El 31% de las webs religiosas se ocupa de dar noticias; el 24% utiliza la Red como tablón para anunciar actividades; el 11% se dedica propiamente a actividades que pueden considerarse de evangelización[1]. Este panorama, puesto de relieve por el estudio presentado hace unos días en el seminario Religados 2.0. El Hecho Religioso en la esfera digital, nos lleva a preguntarnos por la concepción que la Iglesia tiene aún de la Red y de su propio papel en ella. Realmente, ¿para qué quiere la institución eclesial la Red? ¿cómo se está situando la Iglesia en el espacio digital?

El estudio se hizo a partir del análisis de páginas webs atendiendo a diversos parámetros (identidad, misión, posicionamiento ante diversas cuestiones, uso de las redes, actualización, etc.). Y la conclusión más inmediata apunta a que la Iglesia aún ve la Red como un espacio donde informar. La imagen que ofrece de sí es la de transmisora de conocimientos. Y ello quizá responda a lo que el teólogo Henri de Lubac llamaba la tentación de los sabios[2].

Podríamos llevar el análisis un poco más allá preguntándonos a quiénes siguen las instituciones eclesiales en las redes sociales. Evidentemente, el estudio habrá de ser más amplio de lo que presento aquí, pero comparto algunas intuiciones iniciales a partir de dos ejemplos.

Tomemos la cuenta de twitter de la Conferencia Episcopal Española @Confepiscopal -aunque podría ser la de muchas otras organizaciones eclesiales-. Sigue 16 cuentas de las cuales 14 pertenecen a obispos miembros de la institución, la cuenta propia de prensa y @Pontifex. Parece que la casa de la Iglesia solo se sigue a sí misma. Las preguntas se agolpan: ¿para qué queremos las redes sociales? ¿qué imagen pública de Iglesia damos si solo nos seguimos a nosotros mismos? ¿son las redes un espacio privilegiado para el diálogo? ¿estamos dispuestos a la interacción?

Recordemos también la arenga que un conocido “prete” twittero lanzaba a la red social en respuesta a una ofensiva exposición del museo madrileño Reina Sofía. A modo de castigo o revancha pedía que dejásemos de seguir la cuenta del museo. Y entonces uno piensa en aquello del Evangelio: “si amáis solo a los que os aman, ¿qué merito tenéis?” (Lc 6,32); “pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mt 5,44). La invitación del twitter-cura despierta algunos interrogantes: ¿habremos de seguir solo a los afines a nuestro credo? ¿permanecen vigentes las palabras de Jesús también en los espacios digitales? Si hubiese dejado de seguir el perfil del museo, ¿qué estaríamos diciendo de la Iglesia-madre?

A partir de estas preguntas iniciales, intuyo al menos dos retos que como institución eclesial tenemos por delante en nuestra presencia digital:

1. El evangelio nos invita continuamente al diálogo. Todo lo que vaya en línea de fortalecer el diálogo en la Red apuntará a la evangelización. Pensemos por ejemplo en Jesús y la sirofenicia, o en Felipe y el etíope. El a quiénes seguimos transparenta si realmente vamos entrando en ese difícil juego dialógico. El administrador de un perfil eclesial debiera ser algo más que un community manager: un evangelizador dispuesto a participar. ¿Está el Espíritu suscitando un nuevo ministerio como hizo en otro tiempo con los diáconos?

2. Las redes ponen delante de nosotros un medio privilegiado para entrar en la lógica de la conversación de una madre. “La buena madre sabe reconocer todo lo que Dios ha sembrado en su hijo, escucha sus inquietudes y aprende de él” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium 139). De esa actitud pueden decir mucho nuestros seguimientos e interacciones en las redes sociales. Porque en definitiva, tenemos delante la oportunidad de adentrarnos en las nuevas formas de intersubjetividad de este mundo digital. Aprovecharlas es apostar por el Evangelio.

Si seguimos solo a quienes nos siguen ¿qué mérito tenemos? Si seguimos solo a quienes nos alaban ¿qué merito tenemos? En la Red, la Iglesia también está llamada a vivir su vocación de sacramento en medio del mundo. Vamos a hacer el camino que va de una Iglesia que se presenta solo como transmisora de conocimientos a una Iglesia-Madre, aunque a menudo se exponga al dolor y la heridas que le puedan causar sus hijos.

[2] DE LUBAC, H., Meditación sobre la Iglesia, Desclée de Brower, Bilbao 1958, 292ss.