La compasión, la justicia y el amor, elementos de la misericordia en el judaísmo

Por Olga Belmonte. 

La palabra “misericordia” en hebreo es rahamin y tiene en su raíz la referencia a las entrañas. Con este término se alude a un atributo de Dios que está presente en el corazón humano y se expresa en términos de compasión, justicia y amor. La atención al desdichado, al forastero, es la obra de misericordia por excelencia, que debe dar sentido al resto de acciones y gestos cotidianos. En esta aproximación a la misericordia, señalaremos la importancia que el amor al prójimo y la compasión han tenido en el pensamiento judío contemporáneo, para entrar así en diálogo con las distintas aproximaciones a la noción de misericordia inspiradas en las diferentes tradiciones religiosas y espirituales.

El filósofo judío Hermann Cohen (1842- 1918) señalaba que el amor al prójimo es el máximo problema de la Ética y la tarea más importante de la Religión, cuyo reto es universalizar el mandamiento: extenderlo más allá de los creyentes. El objetivo general de la Ética es para Cohen la búsqueda teórica y existencial del fondo de humanidad que hay en cada pueblo, en cada ser humano, en un sentido universal. La religión, por su parte, reclama la santidad de cada prójimo: ve en el rostro del otro la expresión de la Torá (la Ley), que indica el deber de amarlo. En ambos casos la búsqueda de la plenitud humana se juega en el reconocimiento de la humanidad del otro y del deber de amarlo: es una cruzada contra el egoísmo que ensancha el corazón humano.

Para Rosenzweig (1886-1929), discípulo de Cohen, el amor al prójimo representa la madurez del alma humana. El mandamiento del amor late además en el resto de mandamientos, infundiéndoles vida. Quien cumple el resto de mandamientos sin amar al prójimo, en realidad sólo está cumpliendo una ley muerta. El juicio científico sobre lo que son las cosas no permite deducir desde él lo que deberían ser, esta mirada posee una raíz distinta, no meramente racional, que apunta al sentimiento, a la capacidad de compadecerse, a las entrañas del corazón humano. El amor al prójimo no depende de que me demuestren previamente quién es mi prójimo.

Cohen afirma que el prójimo es el necesitado de ayuda y lo representa en las figuras de “el pobre, la viuda y el huérfano”. El prójimo no es el que se parece a mí, el compatriota, que es un “tú” procedente del “nosotros”. El prójimo es el lejano, el forastero, un “tú” que procede del “vosotros”. El prójimo es la voz de la Torá, que hace presente lo divino en el mundo, incluso cuando el otro es mi enemigo. El prójimo es, en palabras de Cohen: “el consanguíneo, el vecino, compatriota, pobre, viuda, huérfano, forastero, inmigrante, extranjero, enemigo, singularidad, pluralidad, universalidad, humanidad”, en definitiva, prójimo es todo aquel que tenga rostro humano.

El hombre ha sido creado con un corazón amante, en la medida en que odia, echa a perder su existencia. La clave que sostiene este pensamiento es que no podemos juzgar a nadie, la culpa solo se dice en primera persona: solo Dios puede juzgar al otro. Solo cabe la humildad ante el otro, al que no debo señalar como enemigo, al que no debo juzgar. El otro es para mí objeto de deberes, no de exigencias.

Ante el sufrimiento del otro surge la pregunta “¿no debería yo al menos sufrir con él?” Cohen sostiene que la compasión, es “un medio necesario y fundamental en el desarrollo moral de la conciencia humana”. Sin compasión no puede haber apropiación de la vida moral, por lo que la compasión es la base del reconocimiento de la humanidad presente en cada individuo y la base del reconocimiento del deber de amarlo como a mí mismo. La compasión es un sentimiento que capacita para escuchar, comprender y cumplir la ley moral: el deber de amar. Se trata de una capacidad presente en todos (creyentes o no).

Rosenzweig va más allá de Cohen al afirmar que la compasión, el amor al prójimo, la lucha por la justicia y en definitiva, la misericordia, no necesariamente se dan en el corazón del creyente o en el marco de una religión. Dado que el hombre es más que su religión, debe ser capaz de amar al ser humano por encima de los “-ismos” (cristianismo, judaísmo…). Dios creó al hombre, no a la religión. Las religiones son creaciones humanas y por eso mismo son imperfectas, incompletas. El deber de amar al prójimo se sitúa, según Rosenzweig, por encima de las religiones concretas, en lo que podríamos llamar la religión del amor. Este amor es el lazo que sostiene a quienes son distintos: “la fraternidad no es la igualdad de todo lo que tiene rostro humano, sino la concordia entre los hombres de los más diversos rostros”.

Quien niega al prójimo (incluso en nombre de su fe), se desvincula de su propia humanidad y se convierte en un pedazo de mundo sin alma (se deshumaniza). El mensaje que recorre el pensamiento de Rosenzweig es “sé bueno de corazón y camina con tu Dios en la sencillez” (Miq. 6, 8). Al decir “tu Dios” expresa que el acceso a Dios es siempre particular. Quien trate de absolutizar e imponer el camino hacia Dios se aleja de lo humano y, por ello mismo, de lo divino. Rosenzweig comprende que Dios debe permanecer inalcanzable para estar siempre al alcance de todos.

Cohen señala que el amor al prójimo quedó reducido al amor al compatriota debido a un error de traducción. En el Antiguo Testamento “rea” no significa “compatriota”, sino “el otro” (alter), con independencia de que éste sea o no compatriota. Es falsa la traducción alemana de rea como “el más próximo”, pues en realidad es el más lejano, el forastero. Precisamente tiene sentido que el amor sea un deber o un mandamiento cuando se refiere al que es diferente, no al que es como yo (a este lo amo sin que sea una exigencia, porque me resulta gratificante de por sí).

Como afirma Cohen: “la ley fundamental de la moralidad y probablemente también de la religión, es el amor a todo lo que tenga rostro humano. Y esta exigencia es mayor cuando en este rostro no brillan ni lucen de preferencia los rasgos de la propia tribu (…). Si la sensibilidad estética no es capaz de protegerme suficientemente contra la inhumanidad, entonces debe hacerlo la religión: amarás al forastero como a ti mismo”; “porque forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto” (Lev. 19, 33). La tarea de amar al prójimo permanece inacabada, pues sigue habiendo sufrimiento en el mundo, sigue estando ausente la justicia en el mundo. En este sentido, defiende Rosenzweig la importancia y la urgencia de encarnar humanamente la misericordia divina, pues “cada grito del prójimo recuerda que todavía no ha sido enjugado el llanto de todos los rostros” (Cfr Is. 25, 8).


Foto tomada de https://habanero2000.wordpress.com/tag/una-familia-pobre-y-negra/

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