La asertividad. Aprendiendo con los niños

asertividad
El emociómetro. Jorge L. Rodríguez O.

Termina un año escolar y hacemos balance. Recuerdo que antes de comenzar el curso los profesores de educación infantil nos propusieron conseguir un objetivo que llamaron la “Triple A”: Autoestima, Autonomía y Asertividad. Las primeras dos las tenía bastante claras, pero la tercera me generaba incertidumbre.

Leí un poco y lo dejé pasar otro tanto, hasta que un día me ocurrió algo con mi niña que me ayudó a comprender un poco más. En un momento de paciencia mermada le proferí una amenaza, de esas que sabemos que no vamos a cumplir. La niña hizo una pausa, me miró a los ojos y me dijo: “Papá, a los niños no se les pega”. No dijo una palabra más alta que otra, su entonación no reflejaba temor, pero tampoco altanería, no era un pulso. No bajó la mirada, seguía allí, relajada como quien ha dicho una verdad incontrovertible pero no se jacta de decirla. Comprendí entonces, que el tema de la asertividad ella lo tenía más claro que yo.

Buscando un concepto de asertividad.

A lo largo del año y después de recibir esta lección le he seguido dando vueltas al tema, intentando dar con la premisa que me permitiese construir significados, con una niña de tres años,  para esta habilidad: la de expresar lo que nos gusta y lo que no nos gusta, lo que pensamos y con lo que no estamos de acuerdo; de forma clara, sin tensión, respetando siempre los sentimientos y las ideas de los demás.

¿Por qué nos cuesta ser asertivos?

Para quienes pertenecemos a otras generaciones, uno de los puntos que pesa es que, en muchos casos, hemos sido formados en contextos familiares que no favorecían la libre comunicación y expresión de los sentimientos de los más pequeños. La pasividad y la evasión del conflicto, en numerosas ocasiones han sido entendidas como respeto. En esa línea,  el neuropsicólogo Alvaro Bilbao afirma que: …”el mayor obstáculo para ayudar al niño a ser asertivo radica en que muchos padres no son del todo asertivos con sus hijos“.

Nos cuesta ser asertivos porque no estamos acostumbrados a reconocer en el otro a un semejante. A diario nos desplazamos en el continuo de la pasividad y la agresividad, asumiendo posiciones que nos garanticen la supervivencia. En nuestra hoja de ruta, juega un papel demasiado importante algo que entendemos como éxito, y necesitamos sortear obstáculos ya sea asestando un golpe al otro o paralizados por el temor.

También, nos cuesta porque no es habitual verla en los medios que nos influyen. Una de las habilidades más preciadas en las escenas televisivas es poder hacer descalificaciones, insultos y amenazas; ya sea en el parlamento o en las tertulias en que se diseccionan vidas íntimas, propias y ajenas. Las redes sociales no se escapan, tanto es así que, urge una palabra castellana para denominar a los haters porque “odiador” no pareciera definir del todo al rol.

En definitiva, nos cuesta ser asertivos porque no somos capaces de tender puentes hacia los demás cimentados sobre la empatía; que a su vez son los puentes por los que transitan los afectos y la solidaridad.

¿Qué nos aporta la asertividad?

  • Nos permite relacionarnos de manera que seamos capaces de afirmar y defender nuestros derechos, opiniones y afectos, sin poner en menoscabo los de los demás.
  • Disminuye nuestra ansiedad, toda vez que nos sentimos más seguros de nosotros mismos.
  • Favorece la empatía, la posibilidad de mirar a los ojos al otro y ponernos en su lugar.
  • Nos predispone a ser buenos gestores de conflictos, no a evitarlos pero tampoco a generarlos.

Si conseguimos todos estos beneficios y además favorecemos que nuestros hijos tengan un elevado nivel de autoestima, le estamos dotando de las herramientas necesarias para que no sean víctimas del acoso o ciberacoso escolar.

Además, la asertividad nos acerca a Jesús.

Particularmente,  me produce consolación contemplar la escena en la que Jesús es llevado ante el sumo sacerdote. En su hora menguada, es privado de la libertad y trasladado a la casa de Anás, y allí, rodeado de guardias y sin sus compañeros es interrogado. Tras la primera respuesta de Jesús, un guardia le da una bofetada y Jesús les responde:

—Si he hablado mal, demuéstrame la maldad; pero si he hablado bien, ¿por qué me golpeas? (Jn, 18, 23).

Me quedo observando esta escena y me viene a la memoria mi niña. Hace un par de semanas estaba en el parque jugando con un amigo; se quieren mucho, y el amigo ese día llevaba una mala tarde;  en un par de momentos desesperó y la gritó dos veces. La niña le contestó:

—No se grita a los compañeros… ¿a que no, papá?

Finaliza el curso, y al parecer por este año, el objetivo está conseguido.

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