La desigualdad amenaza el presente y el futuro de la infancia

Cuando pensamos en la infancia, pensamos en nuestros niños, los que tenemos alrededor. Que tienen libros y juguetes, pueden elegir qué comer, y hacen alguna pataleta por un helado. Que van al cole, celebran cumpleaños, van a actividades extraescolares, a veces se portan mal, a veces se enferman. Que regañan a sus padres cuando dicen malas palabras.

Niños y niñas que juegan, que estudian, que se abuuurren en vacaciones. Que viven con esa acuciante necesidad de amor y mimos. Cuidados, queridos, felices.

Pero esta no es la realidad de la infancia en el mundo, según el último informe de UNICEF sobre el estado mundial de la infancia. Es una realidad que poco tiene de ternura y alegría, es triste, es preocupante. Y es urgente.

El informe señala que “millones de niños y niñas en el mundo, sólo por haber nacido en un país y no en otro, en una comunidad y no en otra, con un sexo y no con otro”, vivirán en la pobreza. No tendrán acceso a los derechos fundamentales. Los niños y niñas que no asisten al colegio han ido en aumento los últimos años, y ya son 124 millones. La pobreza infantil no mengua, y serán 167 millones en 2030. En ese año también se estima que 69 millones de niños y niñas morirán por causas perfectamente evitables.

Ninguna de estas cosas las han podido elegir, nada de esto es su culpa. Sin embargo, como bien muestra Pictoline (a quienes os remiendo encarecidamente seguir) esta comprensión que le dedicamos a los niños pobres se las quitamos cuando se vuelven adultos: “son pobres porque quieren”.

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Tenemos un mito que derrumbar. Para quienes experimentamos la sociedad desde una posición de relativa comodidad -personas blancas, acomodadas, con estudios y rentas estables- tendemos a pensar que el mundo es un jardín del edén de oportunidades, al alcance de cualquiera, sólo es necesario un poco de trabajo y esfuerzo para alcanzar el éxito, como discutía Javier Fernández Panadero en este post.

El informe de UNICEF muestra con meridiana claridad que, incluso antes de venir al mundo, la inequidad moldea las posibilidades vitales de los niños pobres y excluidos. Los deja fuera: no hay esfuerzo que valga. La desigualdad transforma en un mito la igualdad de oportunidades para una parte importante de la población.

Señala UNICEF que la desigualdad amenaza el presente de estos niños y el futuro del mundo. Y nos va a pasar una factura inmensa: estamos gastando un capital de injusticia que no podremos pagar. Nos estamos dando un tiro en el pie, embargando, a cuenta del bienestar de estos niños, lo que somos, y lo que seremos, como sociedad.

Y esto no se arregla repitiendo lugares comunes como que los niños son nuestro futuro, nuestra esperanza. Como señalaba Pablo Paredes “El problema es que la esperanza no es posible si se sigue avalando la segregación, oponiéndose a cualquier cambio estructural del sistema educativo”. Si nos salen ronchas cuando hablamos de garantizar la educación de 0 a 3 años, o aumentar la asignación por hijo a cargo. Nos suena a impuestos. Y nos importan mucho los niños, pero no tanto. Not with my money.

Esta es una realidad que tenemos mucho más cerca de lo que pensamos: uno de cada tres niños en España vive en la pobreza, muchos de ellos no disfrutan en igualdad del derecho a la educación, por motivos socioeconómicos, origen étnico o discapacidad. El grupo, junto con los jóvenes, más castigado por la crisis.

Si de verdad nos importan los niños, deberíamos empezar a pensar qué vamos a hacer, ahora, para mejorar la vida de todos estos niños, de los que tenemos dentro de nuestras fronteras, de los que están en las fronteras, de los que están en otras latitudes, cada vez más cercanas. Y para profundizar la reflexión, rescato una TedTalk de un referente en este tema, Gonzalo Fanjul, de porCausa.org