Los hogares sin vida conducen con frecuencia a vidas sin hogar. Los que viven en la calle no sólo han nacido normalmente bajo un techo, sino que muchos han llegado a crecer en un hogar e incluso a formar uno propio. Conflictos familiares, en especial en las relaciones de pareja, y dificultades económicas extremas, sobre todo por haber perdido el empleo y por enfermedades o discapacidades que impiden trabajar, acaban por llevar al abandono o la pérdida de vivienda. Tendemos a ver a los que están en la calle como si fueran una especie aparte que nació ya en ese estado. Así evitamos mirarlos y preguntarnos cómo han llegado a esa situación.   vida-de-calle

Las trayectorias vitales que han llevado a la pérdida del hogar son muy diversas. Algunas empiezan en la infancia, en hogares y entornos sociales donde no han encontrado  cariño y apoyo, pero otras muchas se dan en la adolescencia o cuando ya se ha constituido un hogar propio. Necesitamos de algún modo entender por qué se han llegado a quedar en la calle. No obstante, lo más importante es partir de su realidad presente, dejarse interpelar y tratar de descubrir que se esconde tras su aparente silencio y resignación.

Cuando se logra establecer contacto es impresionante comprobar la capacidad de resistencia y superación personal de quienes han vivido situaciones tan difíciles y dolorosas, sin haber encontrado suficientes apoyos para afrontarlas y evitar así caer en la exclusión social. Por eso mismo valoran y están muy agradecidos a quienes les han escuchado, comprendido y ayudado. No manifiestan victivismo ni rencor social. Han asumido sus situaciones personales con dolor y naturalidad. Sin resignación, pues mantienen viva su esperanza (“quiero ser feliz como todo el mundo”) y luchan por salir de su situación. Sin desesperación, aunque hayan tenido muchos momentos desesperados, ni amargura (“también lo he pasado bien”), aunque hayan sufrido enormemente.

Al contrario de muchos de nosotros, autocentrados en nuestros problemas, aunque no haya ni siquiera motivos para la queja, muestran una gran receptividad y apertura a los demás. Probablemente porque aún más que la lucha por superar las dificultades externas han logrado enfrentarse a ellos mismos y aceptarse. Su soledad les ha facilitado el silencio y distanciamiento necesarios para asumir los retos que la vida va planteando, silencio y distanciamiento que muchas veces resulta difícil en las ciudades, pero que con más frecuencia aún se evita y se rechaza. Con razón se ha dicho que lo más difícil es conocerse a uno mismo. No es mayor la huida de los que se refugian en adicciones rechazadas socialmente que los que nos rodeamos de ruido e imágenes constantemente para evitar oír nuestro interior y lograr una verdadera comunicación con los demás.

Hay una gran paradoja, en el mundo de la comunicación (nunca ha habido tantos medios), la incomunicación tiende a crecer. La incomunicación nos lleva a encerrarnos (cada persona es un mundo, quien me va a entender), a perder la capacidad de saber incluso cómo pedir ayuda y atreverse a hacerlo. Entre los marginados y sin hogar hay más disponibilidad a la comunicación de lo que presuponemos. Cuando esa comunicación se les niega, les alimenta su inseguridad, no ya ante el posible desprecio e incluso agresión de los demás, sino simplemente ante la indiferencia o incomprensión que esperan (cómo les voy yo a explicar y ellos van a entender mi situación).

Viñeta de El Roto: http://elpais.com/elpais/2012/05/27/vinetas/1338131714_441561.html