Insultar la Cruz

La Sección 1ª de la Audiencia Provincial de Madrid ha aceptado una querella de la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos contra Wyoming y Dani Mateo, sobre la base de una acusación de “delito contra los sentimientos religiosos”, que parece un poco cogida por los pelos pero ya se aclarará en el proceso.

Este es un caso que sigue al de Drag Sethlas en el pasado carnaval de Las Palmas, y quizás antecede a otro del estilo en una discoteca de San Cugat el Viernes de Dolores.

Carecemos de cualquier capacidad para discutir legalmente esos casos, pero nos parece útil cierta comprensión de los símbolos para entenderlos. No los casos legales, sino el significado de los hechos que están detrás, los cuales pueden encontrarse fácilmente en YouTube.

La relación entre el símbolo y la realidad en sí ha cambiado mucho de un siglo a esta parte, a lo largo de lo que se llama a veces la postmodernidad cultural.

De siempre, el símbolo ha venido significando directamente aquello que simbolizaba. Un ejemplo claro se encuentra en la película Silencio de Scorsese: pisar una imagen cristiana era uno y el mismo acto para el creyente japonés, el sacerdote jesuita y también para sus perseguidores, que abjurar de la fe. Pisar la imagen y negar a Cristo equivalían, porque la conexión en la conciencia del sujeto entre la imagen y lo representado en ella era directa.

Así ha sido desde siempre hasta hace unas décadas. Visitando cualquier gran museo de Arte Contemporáneo se aprecia cómo se va generando el cambio. Se juega con los símbolos como objetos en sí mismos, lo que produce símbolos que ya no se refieren a cosas sino a símbolos previos; y luego se juega con los juegos, hasta donde alcance la imaginación, que termina siendo en lo abstracto, donde ya ningún símbolo puede reconocerse.

Veamos el interesante caso del Ecce Homo de Borja, repasado con la mejor voluntad por Cecilia Giménez en 2012 (pulsar la imagen para verla más grande):

La pintura original sin duda pretende representar a Cristo azotado según la manera clásica de entender un símbolo. Pretende suscitar la devoción hacia Cristo, que los parroquianos le recen no al símbolo, sino a la persona que significa. La restauración de doña Cecilia pretendía lo mismo, aunque no tuviera mucho éxito. Veamos ahora algunos de los infinitos “memes” que pulularon en internet durante los meses posteriores:

¿Eran esos “memes” una burla a Nuestro Señor Jesucristo azotado en la columna? ¿Se referían de alguna manera a él? Tendemos a pensar que no. Eran símbolos sobre símbolos, juegos con el símbolo que sin querer había producido Cecilia.

Y eso nos conduce al núcleo del problema: los símbolos son esencialmente ambiguos. Si los conceptos pueden pretender (no siempre con éxito) cierta precisión en lo que significan, en los símbolos se acumulan significados a lo largo del tiempo, en particular cuando ningún poder cultural consigue mantenerlos en un significado más unívoco.

Y así la Cruz: ¿qué simboliza? Para los primeros cristianos, algo en efecto muy feo: un instrumento de tortura que preferían no representar. Mejor el buen pastor, el pez o unas iniciales griegas para simbolizar a Cristo. La primera representación del Crucificado que tenemos es precisamente una burla con cabeza de asno en un graffiti de Pompeya (por tanto, lo más tarde del año 79 d.C.): “Alexamenos adora a su dios”.

Después, sobre el Crucifijo se han acumulado muchos otros significados, combinándose de mil maneras. Para muchos cristianos es efectivamente el símbolo del sacrificio redentor de Jesús, el culmen de una cercanía radical de Dios desde la Encarnación hasta la Muerte. También es para algunos cristianos y no cristianos, una parte del símbolo “la cruz y la espada” del agustinismo político, que ha hecho camino hasta hace poco. Y para otros quizás significa, no necesariamente en lugar de otros significados sino superpuesto a ellos, una represión cultural antigua (la sustitución violenta de los dioses americanos, por ejemplo) o reciente (como la complicada relación de la enseñanza cristiana con el sexo en algunos países de Europa hasta el Concilio Vaticano II). O, como en los inquisidores de la película Silencio, significa también para muchos el intento occidental de colonización cultural sobre civilizaciones muy antiguas. Para otros puede representar una institución religiosa particular (la Iglesia) con todo lo bueno y malo que haya en ella. Y habrá quienes lo consideren el símbolo claro de una intemperie de Dios, quien precisamente fue asesinado por instituciones sin que ninguna otra intentara protegerle. Y así podríamos seguir recontando significados depositados sobre ese símbolo.

Lo característico de los símbolos es así su ambigüedad: sobre ellos se puedan acumular significados no solo distintos sino contradictorios. El símbolo del Torturado en la Cruz utilizado a su vez para reprimir y torturar. Pero para mil otras cosas también, algunas de las cuales nos parecen mejor y otras peor; sin duda difícilmente congruentes entre sí pero tampoco necesariamente separadas, reemplazando un significado a otro, sino más bien combinándose o al menos superponiéndose. Un símbolo tan central y tan antiguo como la Cruz es necesariamente un gran complejo de significados.

Cuando en la posmodernidad cultural se empieza a jugar con los símbolos, y a jugar con los juegos, es importante discernir a qué significados del símbolo se dirige el burlador. Nadie sensato acusaría a doña Cecilia Giménez de ofensa a los sentimientos religiosos, ni tampoco a quienes hicieron “memes” a partir de su Ecce Homo repintado.

Obviamente, el mismo discernimiento que debemos hacer nosotros antes de sentirnos ofendidos, deben hacer los manipuladores de símbolos antes de elaborar propuestas que puedan ofender a muchos. Los sentimientos y la lectura de los símbolos son parte de la realidad social, y no puede uno actuar en ella como si el otro no existiera. Pero es un campo donde el encuentro resulta posible desde cierto respeto mutuo, que reconozca la pluralidad envuelta en los símbolos, si unos no nos ofendemos más de la cuenta y otros no pretendemos ofender con nuestras producciones todos los significados de cada símbolo.

Por cierto, en particular los símbolos referidos a Jesús cuentan con una clave hermenéutica en las mismas palabras del Evangelio: “lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos, incluso a los más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). El último post de José Luis Pinilla ejemplifica muy nítidamente lo que esto significa; un ejemplo entre muchos, como los bebés abortados antes de nacer, los cristianos perseguidos en Irán y Siria, la gente en situación de calle en Madrid, los niños sin escuela en África, las mujeres relegadas por el hecho de serlo, los pobres sin oportunidades en todas partes… El Crucificado quizás simboliza más nítidamente a Jesús a través de los crucificados. Otros significados no sobrarán, pero tal vez en esa conexión podamos los cristianos poner mejor nuestro sentimiento religioso: “¿Tanto tiempo con vosotros, y todavía no me conoces?“, dijo Jesús a Felipe (Jn 14,9).


Imagen: Representación de la crucifixión en la Semana Santa de Filipinas – www.elespectador.com

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