Por Alfredo Crespo Alcázar*

El 23 de junio de 2016 quedará como la fecha en la que Reino Unido  votó favorablemente por abandonar la UE. El referendo in vs out prometido en enero de 2013 tuvo lugar y, con él, la victoria del Brexit.

El resultado final, 52% vs 48%, aunque apretado, no debería generar sorpresa. Desde tiempo atrás, sectores relevantes de ámbitos como el intelectual y el periodístico, llevaban exigiendo una consulta como la del pasado jueves. En consecuencia, desde hacía varios años habían inundado a la ciudadanía británica con mensajes centrados en la pérdida de soberanía que implicaba formar parte de la UE y el deterioro de la posición global del país mientras siguiera siendo uno de los 28 Estados miembros.

Por tanto, durante estas últimas semanas solamente han tenido que reiterar y enfatizar esos mensajes, relativamente añejos, en los cuales se definía a la UE como un proyecto fallido. Particularizando un poco más, cabe añadir que el Partido Conservador es quien ha sufrido las principales consecuencias del 52% vs 48%. La dimisión de David Cameron (prevista para otoño) es el ejemplo más paradigmático de ello, aunque no el único.

En cuanto al laborismo, si bien mostró mayor consenso a la hora de defender una postura más pragmática que eurófila, han aparecido las primeras críticas a su líder, Jeremy Corbyn, al que se acusa de no haberse implicado en exceso durante la reciente campaña. Como puede observarse, los reproches predominan entre el bando perdedor.

¿Qué sucederá a partir de ahora? El cúmulo de interrogantes que el Brexit lleva asociados se irán resolviendo gradualmente, nunca de golpe, empezando por la elección de nuevo líder tory (y Primer Ministro). Éste deberá guiar el proceso de abandono. Al respecto, lo normal es que el elegido represente a la línea dura que ha abanderado el Brexit.

En relación con la idea anterior, y teniendo en cuenta la trayectoria de Reino Unido como “socio incómodo” en la UE, probablemente las negociaciones destinadas a consumar el abandono resulten complejas, tediosas y se dilaten en el tiempo. Una suerte de tira y afloja en el que el gobierno británico no estará en condiciones de guiar la agenda.

Igualmente, el abandono de la UE va a convivir con otra consecuencia colateral del Brexit: Escocia. Al respecto, el Scottish National Party (SNP) ha sido muy cuidadoso en los últimos meses a la hora de reivindicar taxativamente un referendo como el del 18 de septiembre de 2014. Sin embargo, tampoco cerró esa posibilidad. El binomio Sturgeon/Salmond insistió en que apostaban por el Remain y sus compatriotas escoceses votaron favorable y mayoritariamente por la permanencia. Así, el 62% vs 38% de Escocia abre la puerta a que su gobierno reivindique seguir en la UE y una de las vías para ello podría ser a través de (exigir) la independencia.

Con todo ello, el referendo del 23 de junio y toda su parafernalia previa ha puesto de manifiesto que consultas de esta naturaleza no solventan los problemas que supuestamente quieren resolver. ¿Se halla más unido el Partido Conservador tras el Brexit? La respuesta es negativa. Por el contrario, apelar a este tipo de preguntas binarias exacerba lo peor de cada bando enfrentado. Además, hacer demagogia, esto es, mentir, se convierte en la herramienta principal.

Veremos si dentro de un lustro, Reino Unido ocupa esa posición global esplendorosa, cercana o igual a la que ostentó en el siglo XIX, como los pro-Brexit insistieron ante sus compatriotas. De momento, algunos de los adalides del abandono de la UE, como Nigel Farage, ya han indicado que determinadas promesas hechas serán difíciles de implementar. Sin embargo, cumplieron su misión y avalaron a un tipo de nacionalismo, el estatal, tan peligroso como el periférico.

* Doctor por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Autor de Cameron. Tras la senda de Churchill y Thatcher (Siníndice, Logroño 2011).