La ecología, verdadero “atrio de los gentiles”

Pedro José Gómez.

Recientemente, la Iglesia católica puso en marcha una iniciativa, denominada “atrio de los gentiles” (recordando el Areópago en el que predicó San Pablo) con el fin de dialogar con aquellos que se encuentran alejados de la comunidad cristiana. El cardenal Giancarlo Ravasi -presidente del Consejo pontificio para la Cultura- es el responsable de dinamizar la propuesta. Se trataba de crear espacios “neutrales” (es decir no intra-eclesiales) para debatir sobre los grandes problemas de nuestro mundo con todo tipo de interlocutores creyentes -de diversos credos- y no creyentes.

Es cierto que las últimas décadas han sido testigo en Europa de un alejamiento de la mayor parte de la sociedad respecto de la Iglesia -y viceversa-, confirmando el drama anunciado por Pablo VI de la ruptura entre el Evangelio y la cultura (Evangelii nuntiandi nº 20). En estos años de relativo “autismo” eclesial, algunos echábamos de menos la época postconciliar caracterizada por el diálogo con los científicos, con los filósofos o con el marxismo. Efectivamente, la autorreferencialidad -ese dedicarse principalmente a los “propios asuntos”- ha sido una grave patología de nuestra Iglesia. Y eso a pesar de que el concilio Vaticano II se atrevía a proclamar: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (Gaudium et spes nº 1).

El autor (en el centro) modera uno de los diálogos de Cristianismo y Ecología (8 de octubre de 2013, en la misma senda del encuentro entre la fe y la ecología militante

Pues bien, la promulgación de la encíclica Laudato si´ constituye un cambio de orientación radical de la acción de la Iglesia, al poner en el centro de su atención lo que es ahora mismo el centro de preocupación de toda la humanidad: la sostenibilidad de nuestro planeta. Y con ello se abre una puerta de incalculables dimensiones para promover el diálogo evangelizador en nuestro mundo, al poder mostrar como la fe cristiana puede contribuir de muchas formas a colaborar en esa causa común de la humanidad que es el cuidado de la Madre Tierra, una misión que reclama la contribución de todas las personas de buena voluntad y sentido común, sean cuales sean sus creencias.

Me impresiona ver como numerosos ecologistas, que hasta hace poco parecían pensar “¿Es que de la Iglesia puede salir algo bueno?”, conocen a fondo la encíclica y la tiene subrayada. Comentan sin pudor que la apuesta del papa Francisco y, en general, de las iglesias cristianas, puede contribuir a generar una nueva mentalidad social de modo más eficaz que muchas de sus iniciativas tradicionales. Tienen la esperanza -quizá excesiva- de que los millones de grupos, comunidades, parroquias, congregaciones, centros de pensamiento, colegios, universidades, asociaciones y ong que los cristianos impulsamos en el mundo tengan la capacidad de sembrar otra mentalidad más cuidadosa con nuestro planeta. Ciertamente para nosotros es un gran responsabilidad poner todas nuestras instituciones al servicio del programa de la Laudato si´. Esperemos no defraudar estas expectativas.

La problemática ecológica nos fuerza a todos los seres humanos a reflexionar a fondo sobre en qué consiste vivir bien, a qué debemos aspirar, cómo es nuestro estilo de vida, dónde está la felicidad, en qué debemos cambiar, dónde encontraremos la motivación y la energía para hacerlo, etc. Ante estas preguntas radicales se abre un espacio de diálogo muy interesante de los cristianos con el resto de la sociedad, que nos enriquecerá si somos capaces de impulsar una atenta escucha mutua. Y, no solo puede darse un diálogo teórico interesante, sino que debería producirse una alianza práctica con el movimiento ecologista en la búsqueda de una ecología justa y solidaria. Cristianos y ecologistas compartimos la convicción de que la cultura consumista es insostenible ambientalmente, injusta socialmente y antropológicamente equivocada. Es mentira que la felicidad y la plenitud humana se den por la acumulación de experiencias de consumo. Cristianos y ecologistas podemos compartir las palabras del monje budista francés Matthieu Ricard, declarado periodísticamente «el hombre más feliz del planeta»: Si buscamos la felicidad en el sitio equivocado, estaremos convencidos de que no existe cuando no la encontremos allí.

Imagen principal modificada de http://www.gliscritti.it/gallery3/index.php/album_001/Gerusalemme/DSCN0539

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here