Inmigración digital permanente

En dos famosos artículos del año 2001 (véanse el uno y el otro), el profesor Mark Prensky acuñó y explicó la conocida diferencia entre nativos digitales e inmigrantes digitales. Y afirmó algo que el paso de los años ha ido confirmando: los estudiantes ya no son aquellos para los que nuestro sistema educativo fue concebido. Se quedó corto, porque hace década y media no se podía sospechar que la explosión tecnológica fuese tal que el ritmo de crecimiento del saber acumulado se esté convirtiendo en exponencial, de forma que se está generalizando la convicción de que lo que sabemos y empleamos probablemente no vaya a sernos útil dentro de unos años.

De hecho, los mismos jóvenes se están convirtiendo en inmigrantes digitales. El posible conflicto intergeneracional del que advertía el año 2011 un Policy Brief de la Unesco como consecuencia de los diferentes enfoques, valores, competencias y lenguajes de nativos digitales e inmigrantes digitales en los ámbitos familiar, educativo, laboral y ciudadano, que se traduciría en una distinta manera de entender el trabajo, la comunicación, la colaboración y la jerarquía, ha desbordado los teóricos límites generacionales; se ha convertido en una situación de roce continuo entre quienes se han adentrado más en el uso de las tecnologías y quienes no lo han hecho. Con el paso de los años, más relevante que la edad está siendo la mentalidad creada a través del aprendizaje permanente y el uso reiterado de la tecnología.

En este artículo de la Unesco, se afirma, tomando palabras del filósofo francés Edgar Morin, que la enseñanza del siglo XXI, que ya no contará más con el ámbito escolástico como espacio privilegiado del conocimiento y el aprendizaje, debe enfocarse a entrenar habilidades complejas. Y cita:

  1. La de detectar el error y la ilusión. Enseñar la debilidad del conocimiento.
  2. La de comprender los principios del conocimiento pertinente. Enseñar a considerar los objetos del conocimiento en su contexto, en su complejidad, como un todo.
  3. La de conocer la condición humana. Enseñar la necesidad de unidad y la complejidad del fenómeno humano.
  4. La de saber la identidad planetaria. Enseñar la historia de las eras planetarias y la solidaridad entre todas las partes del mundo.
  5. La de afrontar las incertezas. Enseñar las incertezas en física, biología, historia, etc.
  6. La de entender al otro. Enseñar el entendimiento mutuo entre los seres humanos, y también las formas de incomprensión.
  7. La de acceder a una ética para el género humano. Enseñar una ética de la humanidad que prepare para ser ciudadanos del mundo.
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Sin entrar en si la relación es adecuada y completa, sí está claro que tal cambio de enfoque lleva a priorizar sobre el conocimiento individual la inteligencia colectiva, conceder la primacía no al saber datos particulares inconexos sino a comprender la realidad como un todo que se entreteje y vislumbra sólo parcialmente en los distintos saberes, a poner el foco en el hacer para ser antes que en saber para llegar a ser. Un cambio semejante de enfoque no es algo que pueda lograrse en el breve lapso de tiempo que históricamente ha supuesto la incorporación masiva de la tecnología a nuestras vidas. Apenas ha pasado una generación para un cambio de paradigma que va a requerir decenios porque necesita un cambio social de mentalidad. Muchos, en educación, nos preguntamos: ¿disponemos de ese margen? Y no encontramos una respuesta clara.

