Internet no olvida

Antes de cualquier juicio o apreciación, conviene asumirlo como un hecho: Internet (todo aquello que está conectado) no olvida. Es más, yo añadiría que no sólo tiene una gran capacidad de memoria, de guardar, sino que, y esto es lo más importante, también analiza, estudia, relaciona, crea patrones, vincula, y avanza cada día en su capacidad predictiva. Escaparse es poco menos que imposible, por dar resquicio a los genios. Aunque con la acelerada digitalización de las bases de datos administrativas, me atrevo a decir que no hay margen posible. Todo tiene ya un reflejo digital más o menos profundo: economía, cultura, relaciones, actividades, gustos, lugares, tiempos…

Este asunto atañe a varias cuestiones, que no conviene confundir.

Visibilidad

Lo que a muchos preocupa es precisamente si se puede seguir viendo esto o aquello del pasado, o si tal o cual imagen o mensaje se seguirá viendo por ahí. Podríamos enmarcarlo dentro del juego privado-público, lo que se hace de una u otra esfera. Por ejemplo, a un joven que sale de fiesta una noche y no controla el alcohol que toma, quizá piense que no le importa que una foto suya en mal estado sea vista por sus amigos, pero no le agradaría que apareciera en una entrevista de trabajo.

La visibilidad se puede regular, más o menos, atendiendo a las normas básicas de privacidad, organizando los contactos en algunas redes sociales para establecer límites. Sin estos límites, que quieren poner un poco de orden en toda la amalgama de información que circula sin parar, todo será un continuo casi sin sentido.

Accesibilidad

La gran cuestión, que muchos intuyen aunque no sepan plantear, es la de la accesibilidad. La gran pregunta es quién tiene acceso a tal o cual información sobre mi vida, del formato que sea. Quién puede saber dónde vivo, qué hago, qué cuentas llevo, con quién me relaciono, cómo estoy, qué me gusta, qué pienso o siento… Por poner un ejemplo, muchos creen que usando Snapchat las imágenes se borrarán de todos los sitios en 24 horas y no quedará de ellas nada en la red, no sean accesibles. Y esto no es así. No se borran, se limita el acceso, por decirlo de algún modo. Están, siguen ahí, pero ya no se ofrece la posibilidad de volver a ellas como antes. Lo mismo en Facebook, en Twitter, o cualquier blog o web… Hay barridos sistemáticos de la red que se dedican a “colocar en otro sitio, redistribuir” (almacenar en definitiva) todo cuanto hay a su alcance. Siendo esto así, no me extraña que la seguridad sea un sector en el que crece la inversión, para proteger de algún modo toda esta información.

Pero no sólo eso. Respecto a la accesibilidad debería preocuparnos quién tiene acceso a nuestros datos (sean los que sean), por qué y para qué los utilizan. Una experiencia muy simple: preparas un viaje, buscas en la red hoteles en tal lugar y a la semana siguiente serás bombardeado por anuncios en la misma dirección en todas tus redes sociales. ¿Quién se lo dijo a estas empresas? ¿Todo es para vender, consumir, hacer fortuna? ¿Se interesan realmente por la gente?

Una cuestión también preocupante: ¿Más gente tendrá acceso, de qué modo?

Ser dueño de uno mismo

En algún momento de la vida, más tarde que pronto como siempre ha pasado en la historia de la humanidad, se decide uno a ser dueño de sí mismo, intentar tomar las riendas de su vida… Pues bien, conviene enseñar, lo antes posible aunque no se comprenda, que toda red social supone una cesión de derechos en esta dirección, por decirlo de algún modo. Los “derechos de autor” quedan medio-reconocidos, pero no seremos dueños de lo que hacemos, no se podrá reclamar sobre lo que aceptamos que fuera desde el inicio medio-propiedad de otros. La identidad digital, que es la vida de cada persona reflejada y proyectada en la red, no se reclamará de un día para otro, ni será posible su transformación.

Es cuestión de aceptar términos, de lo que asumimos cuando la mayoría se mueve en una dirección.

 Cuidar de uno mismo, cuidar de los demás

En el tiempo de la conexión y la hiperconexión, cuidar de uno también es cuidar de otros. No hace falta que alguien tenga Facebook o Snapchat para aparecer en él, así de sencillo. Sin decidirlo, sin consentirlo, seguramente se esté en más de una imagen o sea objeto de algún comentario. Cuidar este aspecto es altamente relevante, tanto por lo que supone de reto y de atención, como por la oportunidad que ofrece de generar otro tipo de vínculos centrados en aspectos verdaderamente relevantes, sin necesidad de que sean reflejo permanente y en todo en las redes sociales.

De este modo, generar vínculos, conectar con alguien es lo mismo que hacerlo con su entorno. En principio de manera potencial, pero según avanza la relación también se tejen puentes en este sentido. De ahí que sea fácil comprender que estos no desparecen con un clic. La memoria de las relaciones existe independientemente de nosotros, porque internet no quiere olvidar nada de esto. Incluso aunque quisiéramos, no podríamos. No está en su lógica, no pertenece al ADN digital. Una y otra vez la red recordará, recordará, recordará…

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