Inmensa utilidad y absoluta necesidad de la filosofía

A Sócrates, al menos tal como nos lo pinta Platón, parece que le gustaba decir cosas que son aparentemente obviedades. Las oímos y pensamos que ya las hemos oído muchas veces, que también nosotros las creemos y las repetimos; pero puede llegar un momento en que, al escucharlas de nuevo o recordarlas, nos llamen al fin la atención, nos hagan pensar y nos proporcionen algunas sorpresas que siempre terminan beneficiándonos.

Una de estas frases de aspecto trivial es la que afirma que una vida sin examen no la puede vivir nadie. No que no la debe vivir nadie, sino, sencillamente, que no se la puede vivir. Y uno responde de buenas a primeras que por supuesto, que la vida siempre da motivos para pensar; pero difícilmente cae en la cuenta de que lo que el filósofo quería decir es que la vida tomada globalmente, y también la vida tomada instante por instante, nos examina a cada uno con rigor.

Tomemos cualquier situación, cualquier momento concreto de un día normal y corriente. No echemos mano de un acontecimiento grave o traumático, sino de algo que continuamente nos ocurra: encontrarnos con alguien, recibir una noticia, sufrir una variación en nuestro estado afectivo o en nuestra salud. A estas menudencias de la vida las llama en ocasiones Aristóteles, justamente, lo que nos pasa y enseguida queda reemplazado por otra cosa nueva que también nos pasa. Pues bien, esta pasividad continua de la vida exige de nosotros siempre alguna reacción. No hacer nada al respecto es ya un modo de reaccionar. Y si reaccionamos es porque esos sucesos de la vida nos examinan, nos interrogan y nos fuerzan a responderles. Los estoicos decían, efectivamente, que todo nos lo jugamos en el uso que damos a nuestras representaciones. Ellas –lo que vemos que nos pasa- no son libres, pero nuestra respuesta lo es siempre, incluso cuando solo consiste en poner en actividad un hábito rutinario que hemos adquirido.

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[ctt template=”3″ link=”Yrai9″ via=”yes” ]Los sucesos de la vida nos examinan, nos interrogan y nos fuerzan a responderles[/ctt]

¡Qué poco caemos en la cuenta de que todo momento presente solicita nuestra libertad, nos obliga literalmente a ejercerla! Pero quizá aún menos caemos en la cuenta de que nuestro “uso de las representaciones” no tiene más remedio que hacer referencia a nuestra posición espiritual a propósito del conjunto total de nuestra existencia. Si hago esto o lo otro libremente, es porque ahora me parece que esta acción es de alguna manera el mejor medio para lograr el objetivo hacia el que me dirijo, o sea, que he elegido.

Cada situación me examina, examina mi vida, me pregunta sobre si sigo proponiéndome el mismo fin o he cambiado de dirección; y yo no puedo evitar una reflexión -que apenas dura nada-, para confirmar que me mantengo, para reconocer que he cambiado, quizá para confesarme que no veo claras las metas de mi vida y no sé bien lo que quiero.

[ctt template=”3″ link=”Qni7K” via=”yes” ]La inevitable reflexión de cada momento presente con el añadido de un poco de filosofía de veras, viene a ser como un insuflar más vida a la vida[/ctt]

La realidad habla. Es el principal maestro que tenemos. La vida es un diálogo entre la persona y la realidad exterior, no entre la persona y los libros, no entre Sócrates y un alumno. Pero quizá estas líneas hayan logrado recordar cómo y por qué subrayar la inevitable reflexión de cada momento presente con el añadido de un poco de pensamiento, de un poco de atención, o sea, de un poco de filosofía de veras, viene a ser como un insuflar más vida a la vida. Y si no se trata de un poco sino de un mucho, pues…

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Imagen: ciexistencial.org

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