Jornada Mundial de los Pobres y violencia contra las mujeres

Este 25 de Noviembre han coincidido dos eventos que nos retan a la hondura y calidad de nuestro  compromiso ciudadano y creyente: la clausura en la diócesis de Madrid de la Jornada mundial de los pobres, con el encuentro que ha llevado por título Practicar la justicia y cuidar al pobre y al desvalido y el Día internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres.

La coincidencia de estas dos conmemoraciones nos devuelve la conciencia que ambas son inseparables. Los pobres no existen en neutro sino de forma sexuada, por eso desde hace años utilizo el masculino y el femenino plural para referirme a ellos y ellas. Si Los pobres, como dice el papa Francisco, son la carne de Cristo, los cuerpos de las mujeres y las niñas son los más abusados, violentados, masacrados, en el mundo, ya sea como arma de guerra, ya sea en el mercado sexual, en el negocio de las fronteras o incluso al interior de las propios hogares.

Como  viene denunciado una  institución en absoluto sospechosa de radicalismo como es la ONU, millones de mujeres y niñas a lo largo y ancho del planeta enfrentan violencia en el lugar donde más seguras deberían sentirse y a manos de sus parejas o ex parejas u otro tipo de familiares, como sucede frecuentemente en el caso de la violencia de género y los abusos respectivamente. Violentar su cuerpo o masacrarlo es  violentar y masacrar la carne de Dios.

Escribo hoy este post desde una urgencia, la de despertar del sueño de cruel inhumanidad, que constituyen unas relaciones y un mundo fracturado por la violencia y la injusticia. Existe un mundo sumergido de mujeres, hombres, pueblos, crucificados al cual no se le quiere reconocer ni mirar a la cara, ni preguntarnos por nuestra responsabilidad ante él. Paradójicamente ese mundo es lugar de revelación del  grito y la ternura de Dios, de una protesta y una propuesta que como un aguijón nos recuerda que otro mundo es posible e imprescindible y que es urgente darlo a luz con la fuerza de la sophia de Dios,desde abajo, entre muchos y muchas y desde la diversidad de identidades y culturas. No mirar de frente esta realidad nos hace cómplices de su ocultamiento y de oprimir la verdad con la injusticia (Rm 1, 8).

Los pobres y las pobres nos recuerdan que existe una diferencia fundamental en la humanidad. La de aquellos y aquellas que dan la vida por supuesta y la de aquellos y aquellas para quienes vivir cada día es un milagro de supervivencia y resiliencia. O dicho de otro modo, la de aquellos y aquellas cuyas vidas son preciadas para la libertad del mercado, el consumo, el capital y el bienestar de unos pocos y los y las  descartables, aquellos y aquellas cuyas vidas valen menos que la bala que los mata, que el banco que les desahucia, o que el balance económico de la empresa que los despide con un ERE para relanzarse de nuevo al mercado con otro nombre y contratar personal a más bajo precio y con menos derechos.

Porque ser humano hoy se sigue historizando en según se pueda comer o no comer, circular libremente por el mundo con un visado sin ningún problema o alcanzando la muerte en cualquier frontera en el intento de cruzarlas o terminando en el infierno de la trata 

Por todo ello. Al Misterio de Amor que llamamos Dios, primero se le contempla en la realidad y se secunda su dinamismo transformador en la historia y sólo después se le piensa. La fe cristiana no es una fe laboratorio, sino una fe histórica, por eso la teología o la reflexión sobre el Dios cristiano no puede hacerse desde un sillón, o al margen de los gritos y los sueños de las mujeres y los hombres de hoy (GS 1), especialmente de los últimos, porque existe un vínculo inseparable entre la fe y los pobres (EG 198). Un vínculo que tiene una carácter intrínsecamente cristológicocomo leemos en Mateo 25 o 2 Cor, 8, 9. De ahí que nuestra forma de situarnos y relacionarnos con los y las pobres sea la forma con que lo hacemos con Dios mismo, pues los pobres son los vicarios de Cristo:  

“No desprecies  a esos que yacen tendidos como si no valieran nada. Considera quienes son y descubrirás cuál es su dignidad: Ellos nos representan la persona del Salvador. Así es  porque el Señor, por su propia bondad  les prestó su propia persona a fin de que por ella conmuevan a los que son duros de corazón y enemigos de los pobres (…) Los pobres son los despenseros de los bienes que esperamos (…) Ellos son a la vez que acusadores excelentes defensores (…) Toda obra que se haga con ellos grita delante de Aquel que conoce los corazones, con voz más fuerte que un pregonero [6]

No podemos tampoco olvidar que el signo visible de que el Evangelio es verdad y que las promesas de Dios se cumplen en el ya sí, pero todavía no del reino inaugurado por Jesús es la liberación de los pobres y las pobres: los ciegos ven, los cojos andan y a los pobres les anuncia la Buena Noticia (Lc 7,22), y que las encorvadas y encorvados por el peso de las tradiciones que legitiman el sufrimiento de los últimos se ponen en pie y recuperan la dignidad negada (Lc 13,10-17).

Pero para despertar de este sueño de cruel inhumanidad como iglesia necesitamos también profundizar en lo mejor de nosotros mismos, en la nube ingente de testigos  que nos sostiene y que nos recuerdan que la experiencia de Dios y el compromiso con la justicia son dos caras de la misma moneda, no ideales abstractos, ni palabras bonita de una charla, sino que sus vidas estimulan las nuestras. Sus procesos, su conversión, alienta la nuestra y nos ayudan a superar miedos y resistencias, a confesar como María de Nazaret que si nos abrimos al espíritu de Dios venido en carne ( 1Jn 4,2) nada es imposible ( Lc 1, 37)

Actualmente se está  poniendo en los cines una película que  se refiere  a una de estos testigos. Cinematográficamente no es muy buena pero sí la fuerza y la actualidad  de su mensaje y de sus protagonistas:  Helena Studler y su comunidad de hijas de la caridad y la red de libertad generada con otros personas, muchas de ellas cristianas en la Francia ocupada, iconos vivientes del sacramento de la  proximidad, la práctica de la justicia y el cuidado al pobre y al desvalido en el corazón de un Europa  atravesada por la guerra, el racismo y  el totalitarismo nazi.

Salvando la diferencia de los escenarios resulta sumamente provocadora hoy para nuestra realidad  amenazada de xenofobia, racismo, aporofobia, y nuevas formas de fascismos. Por eso se nos hace también  imprescindible el tejido con otros y otras  de redes de  libertad para acabar con la violencia contras las mujeres  y los mecanismo de exclusión  que generan  la cultura del descarte…

¿ Y tú… en qué redes andas?

 

[6] José. I. González Faus, Vicarios de cristo, los pobres. Antología de textos de la teología y espiritualidad cristianas, Cristianisme i Justicia, Barcelona, 2015, p 26-27.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here