En unos pocos días, si la mayoría parlamentaria no decide lo contrario, comenzará el segundo periodo de gobierno del Partido Popular con Mariano Rajoy al frente. Se cumplirá así la norma no escrita de dos mandatos consecutivos por presidente, algo que viene sucediendo desde el comienzo de nuestro último periodo democrático y que ha dado lugar a una alternancia “de facto” en el poder de los dos principales partidos  muy valorada por los mercados, las instituciones financieras y los grandes grupos mediáticos.

En unos pocos días se volverá a sentar en su despacho del Palacio de La Moncloa quien es el último responsable de los recortes en las prestaciones del sistema de bienestar social y muy particularmente en la dependencia, de la pérdida del carácter universal de la sanidad pública, de la reforma laboral más agresiva con los derechos de los trabajadores en nuestra historia democrática,de la disminución de 25.000 docentes de la enseñanza pública o de la merma en casi dos tercios del Fondo de reserva de la Seguridad Social. Todo ello habrá sucedido después de diez meses de “interinidad” en los que se habrán sucedido tres procesos de investidura fallidos y unas elecciones generales en las que la derecha salió reforzada.

No es intención de este autor hacer análisis político acerca del periodo “en funciones”ni mucho menos cuestionar la legitimidad para gobernar de la opción política votada mayoritariamente por los ciudadanos, pero sí llamar la atención acerca de la oportunidad que se ha perdido de que surgiera un gobierno capaz de regenerar el sistema democrático ahondando en su carácter social y de garantía de derechos, y dotado de mecanismos que le blindaran frente a la corrupción. Todo ello en un momento histórico particularmente favorable en el que existía un anhelo generalizado de la sociedad a favor de transformaciones profundas.

 

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“No me pesa lo vivido, me mata la estupidez de enterrar un fin de siglo distinto del que soñé”, dice la canción escrita por Andrés Molina. Ésta es seguramente la frase que podría resumir la desazón que empezó a cundir entre buena parte de la ciudadanía al comprobar que estando al alcance de la mano, el cambio no acababa de llegar. La estupidez cantada por el autor y definida en su acepción primera del Diccionario de la Real Academia Española como “torpeza notable en comprender las cosas”, lo ha impedido.

No cabe engañarse: lo que entorpece la comprensión de las cosas está en las mismas cosas, está en la vida: La fascinación por el poder, los egos desorbitados, la obsesión por medrar ,enmascarada en mayor o menor medida. Todo ello se encontraba también entre los llamados a liderar el cambio. Fue cuando se comenzaron a publicitar listas de ministros sin haber llegado siquiera al gobierno, cuando se decidió que había que enrocarse en las esencias antes que buscar consensos, cuando se pusieron líneas rojas al acuerdo por miedos a posibles sorpassos sin caer en la cuenta que muchos conciudadanos estaban ya “sorpassados” desde hacía tiempo porque les habían obligado a cruzar las líneas rojas de sus derechos inalienables. Fue ahí cuando empezó la estupidez y lo hizo para quedarse  impidiendo caminar, impidiendo avanzar.

La torpeza de las opciones de izquierda para llegar a acuerdos fue celebrada por aquellos que, tras las elecciones del pasado 20 de diciembre, temieron perder sus privilegios. No había caso. La labor de algunos medios de comunicación sembrando la duda y la confusión ante lo que pudiera llegar, el papel de los portavoces “en funciones” ninguneando a las opciones políticas emergentes, las reticencias del Ejecutivo en funciones de comparecer en  sesión parlamentaria, la constatación de que los escándalos de corrupción ya no pasan factura electoral en este país ,unido a la ficción de bienestar y los mensajes de que la crisis había acabado, hicieron el resto y ayudaron al repliegue hacia posiciones ideológicamente más conservadoras como se pudo comprobar en las elecciones de junio de 2016.

Hoy, son muchos los que se frotan los ojos preguntándose si el 15.M y lo que conllevó fue solo una ficción. Muchos otros corren el peligro de convertirse en “estatuas de sal” cuando mirán atrás buscando la seguridad de unos “panes” de Egipto que  hoy ya son  panecillos y  escasean ante el recorte de 5.000 millones de euros que está a punto de llegar

Hoy sigue habiendo  malheridos por los recortes que esperan (esperamos) una señal. Hoy como decía Machado, es siempre todavía…aunque no lo parezca.