Igualdad de oportunidades, seguro que conocen el término. Se utiliza con profusión y nos aparece en casi todos los ámbitos de la realidad. Igualdad de oportunidades entre hombre y mujer, entre personas sin distinción por edad, o diversidad funcional, raza, procedencia cultural, o social.

La socorrida Wikipedia nos la define como una idea de justicia social que propugna que un sistema es socialmente justo cuando todas las personas tienen las mismas posibilidades de acceder al bienestar social y poseen los mismos derechos políticos y civiles.”

Posiblemente, uno de los terrenos donde más hemos escuchado este término es el educativo; todo el mundo está de acuerdo en la importancia de la igualdad de oportunidades en la educación.

No hace muchos meses, los titulares de los medios de comunicación estaban copados por las innumerables polémicas que suscitaba el ministro Wert (aunque, a la velocidad que los medios nos sirven los acontecimientos de la realidad, y la rapidez con la que los consumimos y olvidamos, estas noticias parecen del siglo pasado, o de hace dos). Los recortes en las becas y el aumento de las tasas universitarias eran unas de ellas. Con dicha política, decían, se vulneraba el principio de igualdad de oportunidades en el acceso a la educación universitaria.

Si les gusta el atletismo, habrán visto que en las carreras –salvo en los cien metros lisos- los corredores que ocupan las calles más exteriores, salen desde una posición más adelantada que los que corren por las calles interiores. De ese modo se compensa la diferencia de metros que tendrían que recorrer unos y otros, si partiesen desde la misma línea de salida. ¿Y con esto todos tienen las mismas oportunidades de ganar?

Imaginen que uno corre con calzado y equipación que incorporan los últimos adelantos tecnológicos y el otro, con las zapatillas viejas que le prestó su primo; imaginen que uno dispone de fisioterapeutas, nutricionistas, médicos y entrenadores que cuidan de su salud, su alimentación y su plan de entrenamiento específico para sus características, que entrena en unas instalaciones idóneas, y que lo viene haciendo desde que tenía seis años; piensen ahora que para el otro, ésta va a ser su primera carrera, a los 20 años, pues apenas hace unos meses que empezó a correr por su cuenta, en un polideportivo destartalado, sin agua caliente en las duchas ¿Con la compensación de salir unos metros por delante, desde la calle exterior, tienen los dos las mismas oportunidades de ganar?

Cuando a un hijo de una madre alcohólica, sin recursos y sin apoyos, con un embarazo sin cuidados, nacido con sufrimiento fetal y mal alimentado en su primer año de vida, sin vacunas ni seguimiento pediátrico, le aseguramos un puesto escolar a los 6 años –y una beca para la universidad, adonde no llegará- como digo, cuando a un niño así le ofrecemos esto, no nos creamos que estamos cumpliendo con el principio de igualdad de oportunidades.

La compensación de las desigualdades –y recuerden que nuestro país ostenta el dudoso honor de ser uno de los que más ha hecho crecer las desigualdades en este periodo de crisis- deberíamos comenzarla mucho antes de lo que solemos hacerlo. Desde la cuna, desde antes de nacer si fuera posible.


Imagen de: Equipo Programas de Familia de Nazaret-Alicante