, alimento ni luz, pero de quien más ha de cuidarse es de otra pobre gente.

Si hay trazas de que la coacción de la policía afloja o desaparece, la autoridad de la ley y la santidad del mandamiento moral quedan, por lo visto tantas veces y en tantas partes del mundo, simplemente anuladas. Lo que revela que nunca hubo realmente ni esa autoridad ni esta santidad en la conciencia de una parte de la sociedad, sino únicamente aquella coacción. Porque, en efecto, no se roba para sobrevivir sino que se aprovecha la impunidad para hacer acopio de cosas valiosas que puedan ser luego vendidas, y de paso se manifiesta que no se violentaba al prójimo nada más que por evitar el castigo. Se estaba deseando muy de veras robar y violar; el único dios sobre la tierra era, por supuesto, el poder no trabajar y gozar al mismo tiempo de los placeres más a ras de la bestialidad.

Tengo grabada a fuego la experiencia de la primera salida a la ciudad del campamento militar para reclutas, en el desierto de Almería, en Viator, hace más de cuarenta años. Los quince días iniciales de encierro, con espantosa escasez de agua y otros inconvenientes importantes, ya habían sacado a la luz, en aquella sociedad empobrecida, de solo hombres, una serie de pequeños horrores animalescos; pero la llegada a la ciudad subió muchos grados el nivel del fenómeno. Un porcentaje considerable de reclutas éramos recientes licenciados universitarios (recuerdo juristas, médicos, historiadores y matemáticos), y bastantes estábamos allí a consecuencia de las fichas de la policía franquista, que nos habían impedido -en el fondo, bendito impedimento- los lujos de hacer la mili como oficiales de complemento. Pues bien, de la ciudad de Almería no atrajeron a nuestra multitud ni la alcazaba, ni el puerto ni las playas, la catedral o los paseos. Los que me cruzaba en sus coches me hacían señales y me gritaban que a las putas no se iba por mi camino, sino en sentido contrario…

Claro que hay quienes dan su vida en esos mismos escenarios y quienes se han organizado para paliar lo más rápidamente posible la desgracia de cualquier catástrofe natural o cualquier guerra; pero esta misma mañana de buen tiempo los canallas que trafican con quienes huyen en barca del norte de África están violando a las embarazadas que transportan o a sus niños, y es muy probable que un padre, en algún lugar del horror de Oriente Medio, robe hoy las medicinas que estaban destinadas a salvar a su hijo.

Oigo la noticia de cuántas personas escogen en España unas y otras carreras universitarias, y cuántas una de las que llaman formaciones profesionales. Parece que hay civilización y parece que la cultura es un elemento de la vida al que se da importancia. Sin embargo, ¿qué cultura es esta que más bien se compara a un poco de polvo sobre la piel de la bestia, que, sacudida, no deja nada?

Peor que nada: nadie nace ladrón y asesino; todos los niños muestran alguna inclinación al bien, a la compasión y la generosidad, y a todos les calienta el corazón recibir amor. ¿Cómo es entonces que ser acogido en la sociedad y aprender sus pautas de conducta y absorber su nivel de cultura lleva del niño más o menos inocente a estos monstruos que se enardecen en cuanto la capa de la coacción cae? ¿Por qué de esa misma acogida y ese mismo aprendizaje resultan otras veces santos? Aquí es evidente que no interviene solo la libertad, sino además el fracaso de los procesos educativos, ya sean tradicionales ya sean innovadores.

La educación es una forma básica de sacramento y todos estamos comprometidos por ella. Mirar a los ojos el fracaso no es gozarse en él; muy al contrario, es el único medio para sobreponernos y curarnos.

1 Comentario

  1. No creo que el problema esté fuera (la educación) sino dentro (el corazón). Nuestro corazón responde generosamente, respetuosamente, amorosamente, cuando ha sido amado así. Y ni siquiera los padres, anestesiada nuestra conciencia con la cantinela de que queremos lo mejor para nuestros hijos, hemos procedido de esa manera. Necesitamos mayor autenticidad para poder realizar ese urgente discernimiento.

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