En mis clases de Ética de los Negocios, renuncio explícitamente a emocionar a los estudiantes en torno a tal o cual opción o concepción moral de la empresa. Lo que me importa no es que los alumnos compartan mis convicciones (para lo cual el atajo emocional sería práctico), sino que aprendan a dar razones de sus propias convicciones.

Si una vez llegados a la empresa, mis estudiantes ofrecen razones para las posiciones que sostengan en cada momento, con ello se comprometen a considerar las razones del otro. Si argumento que mi propuesta es mejor porque tiene mejores consecuencias, quedo abierto a que la contraparte me muestre que esas consecuencias no son tan buenas o que las habría mejores con otra propuesta.

La condición necesaria para que una discusión sea un diálogo es que se base en razones. Si se basa en emociones, en autoridades, o en posiciones de alguna otra manera irreductiblemente subjetivas, la discusión se resuelve como un juego de poder. No sale adelante la propuesta de quien tiene mejores razones sino de quien puede alinear más poder detrás de ella.

El tipo de razones también es importante para el diálogo. Deben poseer universalidad suficiente como para involucrar al otro. Meramente expresar mis intereses, sin ninguna pretensión de mostrar cómo son también buenos para la contraparte, no da lugar a un diálogo sino a una negociación. Las negociaciones son valiosas para la convivencia, pero no son diálogos. A su manera, también acaban resolviéndose en juegos de poder.

La empatía emocional no resulta necesaria para el diálogo ni para la negociación. De hecho, la ‘inviolabilidad de los legados’ constituye uno de los preceptos más antiguos del derecho de gentes, porque es preciso que hasta las partes en guerra –cuya empatía mutua es cero– puedan hablarse racionalmente.

Para el diálogo lo esencial es que haya un logos común sobre el cual puedan valorarse las razones del otro y, si son mejores que las propias, cambiar la propia posición. Para la negociación es conveniente, no imprescindible, que haya intereses comunes, porque el juego no siempre es de suma-cero (a veces sí). Pero sobre emociones no hay diálogo, porque no hay logos compartido; no hay tampoco negociación sino exhortación, predicación, propaganda.

Podría sotenerse que el momento emocional es anterior al diálogo o a la negociación, porque en él ocurre el reconocimiento del otro como alguien distinto con el que se puede/debe dialogar o negociar. Mientras ello es así claramente con las personas en virtud de su dignidad intrínseca, sagrada si se quiere, no ocurre lo mismo con los colectivos o asociaciones, que son funcionales, no sagrados. Su existencia, entidad, forma, discurrir… están sujetos a una discusión sobre los principios que realizan, las funciones prácticas que desempeñan, los intereses que representan, las mejores alternativas. Una discusión racional, en fin, no un discurso emocional.

Desde un cierto punto de vista, ello es buena noticia. Por ejemplo, como será obvio por mis últimos posts, el nacionalismo no me produce ninguna empatía emocional. Me refiero al nacionalismo catalán, al español, al venezolano y al europeo, que son los que me quedan a mano, cuanto más pequeño el ámbito de su sagrada soberanía nacional, peor. Sistematizaremos en el próximo post por qué, por si hubiera alguna duda. Pero mis emociones respecto al nacionalismo no me impiden dialogar con nacionalistas, siempre que se trate de discutir con razones. Buena noticia para mí, que poder tengo cero.

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Imagen: Congreso Eucarístico Internacional. Barcelona, 1952. Tomada de barcelofilia.blogspot.com.es