De la admiración estéril…

Son ya unos cuantos años trabajando en el mundo del menor en exclusión social. Niños, niñas y jóvenes que, por lo que sea, lo tienen más difícil que otros en su desarrollo vital. Son chavales que tal vez no pueden vivir con sus padres (así lo considera el juez) y les toca crecer en un centro; o tal vez viven en sus familiar, con grandes dificultades en el día a día;…
Y cada vez que conozco a alguien y le cuento a lo que me dedico, lo que aparece en muchas ocasiones es una sensación de respeto: “¡¡¡qué difícil será!!!”, “debe de ser muy duro…”… son ejemplos de las expresiones que, con mucha honestidad, y en ocasiones con mucho cariño no dejo de escuchar.
Sin embargo, cuando llega el momento de que estas buenas gentes quieren ayudar, lo que en muchas ocasiones hacen es ofrecerte los juguetes viejos de sus hijos (así vacían armarios y educan a sus hijos en que deben de ser solidarios)… En algunas ocasiones sí ofrecen servicios profesionales como médicos, profesores (cosa que es mucho más útil). Peor como se te ocurra explicarles que lo que hace falta es pagar los sueldos de los profesionales que les atienden, que lo que hay que cuidar más es que estén bien acompañados, se acaba la conversación (cabe decir que hay unas cuantas honrosas excepciones). En la práctica tenemos que dedicar mucho tiempo a las gentes y las empresas con las que colaboramos para que poco a poco vayan entendiendo que, si les hablamos de sueldos, no es porque esto sea un negocio (suelo trabajar en entidades que pierden dinero cada año). No nos cuesta entender que hay que pagar un sueldo a los profesores que cuidan a nuestros hijos; pero sí nos cuesta entender que hay que pagar un sueldo a los niños y niñas cuyos padres, por lo que sea, no les pueden atender adecuadamente…
Si nos vamos al campo político, nos encontramos que esta experiencia reaparece con fuerza. Grandes exclamaciones de que hay que tomar opciones en su favor… Esto es especialmente cierto como haya algún desgraciado acontecimiento que llegue a la prensa: chavales que viven en las calles de Madrid o de Melilla, posible maltrato a un menor en un centro de protección,… entonces todo son golpes de pecho…
Pero cuando llega la hora de hablar de políticas sociales, todo cambia. La dotación económica para atender a estos niños y niñas por los que todos nos preocupamos es fácilmente recortada cuando hay problemas económicos (ellos no votan… sus padres no importan…); los sueldos que se pagan están muy por debajo de las admiraciones y los golpes de pecho que arriba comentábamos; esos niños y niñas tienen a los gobiernos locales como tutores,… espero que estos tutores no hagan con sus hijos lo que hacen con estos “hijos de nadie”…
Dice Emilio Calatayud, juez de menores de Granada, que “el juez de menores es el menor de los jueces”. En definitiva esto es cierto en general: los problemas de estos niños, niñas y jóvenes, interesan sólo ante el escándalo o la charla de café, pero hasta que esta preocupación no llegue hasta los presupuestos, desgraciadamente seguirá apareciendo la admiración estéril a la que los que nos dedicamos a esto estamos tan acostumbrados…
Joaquín Solá

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