Lamentablemente volvemos en Europa a la asociación entre religión y violencia, al conflicto entre  sociedades liberales e identidades culturales y religiosas cerradas y fanatizadas. Es la tesis habitual, que ahora repite el historiador Álvarez Junco con respecto al Islam: “hay problemas específicos que generan tensiones y, en casos extremos, terrorismo, aunque no se deriven de sus doctrinas –tan maleables como otras- sino de su inadaptación a la modernidad”. El problema no radicaría tanto en los particulares contenidos doctrinales de las fuentes de la religión, sino en cómo se seleccionan e interpretan algunas orientaciones para legitimar la violencia y la dominación, o para respetar y convivir. No sería tanto una cuestión de contenidos religiosos como de la comprensión cultural de la religión. En este caso particular, esta religión generaría conflictos porque no ha tenido revoluciones de signo liberal, señala Álvarez Junco.

Sin embargo, considero que la dificultad es más radical. Las religiones no pueden escapar a la ambivalencia, pero tampoco las culturas que se autointerpretan como críticas y tolerantes, como la moderna liberal, son inmunes a la ambivalencia. La cultura liberal tampoco puede sustraerse a la posibilidad de producir violencia o de legitimar la violencia indiscriminada contra los diferentes. Las sociedades liberales no pueden caer en la ilusión de la inocencia. Llegados a un cierto desarrollo cultural como el nuestro, ya no se necesita seguir ejerciendo la crítica o la sospecha sobre la propia cultura. Por el contrario, no hay tiempos “postcríticos”. Tener garantizadas jurídicamente libertades morales e intelectuales como la libertad de expresión o la libertad de pensamiento, no nos hace inocentes o irresponsables de su uso.

Por ello, también debemos ser críticos con el modo en que se ejercen las libertades fundamentales en las sociedades liberales. La crítica no es sólo de los otros, sino que también hay que confrontar el uso de las instituciones “sagradas” de la modernidad liberal como la libertad de expresión. Lo hemos oído últimamente en nuestras sociedades seculares, hay que derechos o libertades que se quieren plantear como si fueran absolutas. No todo vale en la libertad de expresión. No se debe usarla para herir o para ofender a los otros. Pero este “debe”, va más allá del ámbito jurídico. Podemos estar blindados jurídicamente para un uso irresponsable de la libertad de expresión. Y en la situación actual, este uso indiscriminado puede ser amparado jurídicamente si se trata de la religión. Se puede herir u ofender las creencias de los otros. Lo denunciaba el papa Francisco

En cuanto a la libertad de expresión: cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común”.

Pero la conexión entre libertades y bien común, entre ejercicio de derechos y responsabilidad por su contribución a la dinámica social en el ámbito de la cultura liberal, es algo que también necesita ser críticamente enfrentado.