Por: Tania García Sedano

Magistrada Suplente en la Audiencia Provincial de Ávila, Profesora Colaboradora en la Universidad Pontificia de Comillas y Asociada en la Universidad Carlos III de Madrid.

La trata de seres humanos no sólo es un crimen de extrema gravedad, sino que, ante todo, comporta una flagrante violación de derechos humanos y de la dignidad de sus víctimas ya que reduce a las personas a meras mercancías. Así, constituye un peldaño  más en la deshumanización del otro para la satisfacción del interés propio, aún a costa de socavar la dignidad humana, representando la negación de prácticamente todos los derechos humanos: el derecho a la libertad, la integridad física y la seguridad de la persona; el derecho de no ser sometido a torturas ni a otros tratos crueles, inhumanos o degradantes; el derecho a la libre circulación; el derecho a fundar un hogar y una familia; el derecho al mayor nivel posible de salud; el derecho a la educación.

La  Oficina Estadística de la Unión Europea, Eurostat, señaló en el año 2013  que el 80% de las víctimas son mujeres, de las cuales el 68% son mujeres adultas y el 12% niñas menores de edad. Por su parte, el Foro de Viena sostiene que el 95 % de las víctimas sufre violencia física o sexual y el 43 % del total, es forzada a la explotación sexual.

Si atendemos a las causas de este fenómeno la feminización de la pobreza y la discriminación por razón de género constituyen razones fundamentales del mismo.

Ningún país o región del mundo está a salvo de este delito, que puede tener lugar a escala nacional, regional e internacional. Las tendencias revelan que las víctimas de trata suelen ser trasladadas de países pobres a países más prósperos, incluso dentro de una misma región. La trata  de seres humanos constituye un negocio en el que las redes controlan desde la captación de adolescentes y mujeres en sus países de origen hasta su explotación en las calles, polígonos o clubs de alterne de los países de destino.

Los cuerpos de las mujeres son convertidos en artículos vendidos en atención a la demanda existente. Demanda que, auspiciada por la ideología neoliberal subyacente en el mercado globalizado, tiene como premisa la conversión de la vida, en general, y de los seres humanos, en particular, en una mercancía.

Desde otro prisma, en el caso de la explotación sexual, ésta representa el sugerente mensaje de que el sistema social con la presunta igualdad entre hombres y mujeres puede convivir sin grandes problemas con la sistemática vejación de los cuerpos cosificados de millones de mujeres y niñas. Junto con ello, el presunto consentimiento y la supuesta libre elección en el caso de la prostitución, de difícil distinción de la explotación sexual en muchos casos, se utilizan para justificar la regulación y aceptación jurídica y moral.

Lo más peligroso de este fenómeno no son sólo sus consecuencias en la vida de millones de personas, sino las consecuencias sociales de su naturalización. Por un lado, la mercantilización del ser humano, en concreto del cuerpo de las mujeres, con el consiguiente acceso al mismo por dinero, pone en juego el propio concepto de ser humano y afecta no sólo a las víctimas, sino a toda la sociedad.  Por otro, la deshumanización y cosificación del otro junto con la territorialización de los derechos humanos supone un cambio de paradigma en todos los órdenes.

En este sentido, cabría preguntarse, ¿cuál es el estado de autoconciencia de la humanidad ante las víctimas explotadas? ¿desde qué lugar se configura la mirada al explotado? ¿qué subyace ante el propósito de reducir a las víctimas de explotación a trabajadoras sexuales? ¿podría considerarse igualitaria una sociedad en donde mujeres explotadas, procedentes de países empobrecidos o pertenecientes a otros sectores vulnerables, son ofertadas para satisfacer los deseos sexuales del mejor postor?.

Interrogantes a los que habríamos de dar respuesta antes de que la deshumanización nos alcance a todos.


Imagen: diarioextra.info