Pienso a menudo en el cuento de Blancanieves cada vez que escucho a alguien alertar sobre los peligros de internet. Que si internet pone en peligro nuestra seguridad. Que si su uso despreocupado puede alejarnos de controlar nuestras vidas. Que si condiciona nuestra libertad,… ¡Y eso que parece la panacea! Es gratis y nos proporciona un mundo de posibilidades de ocio, de experiencias virtuales amplísimo. También proporciona un ahorro de costes y de tiempo muy atractivos, verdaderamente.

Sí, es verdad: internet parece una de esas manzanas rojas y brillantes, pero envenenadas que la bruja, disfrazada de vieja, puso en un cesto al alcance de la bella e inocente Blancanieves.

Personalmente, siempre me ha intrigado este cuento. Una chica que parece en principio espabilada -ya había conseguido escapar de la muerte en el bosque- se deja engañar y muerde una brillante manzana roja que le ofrece una indefensa pero desconocida viejecita. ¿Acaso su madre no le dijo que no se aceptan caramelos ni nada de desconocidos?

Con los años, he llegado a entender que lo mismo le podría pasar a cualquiera, especialmente si tiene hambre.

Internet tiene muchos “venenos”, cierto. Estoy de acuerdo en que nos hace falta un marco legal sólido que proteja de esa “inocencia”, de esa indefensión ante la que pueden encontrarse muchas personas que ignoran sus peligros. Es necesario poner en marcha medidas sancionadoras para castigar a aquellos espabilados que estén sacando tajada de la situación en la que nos encontramos quienes, ¡pobres!, no sabemos lo bastante sobre lo que se esconde detrás de este fascinante fenómeno digital.

Junto con leyes, hay que actuar de manera preventiva. Debemos elevar la formación e información de los usuarios –sean individuos u organizaciones- que no nos manejamos en lo virtual de manera cauta y responsable.

Todas estas actuaciones se centran en la manzana. Bien. Pero, ¿qué pasa con Blancanieves? Desconocidos, tentadoras golosinas y encantadores de serpientes siempre ha habido, pero ¿por qué sucumbe la muchacha? ¿A alguien preocupa el hambre que tiene?

¿Realmente estamos preguntándonos por qué la gente tiene tantas ganas de usar internet? Yo cada vez encuentro más jóvenes a quienes las alarmas sobre los riesgos de internet no les pilla de nuevas. Que saben –o eso creen- a qué se exponen cediendo sus datos, pero que están dispuestos a asumir el riesgo. ¿De dónde les viene ese hambre?

Para estos miembros de “la sociedad del riesgo”, internet es vista como una oportunidad. Su análisis coste-beneficio les sale a cuenta. Entre sus ventajas, ven la posibilidad de hacerse visibles para un mundo (el previo a lo digital) que a menudo les ha ignorado. Donde las masas les ha convertido en un mero número que no escuchaba sus necesidades particulares. Entre sus maravillas, internet les permite colarse en las fisuras del sistema socioeconómico actual. Un sistema blindado a minorías o a amplias mayorías indefensas frente a los grandes poderes políticos y económicos. Gracias a internet la gente siente -sí, tal vez sólo ilusoriamente- que tiene poder para decidir, para ser escuchado. Y elimina a todo aquél que encuentra por medio y que le dificulta sentirse apreciado como persona.

Tal vez el problema no se llama internet, ni Big Data, ni Business Intelligence. El problema es haber construido un sistema socioeconómico orientado a la masificación donde el individuo deja de sentirse persona y donde no se encuentra identificado.

Nunca podremos evitar que aparezcan más manzanas venenosas al alcance de la mano de la inocente Blancanieves de turno. Da igual cuantas señales luminosas marquemos a su alrededor para advertirle de los peligros. Debemos ir al origen del problema y evitar que tenga hambre.

Si no entendemos como necesario escuchar a todos, eliminar barreras, disminuir desigualdades y ofrecer oportunidades, no habrá final feliz.

 

Imagen: laconversacion.net/wp-content/uploads/2016/10/redes.png