Jägerstätter, contracorriente

Franz Jägerstätter fue un campesino austríaco que durante la Segunda Guerra Mundial presentó objeción de conciencia frente al régimen nazi y ha sido declarado beato por la Iglesia Católica. Franz se negó a cumplir con el servicio militar obligatorio, fue sentenciado a muerte y ejecutado el 9 de agosto de 1943.

Franz Jägerstätter es un profeta con una mirada global y una intuición penetrante que pocos de sus contemporáneos tuvieron en su tiempo; es un ejemplo luminoso en su fidelidad a las exigencias de su conciencia, un defensor de la noviolencia y la paz, una voz de alarma ante las ideologías, una persona profundamente creyente para quien Dios realmente era el corazón y el centro de su vida. Su testimonio profético a favor de la verdad cristiana se basa en un análisis claro, radical y con visión de futuro de la barbarie del sistema nazi, inhumano y ateo, de sus engaños racistas, su ideología de guerra y su divinización del Estado, así como su programa declarado de aniquilar el cristianismo y la Iglesia. Su conciencia, madura y bien formada, le llevó a decir un firme “no” al nazismo y fue ejecutado por su coherente renuncia a tomar las armas en la guerra de Hitler (obispo Schwarz de Linz y obispo Scheuer de Innsbruck).

Dado que es bastante desconocido entre nosotros, ofrecemos a continuación, por primera vez para los lectores en lengua castellana, el documento que Franz Jägerstätter escribió en prisión, en 1943:

“Escribo estas pocas palabras tal como me vienen a mi mente y a mi corazón. Tengo que escribirlas con mis manos encadenadas, pero encuentro que eso es mejor que si tuviera mi voluntad encadenada. Ni la prisión ni las cadenas ni la sentencia de muerte pueden robar a un hombre su fe y su libre voluntad. Dios da tanta fuerza que es posible superar cualquier sufrimiento, una fuerza mucho más fuerte que todo el poder de este mundo. El poder de Dios es invencible…

Puede verse con facilidad que cualquiera que se niegue a reconocer la Comunidad Nacional Nazi (Volksgemeinschaft) y que no esté dispuesto a ajustarse a todos mandatos de sus líderes, perderá los derechos y privilegios que ofrece esa nación. Pero no es muy diferente con Dios: quien no quiera reconocer la comunidad de los santos o quien no quiera obedecer los mandamientos declarados por Él y por su Iglesia, y quien no está dispuesto a sobrellevar los sacrificios y a luchar por su Reino – tal persona pierde sus derechos en el Reino.

Ahora bien, una persona que es capaz de luchar por los dos reinos y de mantenerse en buena posición en ambas comunidades (es decir, la comunidad de los santos y la Comunidad Nacional Nazi, Volksgemeinschaft) y que es capaz de obedecer todos los mandamientos del Tercer Reich… tal persona es, en mi opinión, un gran mago. Por mi parte, no puedo. Y, rotundamente, prefiero renunciar a mis derechos bajo el Tercer Reich y así asegurarme de lograr los derechos otorgados bajo el Reinado de Dios. Ciertamente, es desafortunado que uno no puede ahorrar a su familia de estos sufrimientos. Pero los sufrimientos de este mundo duran poco y pronto serán superados. Y este sufrimiento no tiene comparación con los que Jesús no pudo ahorrar a su querida Madre durante su pasión y su muerte.

¿Es, por tanto, el Reino de Dios, de tan ligero valor que no se merece algún sacrificio, que situamos cualquier cosa pequeña por delante de los tesoros eternos? Tan inimaginablemente grandes son estas alegrías que Dios ha preparado para nosotros en su Reino… y la mayor de todas es que estas alegrías duran por siempre. Creo que casi deberíamos desbordar de gozo si alguien nos dijese que podríamos estar seguros de que en unos pocos días esas alegrías del cielo serían nuestras en la tierra y de durarían mil millones de años. Pero, ¿qué son mil millones de años comparados con la eternidad? No tanto como medio segundo comparado con todo un día…

Por lo tanto, así como un hombre que sólo piensa en este mundo hace todo lo posible para hacer la vida aquí más fácil y mejor, así debemos nosotros, que creemos en el Reino eterno, arriesgar todo para recibir un gran premio allí. Así como los que creen en el Nacional Socialismo se dicen a sí mismos luchan por la supervivencia, así nosotros debemos convencernos también de que luchamos por el Reino eterno. Pero con esta diferencia: no necesitamos rifles ni pistolas para nuestra batalla, sino en su lugar, armas espirituales (y la principal entre ellas es la oración). Y es que la oración, como dice Santa Clara, es el escudo que las flechas incendiarias del Maligno no pueden atravesar. A través de la oración imploramos constantemente la gracia de Dios, dado que sin la ayuda y la gracia de Dios sería imposible que perseverásemos en la Fe y que fuésemos fieles a sus mandamientos.

El cristiano verdadero debe ser reconocido más en sus obras que en sus palabras. La señal más clara se encuentra en las obras de amor al prójimo. Hacer al prójimo lo que uno querría para sí es más que simplemente no hacer a los otros lo que no querría que le hiciesen a uno. Amemos a nuestros enemigos, bendigamos a los que nos maldicen, oremos por los que nos persiguen. Porque el amor conquistará y durará por toda la eternidad. Y felices son los que viven y mueren en el amor de Dios”.

 Algunos materiales adicionales:

– Breve texto del Vaticano por su beatificación en 2007

– Materiales del Catholic Peace Fellowship (CPF), en inglés

– Texto “Contracorriente”, escrito por Erna Putz, de donde hemos tomado el título de esta entrada

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