En este contexto de inmigración digital permanente, ¿cómo afrontar de forma sistemática procesos continuados de enseñanza-aprendizaje que puedan servir para adquirir recursos útiles a medio plazo? ¿Qué líneas de actuación son básicas? Entreveo algunas pistas:

  • En primer lugar, hay que cambiar el objetivo de lo que se entiende por aprender, dejando de poner en su centro la adquisición de determinados contenidos, si exceptuamos los más instrumentales y aquellos que ayuden a entender el mundo que nos rodea. De la misma forma que, por ejemplo, las lenguas clásicas han quedado reservadas para la enseñanza universitaria durante los últimos decenios, es posible que suceda lo mismo con otras partes del saber humano que se consideren menos prioritarias que otras más prácticas y necesarias para la prosecución de estudios. Más aún, es la forma de obtener esos contenidos de manera rigurosa y crítica lo que va a ser esencial que se enseñe, dada la avalancha de datos disponibles en la red y la necesidad de que todos estemos en permanente itinerario de formación, con o sin ayuda.
  • Incluso los conocimientos más instrumentales deberán ser tenidos en los procesos de aprendizaje como efímeros, puesto que la tecnología se perfecciona continuamente. Los alumnos del siglo XXI deben entender que han de entrar en un estado de permanente curiosidad, prueba, indagación y descubrimiento. Entrenarles en el uso de estrategias de aprendizaje inductivo, de análisis de datos y de comprobación de hipótesis resulta esencial. Haber tenido un contacto, aun somero, con distintas vertientes o disciplinas, puede ser de gran ayuda.
  • Es muy importante que lo que se aprenda y entrene se haga con otras personas, puesto que una de las finalidades más importantes en el aprendizaje actual es adquirir las competencias adecuadas para trabajar con otros, dialogar, negociar, convivir y lograr metas comunes. En este punto, las estrategias de trabajo cooperativo no sólo son de gran utilidad, sino que deben configurar los entornos de aprendizaje en un entorno que use la tecnología como un instrumento adecuado pero no exclusivo.
  • Aprender a generar hábitos personales de cambio es vital. Como se sabe por los estudios de neurociencia, nuestro cerebro goza de una gran plasticidad durante toda la vida, aunque sea mucho mayor en edades tempranas. Aprender nuevas habilidades y ganar en competencias personales es posible, pero para eso hay que entrenar en hábitos de forma sistemática. Tareas repetitivas como las rutinas de pensamiento son de una gran eficacia para lograr este fin. Y otras, hoy menos admiradas, como el cálculo o la ortografía o el aprendizaje memorístico, deben ser repensadas para encontrar formas de presentación atractivas (¿al estilo de los vídeojuegos?) sin que dejen de exigir su precisión habitual.
  • Analizar la propia forma de aprender, el cómo se ha producido, cuáles son sus ventajas e inconvenientes, qué aspectos hay que mejorar, es una lección que los jóvenes actuales necesitan aprender para que su aprendizaje se base en el pensamiento y para que su acción futura esté cimentada en una correcta consideración de sus capacidades y limitaciones.
  • Por último, y por encima de otras consideraciones, la reflexión sobre la orientación y las finalidades de lo que se está aprendiendo se me antoja esencial. Todo lo que se aprende debe estar humanamente enfocado y éticamente calibrado. Los aparatos pueden hacernos cambiar la forma de hacer las cosas, pero no deben suplantarnos en la responsabilidad que nos compete de actuar como verdaderos seres humanos, respetuosos con el mundo del que formamos parte y éticamente responsables de su presente y su futuro.
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En mi opinión, apenas un joven entra en contacto con el mundo que le rodea, hoy de forma prevalentemente virtual, comienza su periplo por el mundo de la inmigración digital permanente. Aunque sus patrones de pensamiento estén más influidos por la tecnología por haber nacido en un mundo en la que se halla por doquier, habrán de aprender a valérselas con novedosos y sucesivos retos, de forma similar a lo que hemos vivido nosotros con la llegada de la microtecnología o nuestros antepasados con la televisión o el automóvil. Quizá la diferencia estribe en el plazo que se tiene para la adaptación. En el último siglo no ha habido un momento de tanta incertidumbre sobre el papel real que puede jugar la escuela que conocemos en este proceso, cuando siempre ha acompañado los cambios yendo despacio por detrás.

Imagen de cabecera: www.commons.wikimedia.org

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