Insolidaridad estructural

La solidaridad más importante en nuestras sociedades no es de tipo ético sino político. No consiste en una disposición personal que nos lleva a “ser solidarios” con el prójimo en necesidad, sino en unas estructuras políticas que nos hacen vivir con los otros: que nuestro dinero respalde sus posibilidades en la vida a través de los impuestos y servicios públicos. De lo que hacemos cada uno de nosotros por los enfermos graves, mucho más se debe a nuestras cotizaciones al Seguro y los impuestos con que financiamos dispensarios y hospitales públicos, que a nuestros donativos a la Cruz Roja, la Asociación contra el Cáncer o Médicos sin Fronteras.

Esto es obvio, por más que la publicidad de las ONG y de la Iglesia insista en mostrarnos la cara voluntaria (que ciertamente existe) de la solidaridad. Sembrando esa conciencia aspiran a recaudar directamente del público. Está bien pero no debe confundirnos. Que solo las universidades privadas utilicen publicidad para anunciarse, no quita que más del 85% de los estudiantes españoles vayan a universidades públicas. La comunicación comercial aporta al conocimiento de la realidad, a condición de que no se la confunda con la verdad completa. Para comprender la realidad, lo que la publicidad calla es a menudo más importante que lo que dice.

Estamos asistiendo a una serie de movimientos estructuralmente insolidarios de gran calado. En el pasado post poníamos el ejemplo egregio del independentismo catalán. Con un giro adicional de cinismo, el portavoz del PNV en el Congreso amenazó el 31 de julio con la secesión si se suprime el concierto fiscal vasco, bajo el argumento de que “el último nexo de unión con España que nos puede quedar es el Concierto Económico”. Sorprendente que el último nexo consista precisamente en la insolidaridad fiscal. Cualquiera medianamente formado en economía diría lo contrario: que no es el último nexo sino la ausencia del primer y fundamental nexo. Pero estos nacionalismos románticos siempre acaban en lo mismo: los más ricos queriendo compartir lo menos posible con los demás.

Otro evento reciente de insolidaridad estructural se encuentra en la negativa del gobierno español a aceptar la cuota de refugiados propuesta por la Unión Europea. Al repartir 40.000 refugiados entre los países de la Unión en dos años, a España le correspondían algo más de 4.200. Al final vamos a acoger unos 2.700, dice el ministro del interior. Claro está, primero los nuestros, con el desempleo que hay y los inmigrantes que nos llegan, etc. Lástima que tales consideraciones no se hicieran antes de apoyar desde la OTAN las guerras y desestabilizaciones diversas de Iraq, Libia y Siria, participando directamente en algunos casos. Esas poblaciones son precisamente los refugiados que nos llegan (en cifras mucho mayores que 40.000 para toda la Unión, por cierto).

Todos son ejemplos de insolidaridad a través de las estructuras políticas. La solidaridad ética cobra todo sentido cuando constituye un hito personal en el camino de la acción política para implantar estructuras más solidarias. Pero también puede constituir un moderno opio del pueblo: doy unos generosos diez euros al Domund mientras apoyo la idea de bombardear las embarcaciones que traen migrantes y refugiados; me expreso a favor de los pobres que están lejos mientras promuevo el egoísmo de las regiones más ricas que quieren cortar lazos fiscales con los demás; y así. “El corazón de un mundo que no tiene corazón”.

Imagen: www.flickr.com/photos/12568962@N00/2279744387

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