La Hora del Cambio

UNA CUARESMA DEMOCRÁTICA... Dibujo: Jorge Álvaro González @lineograma

Pero, ¿queremos cambiar?

Érase una vez una pequeña ciudad, de cuyo nombre no quiero acordarme, donde los vecinos vivían acostumbrados al caos que suponía la picaresca diaria de “saltarse la ley”. Las calles tenían socavones  y la basura se acumulaba en las aceras. Pero tampoco les faltaba un (“aero”) puerto vacío, empresas contaminantes y problemas en la gestión de residuos por la falta de reciclaje, funcionarios rezagados… Pero las cosas iban pronto y “presto” a cambiar: habían elegido a un alcalde “honesto”, dispuesto a acabar con la mala gestión y la corrupción y, comprometido con el cumplimiento de las normas y su programa electoral.

Pasaron los días y los meses y la ilusión inicial se fue apagando para dar paso al descontento e, incluso, a la rabia contra el elegido alcalde. Los ciudadanos electores se fueron dando cuenta de que esos cambios también les afectaban a ellos, a su forma de comportarse, a sus deberes y obligaciones con la gestión de lo común.

¿Película o realidad?

Esta historia es el argumento de una divertidísima película italiana llamada “La hora del cambio” de 2017 de Salvatore Ficarra y Valentino Picone (L’ora legale). Pero podría ser perfectamente la historia de muchos de nuestros pueblos y ciudades. Una historia con una moraleja terrible y lapidaria: la corrupción no llueve de los de arriba, está institucionalizada como parte de nuestra cultura social y mana desde abajo.

Muchos tratarían de justificar que no es comparable la “gran corrupción” de los pocos de arriba, con la “picaresca ilegal” de casi todos los de abajo. Otros, que la peor corrupción  es la individual y apropiativa, pero no la “soportable” corrupción colectiva y distributiva. La realidad es que nuestros políticos son elegidos por nosotros y como tal, suelen ser de los nuestros, y por tanto, son un reflejo de nuestra sociedad.

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Llevamos meses, años, décadas quejándonos de nuestros representantes nos representan muy mal por corruptos, incompetentes, vagos… Nuestra sociedad, alentada por los medios, dedica sus energías a ensañarse con los malos políticos. En ocasiones, a pesar de ser muy criticados, los volvemos a elegir sin contemplaciones… ¿Por qué será?

Sin embargo, muy pocas veces, quizás ninguna, valoramos y premiamos a políticos y gestores públicos que hacen bien las cosas. Y no es porque no haya gente buena y competente en España. Tenemos buenos ejemplos en el sector privado de presidentes que han transformado empresas locales en transnacionales líderes en su sector. Un ejemplo es el presidente de Inditex, Pablo Isla, fue elegido en 2017 el mejor presidente ejecutivo del mundo por la revista Harvard Business Review.

Además, como son malos, no queremos pagarles mucho dinero. El recién nombrado Ministro de Economía, Román Escolano, ha pasado de cobrar 277.000 €/año (*) como vicepresidente del Banco Europeo de Inversiones a cobrar 73.650 €/año como Ministro de Economía. Durante su mandato como vicepresidente del BEI, su gestión contribuyó a que la institución creciera sustancialmente en volumen de negocio y personal.

Todo esto parece abocarnos a dos terribles paradojas interrelacionadas que solo la ironía y el sarcasmo pueden resolver:

  1. Queremos políticos “honestos” salvadores, pero difícilmente estamos dispuestos a asumir los cambios que esa “honestidad” supondría en nuestro comportamiento. Preferimos quedarnos solo con los derechos, pero no con las responsabilidades que nuestra libertad conlleva en nuestra acción cotidiana. Queremos una buena educación, pero faltamos a clase cuando tenemos ocasión. Queremos una buena salud, pero malgastamos medicinas y nos auto-medicamos cuando podemos. Queremos una ciudad eficiente, pero tratamos los espacios públicos como vertederos.
  2. Nos quejamos de los políticos, pero gastamos las energías en castigar a los malos y nunca en premiar a los buenos. ¿Qué incentivos y señales estamos dando a los buenos? ¿Estamos dispuestos a “atraer talento”? ¿Qué competencias y capacidades queremos que tengan nuestros gobernantes?
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Es imposible pensar en cambios que contribuyan a un resurgimiento, sino elegimos también cambiar cada uno de nosotros. Y es imposible pensar en políticos valientes y competentes capaces de generar liderazgo en la actual selva institucional, si no estamos dispuestos a a atraer talento y “pagar” por el mismo.

Quizás los milagros humanos no existan, tal vez sí. Pero no necesitamos un milagro para cambiar, ni tampoco para atraer buenos políticos. Pensar en una película sobre Italia y el cambio es recordar el célebre “Il Gattopardo” de 1963 de Luchino Visconti sobre la novela homónima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, donde se  lamenta que todo cambie, para cambiar nada. Habrá que cambiar menos, para cambiar algo de verdad. ¿Queremos cambiar?

(*) El BEI, como banco público de la Unión Europa, no recibe dinero de los impuestos para el pago de los salarios de sus ejecutivos. Se autofinancia a través sus operaciones.

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