En la teoría de los conflictos civiles, constituye un lugar común que estos no vienen motivados por la rebelión de los pobres sino por la de los ricos: las regiones más ricas no quieren compartir recursos con las más pobres dentro del mismo país, e intentan la secesión,  por insolidaridad económica.

Ese es el caso de los independentistas catalanes. Conviene mucho recordar que el actual “sprint” comenzó con la negativa de Rajoy a conceder a la Generalitat un cupo fiscal semejante al vasco. Tal cupo, originado a partir de las guerras carlistas, constituye un ejemplo patente de “desconexión” entre la fiscalidad vasca y los gastos sociales en el resto de España. O, sin eufemismos, un caso patente de insolidaridad.

Como Rajoy no concedió el dicho “cupo catalán”, entre otras cosas porque lo que habría que hacer es restaurar completa la solidaridad economica suprimiendo el cupo vasco, Mas encendió la deriva independentista actual. No acabará en la independencia, sino probablemente en un desastre económico, grande en el resto de España y enorme en Cataluña. No se intenta un golpe de Estado (Homs dixit) sin que ello genere más pronto que tarde inestabilidades que hacen huir los capitales ajenos y también los propios. Mire el lector si no a Tsipras, que empezó hace seis meses heredando un programa económico fallido, y ahora, solo con votación sin necesidad de golpe, tiene un programa más duro y además una banca quebrada. Los mismos griegos que votaron “Oxi” masivamente, también sacaron su dinero por si acaso ganaban.

A mí personalmente la existencia del visionario y sus ratoncitos de Hamelin no me extraña en especial. Se acabarán estrellando contra la triple pared de la imposibilidad jurídica, económica y política (político-europea quiero decir) de su proyecto, pero es un camino emocional que me puedo imaginar. Más me extraña que el empresariado local y las muchas transnacionales instaladas allí, sigan calladitas. Pero bueno, de momento ganan dinero y, si las cosas se ponen mal, acabarán “votando con los pies” y moviendo sus inversiones fuera de una Cataluña inestable. “La pela es la pela”. Cuando el flautista y su cohorte se den cuenta, será demasiado tarde. Una vez que una gran empresa toma una decisión, la suele ejecutar rápida y decididamente. No es lo mismo que un partido político, al que puede llevar unas décadas reaccionar, por ejemplo, a la corrupción (que le pregunten al mismísimo Mas sobre su padrino Pujol). Las empresas reaccionan a lo que sea en cuestión de semanas.

Ahora, lo que me produce la mayor de las extrañezas es que haya gente de izquierda, y parece que no poca, que sea partidaria de la insolidaridad con las regiones más pobres de España, y al mismo tiempo de la quiebra económica de Cataluña, de la cual precisamente los trabajadores no van a poder escaparse. Ellos lideran a los ratoncitos que se ahogarán en el proceso secesionista, mientras los capitales se escapan y los flautistas siguen viviendo de su música independentista. Que esas izquierdas vayan en la procesión llevando el compás con los pies, me resulta inexplicable.

No que yo sea nacionalista español. Por el contrario, soy partidario de la disolución (literalmente disolución) de la ciudadanía española en la solidaridad europea; y de la disolución de la ciudadanía europea en una solidaridad mundial por crear. Hacer nacioncitas con las regiones más ricas para evitar la solidaridad con otras más pobres, va exactamente en la dirección contraria. Como decía El Roto en su viñeta del martes pasado: “Poner fronteras donde antes no había, ¡qué gran proyecto de futuro!”