La ciudadanía contraataca

CREDITO: LUCASFILMS

Estamos librando una batalla que dura ya siglos y el dinero hoy sencillamente nos está arrasando.

Durante la historia de la humanidad el dinero nunca jugó un papel demasiado relevante en la configuración del poder. El poder se distribuía en función de otras categorías. La Iglesia, aunque tuviera en ocasiones mucho dinero, no tenía poder por el hecho de tener dinero sino por el simple hecho de ser Iglesia y el dinero le llegaba como consecuencia de ese poder. Lo mismo ocurría con los emperadores, con la monarquía o con la nobleza. El poder generaba dinero, en muchas ocasiones de forma literal ya que ellos mismos lo fabricaban, pero el dinero no otorgaba más poder.

Tras el cambio cultural del Renacimiento las cosas comenzaron a cambiar. Los comerciantes comenzaron a acumular poder solo por el hecho de acumular dinero. No tenían títulos. Solo tenían dinero. Fue este poder del dinero lo que dio fuerza a las ideas políticas más liberales en el siglo XVII. Los comerciantes se quitaron el yugo de la monarquía simplemente alegando que la soberanía reside en el pueblo. El poder que el dinero otorgó a los comerciantes fue por tanto determinante en la Revolución Francesa y en la caída de las monarquías absolutistas. El naciente poder del dinero jugó a favor de la ciudadanía en este caso, ya que tras la Revolución Francesa la estructura de poder se distribuyó más equitativamente.

Además, con las ideas económicas liberales de Adam Smith en el siglo XVIII, se consiguió luchar contra el poder de los monopolios y de los gremios que aún quedaban y, de nuevo, la estructura de poder se distribuyó más equitativamente y por lo tanto otra vez en favor de la ciudadanía. Podemos decir que entre los siglos XIV y XVIII el dinero y la ciudadanía luchaban juntos contra otras estructuras de poder más antiguas. Durante esos siglos las ideas liberales, tanto en el ámbito económico como en el político, alzaron a la ciudadanía y al dinero simultáneamente.

Pero la batalla estaba aún empezando. La revolución económica liberal de Adam Smith, lo que hoy llamamos capitalismo, creó las condiciones para que se produjera la Revolución Industrial en el siglo XIX. La libertad de emprendimiento económico condujo a la humanidad a un proceso infinito de avance tecnológico que multiplicó exponencialmente los bienes y servicios disfrutados por la ciudadanía. Pero no llegaron gratis. Llegaron bajo unas condiciones laborales inhumanas para la inmensa mayor parte de los ciudadanos, ya que esas mismas ideas liberales convirtieron al trabajo en una mercancía. No había regulación laboral que defendiera los derechos de los trabajadores. El poder del dinero aumentó exponencialmente durante el siglo XIX relegando a los ciudadanos a meros trabajadores que, aunque consumían más que antes, trabajaban también mucho más que antes. En definitiva, que estos trabajadores consumían muchísimo menos de lo que ellos mismos producían, quedando una cantidad cada vez mayor a favor del dinero. Naturalmente, y como no podía ser de otra manera, esta situación despertó los ideales comunistas en el siglo XIX.

La revolución comunista, que ocupó durante el siglo XX aproximadamente la mitad oriental del planeta, consideró que la causa de la pérdida de poder de la ciudadanía eran las ideas liberales de occidente así que directamente las destruyó, destruyendo también con ello la propia noción de Libertad. Y lo que es aún peor, la ciudadanía se sacó el yugo del dinero pero cayó bajo el yugo de un extraño y oscuro poder llamado “burocracia”.

Mientras tanto, en Europa, entre la segunda guerra mundial y el final de la década de los 80, se entendió que se debían poner límites al mercado sin sacrificar la libertad de los actores. Así surgió el Estado del Bienestar. Fue entonces cuando la ciudadanía alcanzó el mayor poder y el mayor bienestar que jamás ha alcanzado nunca. Pero el Estado de Bienestar tenía un grave pecado original: La Constitución de estos Estados no consideraba ciudadanos a los que estaban fuera de sus fronteras, y aunque un par de décadas más tarde se intentó arreglar con la Unión Europea, la realidad sigue siendo que una ciudadanía que es solo europea es una ciudadanía falsa y una regulación que es solo europea es una regulación inútil.

Ese pecado original es lo que viene destruyendo los Estados de Bienestar desde finales de los 80. Con la caída del muro de Berlín y con la llamada revolución neo”liberal”, el dinero pasa a contraatacar con todas sus fuerzas. Se abren todas las fronteras y el campo de batalla pasa a tener dimensiones mundiales. Ahora se da la curiosa circunstancia de que el dinero puede actuar con libertad en todo el mundo, pero la regulación no. De esta manera, cuando la ciudadanía decide que hay que poner límites al poder del dinero en un determinado sitio, el dinero se parte de risa y se va a otro sitio, moviéndose continuamente hacia aquellos lugares donde la regulación es menor.

En el momento actual el poder del dinero es tan descomunal que ya no se puede decir que se esté librando una batalla. Los Estados ya no luchan contra el dinero sino que luchan entre ellos, mientras el dinero, sentadito en su butaca, se toma unas palomitas observando el espectáculo. Porque hoy los Estados no hacen otra cosa que competir entre ellos, sacrificando su regulación de bienestar para intentar atraer el dinero. En breve no quedará ni rastro del Estado de Bienestar en ningún país del mundo. Y es que el poder del dinero global está arrasando al poder de la ciudadanía nacional.

Pero la batalla no ha terminado. Está comenzando una Revolución Ciudadana Global capaz de crear un Gobierno Global que marcará las reglas del juego a nivel mundial, de forma que ya el dinero no pueda partirse de risa ni irse a otro lado, porque la regulación llegará de manera universal. Crearemos un Estado Global de Bienestar. Ese es el contraataque definitivo. Solo luchando de esa manera nos convertimos en trabajadores, consumidores y verdaderos CIUDADANOS. Y es que hoy, y siempre, la ciudad es el mundo entero, por lo tanto aquel que no se considere así mismo ciudadano del mundo no debería llamarse siquiera ciudadano.

Este es, sin duda, el paso que nos toca dar a nuestra generación: Una Revolución Ciudadana Global que ponga al dinero en su sitio y que garantice los derechos de todas las personas del mundo sin excepción.

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