Izquierda, derecha

En la década de 1960 se hizo popular “la yenka”, un baile cuyos pasos eran “izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, atrás, un, dos tres”. Tras la reinstauración de la democracia en España, han gobernado, en números redondos, poco más de 2 años la Unión de Centro Democrático, alrededor de 20 años el Partido Socialista Obrero Español y cerca de 18 años el Partido Popular. A estas alturas la sensación de buena parte de la población es que se ha estado bailando la yenka. Hemos ido hacia un lado (derecha) y hacia otro (izquierda), hacia adelante (crecimiento) y hacia atrás (crisis) y hemos dado tres saltos, uno (transición), dos (ingreso en las instituciones europeas), tres (euro).

Lo que se tiende a valorar de este periodo es, sobre todo, la estabilidad política y el progreso económico y social. Se entiende que los principales logros de la democracia han sido evitar un enfrentamiento político radical, que acaba derivando en graves conflictos sociales, y una elevación del nivel de vida del conjunto de los españoles. Sin embargo, lo esencial no ha sido eso, puesto que con Franco hubo “cuarenta años de paz” y un crecimiento económico superior, en términos relativos, que en la etapa democrática. La clave es la conquista de la libertad, no ya porque se elijan los Gobiernos mediante votaciones periódicas sino porque la moralidad, la decisión de lo que es bueno y malo, ha dejado de venir dictada desde el Gobierno en connivencia con la Iglesia católica (nacionalcatolicismo) y se han recuperado derechos sociales.

Es en estos últimos terrenos, libertad de conciencia y derechos sociales, donde todavía la distinción entre derecha e izquierda conserva un significado y entra en juego. Para algunos la libertad de conciencia no debe sobrepasar ciertos límites y los derechos sociales no pueden poner en peligro lo que se entiende por estabilidad o viabilidad económica. Para otros la libertad de conciencia es lo que constituye la esencia de la persona, no puede fijarse por instancias ajenas a cada individuo, y la garantía de ciertos derechos sociales está por encima de todo lo demás. Estas posiciones tienden a convertirse en motivo de enfrentamiento y polarización política cuando no hay un sustrato suficiente que haga que dichas diferencias puedan equilibrarse y confluir hacia el bien común.

¿Cuál puede ser ese estrato común y por qué no existe o es muy débil y escaso? Con frecuencia se pretende que sea la nación, apoyada en un sentimiento patriótico, o el bienestar económico, que impide que haya necesidades básicas sin cubrir. Los más idealistas derivan el sentimiento nacional hacia un universalismo sin límites o por el contrario restringen el concepto de pertenencia a la raza o una determinada confesión religiosa. Los más materialistas se deslizan a defender un nivel económico que permita ir mucho más allá de las necesidades básicas o reducen tanto lo que entienden por tales que propugnan una austeridad casi ascética. Ni el sentimentalismo, ni la seguridad material pueden servir como aglutinantes duraderos de un pueblo o nación.

Cuando no existe un sentido de la vida y unos valores compartidos, que sólo pueden basarse en el amor mutuo apoyado en el Amor con mayúsculas, la conciencia se vuelve estrecha, hasta un extremo neurótico, o completamente laxa porque no tiene referencias. No hay libertad, porque se cree que lo importante de la vida debe imponerse por la ley  o que no hay nada importante más allá de la búsqueda del interés propio. Unos creen que sólo existe un único camino que conduce a la verdad, otros que no hay verdad y por tanto los caminos son infinitos. Para ninguno de ellos existe la elección responsable que es la esencia de la libertad. Por esa misma razón se defiende que los recursos económicos imponen un límite único o que los recursos no importan y se pueden fijar objetivos sociales al margen de los recursos disponibles, no hay límites.

Derecha e izquierda tienen sentido cuando existe un centro de referencia. Si no hay una referencia central deja de haber derecha e izquierda. A veces todos sienten la necesidad de decir que están en el centro para ocultar que se alejan infinitamente de él puesto que no existe. Los extremos se separan tanto que tienden a desaparecer. Lo de que los extremos se tocan en realidad significa que dejan de existir al distanciarse tanto que se difuminan en el infinito. Atrapados entre esa derecha y esa izquierda inexistentes por falta de referencia común tendremos la sensación de seguir bailando la yenka. Tratemos de afirmar unos valores comunes que sirvan de orientación  y entonces sabremos de verdad lo que es ir a la derecha o la izquierda, adelante o atrás, sin perdernos o al menos teniendo la posibilidad de volver a encontrar el camino.

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