Ir al fondo de las cuestiones

Desde que entramos en crisis, allá por el lejano año 2007-2008, vengo yo afirmando cada vez que se tercia –quisiera creer que, al menos por esta vez, no en contra de los anti taurinos-, que el toro de Wall Street, el icónico Charging Bull, puede – ¡y debe! – ser toreado. Porque si, como es sabido, cada toro tiene su lidia, no iba a ser la excepción el morlaco que embiste frente a la Bolsa de Nueva York, que tan resabiado está, tan poca nobleza ofrece, tantos gañafones tira y que tan sordo peligro tiene. Ahora – ¡eso sí! – para trastearlo bien, hay que instrumentar, por encima de todo, una brega profunda… Nada de mantazos a deshora, ni de pasarse de faena; queda prohibido torear fuera de cacho y meter el pico de la muleta sin exponerse a cuerpo limpio. Por supuesto, habría que huir como del demonio, de aquellos malos toreros que tienen prisa; o de los que se dedican a pinchar donde no deben -amparados en el consabido estribillo de que “¡hasta el rabo todo es toro!” -…Una lidia así ni resultaría eficaz ni, mucho menos, produciría la transmisión necesaria para que los tendidos se emocionaran…

Pues bien: algo de esa superficialidad y falta de torería profunda es lo que me parece observar con lo que se les ocurrió hacer el pasado día 7 de marzo en la puerta de la Bolsa neoyorkina. Iban bien orientados… pero les falta oficio y – ¡claro es! – no acabaron de rematar… Pero antes de abundar en este brindis al sol –y otro que contaré más adelante, para cerrar este artículo- necesito recrearme un poco en la suerte para que el lector me pueda entender. Porque aquella axiomática tesis de que cada toro tiene su lidia, cuando menos, apunta a dos realidades complementarias, como la cara y la cruz de una moneda; como el haz y el envés de una misma hoja de laurel. Veámoslas.

La primera, el haz, alude a que no cabe dar la espantá, tomar la oliva, ni escurrir el bulto. Señala que hay que mojarse, que no sirven excusas para no arrimarse, para no empeñar la vida en el envite. Pues siempre, absolutamente siempre, se puede llevar a cabo una faena cabal -si no brillante, al menos aseada…- y, en la medida de su aliño, buena.

Esto que se dice, por lo demás, debe entenderse como aserto de universal aplicación. Es decir, queda vigente en toda circunstancia, con independencia de la bravura o de la mansedumbre que el burel pueda exhibir al saltar al ruedo; al margen del trapío y el respeto que el astado imponga con su presencia en la plaza. Vale lo dicho igualmente para cualquier cornúpeta, no importa ascendencia, ni encaste; pues da lo mismo la estirpe de que proceda o la ganadería donde se haya haya criado.

No hay morlaco que no tenga su lidia. Al margen de las circunstancias imprescindibles o imponderables -el consabido permiso de la autoridad, que el tiempo lo permita, o que el público esté más o menos por la labor-, siempre resultará factible instrumentar una lidia de verdad.

Ahora bien, para llevar a cabo una faena bien orquestada tienen que juntarse en las proporciones debidas, en quien maneje los trastos, las siguientes características: una inteligencia fuera de lo común, que le permita entender al bicorne y anticipar las querencias y las posibles reacciones del animal; un sobresaliente dominio del oficio y una más que mediana capacidad práctica para ligar -¡pases sueltos los da cualquiera!- y, haciendo buena la receta tauromáquica del maestro Domingo Ortega, conseguir parar, templar y mandar. Hay que enseñar al toro a embestir y a humillar. Hay que irle corrigiendo en su caso los resabios y vicios que pueda evidenciar en los primeros pases de tanteo y en los tercios previos a la muleta.

La valentía, como a los quintos de cuando entonces, se les supone by default, que dicen en informática… Y – ¡ya puestos! -, para abrochar con una media la tanda que venimos instrumentando, debiéramos recordar que lo más importante de todo -como el cariño verdadero de la copla- ni se compra ni se vende. Precisamente, lo que marca la diferencia entre, de una parte, un buen oficial, un excelente peón de brega, un subalterno prodigioso, un hombre de plata cabal; y, de otra, un verdadero artista… resulta en extremo particular e intransferible. Es más: lo que traza la divisoria, el abismo insalvable, entre, digamos, un matador de reses bravas, por bueno y eficaz que sea; y un figura del toreo no se puede enseñar ni se deja aprender: brota siempre -y sin saber por qué- sua sponte. Pues, en definitiva, el duende, el ángel, la sal, lo que llega a los tendidos y es capaz de emocionar a quien contempla unos pases instrumentados con torería… aquello al lidiador le sale de dentro, pues dentro de su alma lo puso, como regalo, Dios Nuestro señor, en su infinita sabiduría y potencia, al crear a los toreros de tronío

