La chica del tren

Por Frances Murphy. Editora de Thinking Faith

Las críticas a la adaptación que Tate Taylor ha hecho de la novela, bestseller, de Paula Hawkings parecen ser todas variaciones de un mismo tema: Emily Blunt está genial en el papel de protagonista, pero por otro lado a la película es poco original, resulta previsible y, en  general, le falta enjundia. Stephanie Zacharek lo resume así en la revista Time: “Para ser en teoría un thriller oscuro, La chica del tren resulta ser tremendamente razonable”.

Estoy de acuerdo. Sin embargo, voy a defender la película, atreviéndome a ofrecer algunas justificaciones para los fallos del film y a sugerir que todavía puede merecer la pena un par de horas de tu tiempo.

Empecemos con Emily Blunt. Está genial, incluso aunque sea una elección ligeramente extraña para el papel. Los sucesos del libro se trasladan del extrarradio de Londres al de Manhattan, y los caracteres británicos son sustituidos por otros americanos… con la excepción de Rachel, que mantiene el acento nativo de Blunt. Es una distracción menor, pero quizá solo porque  hay poco de lo que discrepar con su actuación como una alcohólica pesimista y susceptible, desesperada para encontrar un nuevo sentido a su vida tras un amargo divorcio.

Pero el personaje que encontramos en la película no es exactamente el mismo que la Rachel del libro: es como si se hubiera tomado la decisión de hacer a la Rachel-de-la-película un poco menos rota y un poco menos heroica. La Rachel-del-libro es más narcisista y se acerca mucho más a la autodestrucción de manera habitual – más alcohólica y menos funcional. La película deja de lado a su compañera de casa, Cathy, que en el libro es mucho más una figura de autoridad, la persona que impone el único orden que Rachel tiene en su vida. Esto implícitamente otorga a Rachel más control sobre su vida. El mismo efecto se crea con la ausencia de mención a la madre de Rachel, que no es un personaje activo en el libro pero sí alguien por la que Rachel todavía siente que debe dar cuentas.

Así, aunque la Rachel-de-la-pantalla todavía está en bastante mal estado, se puede ver que está más lejos en el espectro vicio-virtud que su contraparte literaria. Sospecho que esto viene de un deseo, que se puede comprender, de convertir a la protagonista de la película, a pesar de sus fallos, en alguien a la que animar a pesar de sus terribles decisiones. El efecto de esto, como sugiere Zacharek, es que la película sacrifica el peligroso paisaje del libro, plagado de las quiebras de la conducta de Rachel, favoreciendo en su lugar un terreno más navegable. Todos los caracteres parecen situarse en una especie de terreno de juego de sospecha, culpabilidad y simpatía, o quizás antipatía.

Esto resulta perjudicial, pues aplana el arco del personaje de Rachel, pero tiene el efecto positivo de crear tensión y esto aún tiene los ingredientes de una novela policíaca efectiva. La ventaja de una Rachel más estable es que resulta ser una superficie más fuerte contra la que todos y todo lo demás pueden rozarse para crear la fricción de la historia. Esto es importante cuando los detalles del evento central de la historia están en un agujero negro durante buena parte de la película – hay que colocar el drama en otro sitio. Aunque falta mucho para ser un serio estudio del personaje, los primeros planos faciales que consumen buena parte del tiempo en pantalla sí logran involucrar a la audiencia en los principales protagonistas de la historia y nos hacen imaginar  a quién se le caerá la máscara, lo cual es suficiente para darle impulso a la historia.

No creo que nadie involucrado en esta película la recuerde como un momento culminante de su carrera, pero tampoco desearán borrarla del carrete de su historia cinematográfica. Y yo diría que es más entretenido ver la película que leer el libro.

Se han hecho comparaciones entre La chica del tren y Perdida [Gone Girl] pero más allá del dato obvio de que ambas son adaptaciones de un libro exitoso, en realidad la comparación no se sostiene: Rosamund Pike ofreció una mejor actuación en una película mejor, que era una mejor adaptación de una mejor novela. Si realmente buscas un thriller y un personaje que te haga repensar qué es lo razonable, entonces busca en la dirección de “Perdida”.


Artículo originalmente aparecido el 7 de octubre de 2016 en Thinking Faith, revista online de los jesuitas británicos. Traducción de entreParéntesis

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