Impuestos, autonomías y soberanías

En enero de este año tuvo lugar la Conferencia de Presidentes de Comunidades Autónomas con Rajoy y el ministro de Hacienda, Montoro. Uno de los puntos discutidos fue el esquema base para la financiación autonómica de 2017. Al tratar de él, los presidentes de las comunidades gobernadas por el PSOE se quejaron de la política de la Comunidad de Madrid en los impuestos que tiene cedidos.

Competencia fiscal entre autonomías

En España hay dos impuestos completamente cedidos a las comunidades autónomas, el Impuesto de Sucesiones y Donaciones (ISD) y el de Patrimonio; y uno parcialmente, el Impuesto sobre la Renta (IRPF) –que tiene un ‘tramo autonómico’-. Respecto a ellos, las comunidades autónomas deciden qué tasas de impuesto cargar.

Usando esa potestad autonómica, la Comunidad de Madrid ha abolido el Impuesto sobre el Patrimonio, bonifica el 99% del ISD, y tiene las tasas más bajas en todos los tramos autonómicos del IRPF. La acusación básica es que Madrid emplea sus bajos impuestos para atraer residentes fiscales desde otras comunidades, sobre todo a los que tendrían muchos bienes muebles para dejar en herencia; bienes por los que, mientras tanto, no quieren pagar Patrimonio si pueden evitarlo.

La respuesta obvia a esa protesta es que precisamente se ceden algunos impuestos para que cada comunidad autónoma desarrolle la política fiscal que sus votantes consideren mejor. Si los ciudadanos de Madrid llevan unas décadas eligiendo gobiernos de corte liberal en materia de imposición regional -cosa que no ocultan en absoluto, ni en su programa ni en su práctica-, será porque les parece bien. ¿Qué significa la autonomía si no es autogobierno en los aspectos cedidos por la ley?

Pero, claro, entonces las autonomías usan sus tasas de impuestos para competir entre sí, intentando captar a los sujetos más pudientes por la vía de ofrecerles impuestos más baratos. Están en su derecho, ¿o no?

El lenguaje políticamente correcto nos diría que los impuestos deben “armonizarse” entre las distintas  autonomías. Es decir, que deberían ser parecidos en todas las regiones, para que no haya gran competencia entre ellas a este respecto. ¿Hay que “armonizar” a Madrid por las malas si no quiere ella ceder por las buenas a las presiones de las otras comunidades autónomas o de la Hacienda central?

Competencia fiscal entre naciones

Lo mismo pasa entre los países, sobre todo respecto a los impuestos a los rendimientos empresariales. Dentro de la Unión Europea, Irlanda, por ejemplo, ofrece condiciones fiscales muy favorables a las grandes empresas, para que se instalen allí. Holanda y Luxemburgo también han sido señalados en este sentido; y Malta funciona directamente como una especie de “paraíso fiscal”.

La señora Merkel ha protestado varias veces el punto, pidiendo que los niveles de impuestos a las empresas en Irlanda sean parecidos a los de Alemania, por ejemplo. En un momento quiso imponer esa “armonización” a Irlanda, aprovechando que su economía necesitó un fuerte rescate europeo tras la crisis. Al final no ocurrió, porque el gobierno irlandés se defendió como gato panza arriba. ¿No es un país soberano?

Con menos poder, otros países como España compiten con Irlanda por la vía de ofrecer bonificaciones y semejantes a las grandes empresas, de manera que la tasa de impuestos efectiva que esas empresas pagan sean cercana a la irlandesa, y no emigren fiscalmente hablando. Esto produce la curiosa paradoja de que grandes multinacionales pagan en España tasas de impuestos reales bastante menores que las pymes (que no pueden irse a Irlanda y por tanto deben completito lo que dice la ley).

El autogobierno recaudatorio

La capacidad de fijar impuestos constituye una atribución de la soberanía nacional, normalmente residente en los parlamentos. Tanto así que el lema de la independencia de los Estados Unidos fue precisamente no taxation without representation, porque el Parlamento británico del siglo XVIII fijaba impuestos para las colonias americanas sin que hubiera diputados americanos en ese Parlamento (eso por cierto resulta esencial a una colonia: no deben buscarse colonias para liberar hasta debajo de las piedras, ni en Gibraltar ni en Vallecas).

La soberanía nacional incluye por tanto de manera muy central la capacidad de fijar los impuestos; y la autonomía regional puede incluir, siendo entonces más propiamente autónoma, el autogobierno de parte de la recaudación impositiva.

Competencias y soberanías erradas

¿Cuál es el problema de todo esto? ¿Debemos por tanto ser partidarios de soberanías y autonomías fiscales? El problema ya está dicho arriba respecto a la Comunidad de Madrid y a Irlanda: la sociedad económica es global, de manera que la gente y las empresas con capacidad de mover capitales, lo harán adonde paguen menos impuestos. Los impuestos no establecen así las condiciones comunes de la competencia, sino que se convierten ellos mismos en objeto de competencia entre diversas administraciones “soberanas”, “autónomas”, etc.

No se trata de competencia desleal, sino de competencia en un terreno en que no debería haberla. La competencia económica ocurre sobre una base no-competitiva de reglas iguales para todos. Exactamente igual que en el fútbol, donde los equipos compiten por marcar goles pero no por el reglamento, el árbitro o las dimensiones del campo. El aporte vía impuestos a la vida social (de la cual quienes mueven más recursos se benefician tan prominentemente), no debería estar sujeto a competencia entre países o entre regiones sino constituir parte de la base no-competitiva sobre la que se establece una competencia económica a través de la productividad, la innovación, el acierto de cara al consumidor, etc.

Si esto significa limitar soberanías, autonomías, autogobiernos y demás, quitándoles algo esencial desde la Baja Edad Media, que así sea. Se trata en todo caso de una característica del poder político local, regional o nacional que ha sido hecha obsoleta por la competencia económica global. Está sobrando, estorbando más bien, el ordenamiento de la economía globalizada a propósitos humanos.

Y si tal desmoche de soberanías parece muy terrible a nuestros corazoncitos nacionalistas, autonómicos y demás, llamémoslo entonces ‘armonización’, para sufrir menos. Pero armonización todos con las mismas tasas de impuestos, de forma que los más adinerados no encuentren en la competencia entre administraciones una vía para incrementar sus fortunas sin servir a la sociedad (sino más bien desirviéndola).

Globalización de tasas impositivas

Estamos en una sociedad económica irremisiblemente global. La única forma en que ello resulte para bien de la sociedad humana (también mundial, por cierto: no madrileña o irlandesa) es que la soberanía política se vaya tornando global lo más rápidamente posible en los aspectos centrales para la economía y la ecología.

Los impuestos constituyen un ejemplo claro de un atributo de la soberanía política que debemos globalizar. Ceder la potestad del establecimiento de tasas de impuestos, sí, pero hacia arriba, no hacia abajo. En las condiciones básicas para la competencia económica no solo no debe haber autonomía, sino tampoco soberanía.

 


Por cierto, hace una semana entreParéntesis organizó una mesa redonda sobre fiscalidad, en que se trató este tema entre otros. Puedes verla aquí:

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