Las instituciones y las personas

Rafael Tomás Caldera es un profesor de Filosofía muy conocido en Venezuela, por la infinidad de estudiantes que se han beneficiado tanto de su saber como de su ‘profesorado personal’. También es conocido afuera por sus escritos sobre la metafísica de la persona y el amor.

Hijo de Rafael Caldera, demócratacristiano dos veces presidente democrático de Venezuela, no se ha dedicado sin embargo a la política activa; pero ha tratado los fundamentos de ella. El pasado 21 de marzo participó en un foro en la Universidad Central de Venezuela con una ponencia titulada “El problema de nuestra forma política”.

Venezuela está en grandes dificultades de todo género, que incluyen una dictadura incapaz ni de abordarlas ni de dejar paso. El análisis de Rafael Tomás Caldera, partiendo de la historia venezolana, muestra un aspecto central que no se aplica solo a Venezuela, sino que de manera semejante necesitamos para comprender los riesgos de desfondamiento institucional que amenazan a otros países de América Latina, a Europa y a los Estados Unidos.

Con su permiso, transcribimos aquí el último epígrafe de su conferencia, y enlazamos más abajo el video de la conferencia completa.

El quiebre del Estado de derecho

Cuando en enero de 1999 se dictó una sentencia —inspirada en Carl Schmidt— que abrió la puerta, en nombre del poder originario, al referendo consultivo y luego a una nueva Asamblea Constituyente, se dio un golpe de gracia al Estado de derecho en el país. Pocos parecieron advertirlo. Entre ellos, Rafael Caldera, que se opuso públicamente —ya dejada la primera magistratura— a la realización de ese referendo. La muerte del Estado de derecho traería consigo, de manera progresiva, la ruina de las instituciones.

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Para referirse a aquella decisión, tanto Enrique Pérez Olivares como Rafael Parra Pérez, hombres de derecho ambos, usaron la expresión ‘golpe de Estado’. Mi buen amigo Rafael, historiador del derecho, en cierta manera lo veía con menor gravedad, acostumbrado como estaba al devenir de las instituciones en el tiempo. Pérez Olivares se expresaba con el sentido crítico propio de alguien que comprende el valor insustituible del derecho en la vida social.

¿Por qué recordar esa expresión suya, que en ninguno de los dos casos quedó registrada por escrito? Porque, al parecer, para algunos no hubo otra cosa que una refacción constitucional. No se dan cuenta de que se cambió la base de la vida, hubo un traslado del fundamento del orden social.

Mal que bien, la constitución de 1961 nos regía y en más de un episodio de nuestra vida política —como hemos recordado— daba forma jurídica y de justicia a la acción de los gobernantes. Y, por supuesto, era respetada por la fuerza armada. Con la de 1999 el fundamento pasó a ser de nuevo la voluntad del caudillo. Podríamos recordar muchos episodios que así lo evidencian, pero no parece necesario: para todos fue patente enseguida que mandaba el que ocupaba la presidencia de la República. Los atropellos a un posible Estado de derecho fueron, a partir de ahí, cotidianos. La propia constitución, invocada ritualmente, fue muchas veces violada. El estamento militar se tomó como reservorio para proveer los cargos de la Administración Pública —quizá sin otra preparación que la castrense— y la fuerza armada ha servido de instrumento para sojuzgar a la población.

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Al cortar la raíz del Estado de derecho, la vida social no podía menos que descomponerse, como se descompone cualquier organismo al morir. Una descomposición progresiva que alcanza hoy extremos de verdadera disolución.

Es necesario tener esto presente porque no habrá remedio posible si se piensa — como leemos con frecuencia en los medios— que todo está en volver a la constitución. El problema, según hemos visto, es más hondo. Atañe al tipo humano predominante, en el gobierno y en el pueblo. Tras el esforzado episodio de la República Civil, con todas sus deficiencias, hemos vuelto a la tradición autoritaria y su versión militarista. No habrá retorno a una verdadera vida democrática si no proponemos el tipo humano civil que puede darle vigencia efectiva.

Bolívar lo dice con claridad: “Los códigos, los sistemas, los estatutos por sabios que sean son obras muertas que poco influyen sobre las sociedades; ¡hombres virtuosos, hombres patriotas, hombres ilustrados constituyen las Repúblicas!”.(1)

La gran lección de la República Civil es cómo predominó la razón por encima de la fuerza; cómo la fuerza estuvo al servicio de la justicia; cómo hemos tenido instituciones. La democracia como forma política, en un país autoritario, de tradición caudillista, fue posible por la calidad de unos hombres. Enseña Hauriou al tratar de la institución: la subordinación de la fuerza armada al gobierno civil no habría podido ser obtenida nunca por simples mecanismos constitucionales. Es el resultado de una mentalidad, creada por el ascendiente de una idea, la idea del régimen civil unida a la de la paz, considerado como el estado normal.(2)

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Necesitamos, pues, hombres virtuosos, esto es, hombres maduros en los cuales la vida según la razón predomine sobre el imperio de las pasiones. Hombres patriotas, en quienes el amor al bien de la república, al bien común, sea mayor que cualquier interés individual y de provecho propio. Hombres ilustrados, que entiendan la ciencia del buen gobierno y, lejos de esa improvisación sostenida que hemos visto, pongan su mejor empeño en las decisiones que conducen al desarrollo del país.

En lugar de tan solo invocar a Bolívar, habría que hacerle caso. Nos iría mejor.


(1) Discurso de Angostura, en Siete Documentos Esenciales, cit., p. 79.
(2) Cf. Au sources du Droit, Paris, Librairie Bloud & Gay, 1933, p. 104.

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