La segunda realidad a que alude el aserto de que cada toro tiene su lidia, el envés de la hoja de laurel que nos ocupa, requiere -sin subterfugios ni sofismas; sin trampas ni evasivas- la condición de la más elevada de las exigencias. Pues, en efecto, cada faena exige siempre de parte de quien trastee un ejercicio irrepetible de creatividad innovadora: de ahí, precisamente, el arte -elevado al grado máximo en función de lo efímero de cada toreo-; por eso el pellizco en el ánimo, que sienten aquéllos que son capaces de entender lo que está en juego y -en un ejercicio de estereoscopía que hace salir de lo que, a lo plano es matar un bicho, una maravilla nueva que poco tiene que ver con asesinar-; y que son capaces de conectar con la esencia profunda del hondo ritual que toro-y-torero protagonizan con la muerte por testigo. Por eso, de ningún modo vale aquí el recorta-y-pega… En estas no vale repetir de forma mecánica recetas ni prodigarse en pases estereotipados, efectistas sólo para los espectadores de ocasión; mas nunca para el público… ni, mucho menos, para los aficionados de verdad.

Pues bien, como decía, el pasado 7 de marzo, con ocasión del famoso día – ¿cómo denominarlo: “día de la mujer”, “día de la mujer trabajadora”, “día internacional de la mujer”, “día internacional de la mujer trabajadora”…?… ¡Confieso que ninguna de esas versiones me acaba de convencer! -; digo que a efectos de llamar la atención sobre el hecho de una injustísima desigualdad que clama al cielo, Asset manager State Street Global Advisors encargaron la instalación temporal frente al toro de Wall Street de la estatua en bronce, como las que pueblan Oviedo, de una niña, brazos en jarra y por montera un gorrito de lana rosa. El objetivo era recordar la falta de paridad hombres-mujeres en los consejos de administración y, lo que aún es más sangrante: que, con frecuencia –y caeteris paribus-, ellas ganan menos que nosotros, sin saber por qué regla de tres se deba justificar el agravio.

¿Tengo algo contra esta protesta tauromáquica?: ¡Nada en absoluto!… Simplemente, digo que me parece superficial y que han instrumentado una faena efectista, pero de poca profundidad; una lidia de poquísimo momento… Porque más allá de la denuncia… ¿qué?

El argumentario ético que se suele esgrimir en éstos –y en otros casos: luego contaré otro- me parece insuficiente, poco radical –no llega ni de lejos a la raíz de la cosa. Como mucho se habla de que se está desperdiciando el talento femenino; que se está desaprovechando una oportunidad para que las empresas resulten todavía más rentables… y perlas de jaez aproximado. Y es verdad… Pero, más allá de la vis utilitarista, ¿qué hay de lo deontológico?, ¿qué, de las exigencias de justicia?… O por poner un máximo moral encima de la mesa: ¡Si resulta que los hombres y las mujeres somos –una vez más- el haz y el envés de la misma cosa… Si el uno sin el otro polo desimanta lo humano… Si precisamente al ser distintos somos la imagen de Dios…

Recordemos: Nosotros, en Occidente, hacemos poesía jugando con las palabras, con los ritmos y con las terminaciones. Los semitas juegan con el paralelismo… Dicen la misma cosa de dos maneras distintas – ¡ojo!: pero la misma cosa! -… Es una suerte de balanceo de mecedora. Por eso cuando el libro de Génesis, en su arranque dice que “a imagen de Dios los creó…” inmediatamente explica qué es la imagen de Dios: “hombre y mujer los creó…” De modo que, ellas y nosotros, somos la imagen de Dios… y no se puede –no ya poner una vela a Dios y otra al diablo…- adorar a Dios sin atacar a fondo, sin lidiar de veras el morlaco de la desigualdad.

Daré otro botón de muestra de este tipo de lidia superficial a toros de cierto trapío en pagos anglosajones. Recibo cada semana la revista Time. Pues bien, el número que cubría del 27 de febrero al 6 de marzo de este año de 2017 en la página 83, hablando de lo humano, lo post humano, lo virtual, etc… se planteaba un dilema –a quandary– acerca de si era ético mantener relaciones sexuales con un robot…

Naturalmente uno –David Levy, autor de Love and Sex With Robots-, decía que sí. Agumentaba más o menos diciendo que, dado que no hay nada malo en utilizar utensilios electrónicos para obtener satisfacción sexual, ¿por qué habría de haber algo malo desde el punto de vista moral en mantener relaciones sexuales con un robot.

Como contrapunto, Kathleen Richardson, fellow en Ethics and Robotics en la universidad De Monfort, en el Reino Unido, decía que no; que no era ético tener sexo con un robot… “porque perpetua una cultura que cosifica a las mujeres…”

Y digo yo: ¿no se podría ir, de nuevo, un poco más a la raíz de la cosa? ¿Qué es la sexualidad y que significa en el proyecto humano?…

A lo mejor los que se quedan en la epidermis de la cosa, son como aquel paisanón gijonés, allá por los 1984, al que mi compadre Xuaco Vallina y yo escuchamos una tarde -entre pasmados y muertos de risa- confesarle a un compañero de parranda que –y cito-: “hoy quiero más tirar un peu que char un polvo!”

¡Ya puestos!… ¿Qué más da, verdá uste´?

Pue sí: ¡Una lástima!

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