La berrea

Por Juan Benavides Delgado. Universidad Complutense de Madrid

Una de las ideas que entiendo es clave en la magnífica reflexión de Raúl González Fabre sobre nuestra vida política no es la igualdad ciudadana sino la prioridad de la conexión clientelar: “los bien conectados con el poder público están por encima de los demás, a veces porque la ley se tuerce para ellos; a veces porque la ley se hace para ellos”; y luego se adorna este deseo con la convicción sobre los méritos propios y la atención debida a los más necesitados. Sobre esta cuestión giran otras muchas; pero el verdadero problema es por qué nuestra política no las atiende.

A mi juicio el problema continúa porque los nuevos partidos siguen absolutamente determinados por ese clientelismo, por ejemplo, en un año de gobierno municipal de los llamados partidos del cambio, no deja de sorprenderme y sonrojarme la impunidad de relaciones entre parejas sentimentales, cuñados, primos y demás familia para generar una red sólida y cercana en esto de la gestión política. Como ya se ha dicho y repetido, esto del cambio no es más que etiquetas de lo mismo que se aplican a mayorías segmentadas y contradictorias. No debemos engañarnos: los discursos del cambio son tan falsos como los que permanecen solidificados. Sin duda, un panorama político verdaderamente desolador porque desde hace ya mucho tiempo en España no se toca el fondo de los problemas sino la superficie exclusivamente mediada.

Quiero añadir a la salsa de las opiniones otra que deriva de los comentarios de una persona muy cercana a la que el panorama de nuestra política le recordaba la berrea de los venados machos para cargarse al macho alfa; se refería al sonido gutural que durante el período de celo (normalmente a finales de septiembre) emite el macho del ciervo rojo. En el fondo -me decía- parece que en nuestra política han surgido tres machos jóvenes, que creen encontrarse en su máximo esplendor al comenzar la temporada y que intentan adueñarse de un territorio que ocupa un macho de siete puntas que da muestras de cansancio.

Es una comparación no exenta de ironía y buen humor, pero entiendo que también tiene su dosis de certeza. La construcción mediática de la política -que es el espectáculo que vivimos la ciudadanía en estos últimos meses- presenta, en palabras de los nuevos líderes, el cambio contra la ancianidad de la política. Tergiversando incluso lo que significa la ya equívoca distinción entre izquierda y derecha, porque lo que se pretende es quitar a uno para ponerme yo. Y para quitarle no se necesitan argumentos, -ni siquiera la de los votos-, sino la fuerza del macho joven.

Esta situación -más mediática que real- nos conduce a olvidar los problemas y las cuestiones de fondo tan bien pensadas en los comentarios de Raúl González. La política no puede reducirse a una cuestión de fuerza y retórica, sino de razón y de ética; porque la razón es la que procura aislar y formular diagnósticos y problemas y la ética hacerlo de un modo justo y veraz.
Esto de la berrea puede servir como una especie de etiqueta que oculta los verdaderos problemas y puede conducirnos a situaciones todavía peores de ingobernabilidad e incertidumbre que traslada todo a la opacidad más absoluta. Por eso mismo, el clientelismo de la nueva izquierda o esos otros problemas ya citados no se ven, se permiten en silencio; no porque la gente lo acepte sino porque no se tocan los problemas de fondo cuando estamos en la fiesta mediática de la berrea.


Imagen: documentalesnaturaleza.com/wp-content/uploads/berrea-ciervo.jpg

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here