El hilo rojo de la vida

Los seres humanos tendemos a no saber sobre lo más necesario y a no reconocer nuestro anhelo más hondo. Es enigmática nuestra capacidad de distracción y de autoengaño.

Dios nos ha creado a la vez abiertos de par en par a la realidad exterior a nosotros mismos y silenciosamente apegados a la realidad más interior a nosotros que nuestro propio yo.

Nos ha regalado, con la vida, el mundo y, sobre todo, a las demás personas.

Tenemos que hacernos, sobre la base de la divina creación, gracias a las relaciones que trabamos con los otros seres humanos y con este personaje callado y constante en nuestra vida que es el mundo de las cosas. Y nos ponemos desde luego a la tarea, día tras día, entusiasmo tras entusiasmo y decepción tras decepción, éxito tras fracaso y fracaso tras éxito. Pero en esta faena ardua y perpetua hay faros a los que no solemos mirar, porque nos contentamos con el paisaje que ellos iluminan. Este paisaje es lo cotidiano; aquellos faros son las intervenciones de Dios -el Transcendente, el Misterio de amor- en la naturaleza y en la historia.

Lo cotidiano es fascinante y peligroso. Está infinitamente lleno de realidades hermosas y amenazantes. Hasta cierto punto, es verdad lo que tanto repetía el filósofo español Ortega y Gasset: estamos por lo pronto perdidos en medio de tanta abundancia y necesitamos orientarnos en ella como quien debe bracear para echarse a nadar y ponerse así a salvo del inminente ahogo. Hay que entender y que querer la realidad, aun viéndole sus agujeros, sus horrores, el mal y el dolor.

Pero se nos ha concedido la capacidad de subsistir en este mar de las cosas, porque es aún hoy parecido al jardín de Adán: desde el primer instante nos sostiene, nos alimenta, se deja respirar, disfrutar, recorrer, habitar. Podemos reposar en él.

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Deberíamos comprender que esta situación es por completo un don inmenso, que se llama Creación -el nombre de la intervención primera de Dios-; un don tan perfecto que el donante se oculta para que gocemos y agradezcamos sin conciencia siquiera de no merecer tanta maravilla.

Pero hay también, no menos discreta y consoladora, la Revelación, en mitad del tiempo -y, en el caso de cada persona, a cierta edad ya y no desde el inicio de la existencia-. Más consoladora, mucho más, porque precisamente viene a rescatarnos del mal una vez que ya lo conocemos por haberlo cometido.

Como dirigida a los más testarudos seres de la Creación, la Revelación culmina en la Cruz y la Resurrección de Jesús de Nazaret, el Cristo, el Rey Ungido de la Creación. Los profetas del Primer Testamento no solo anunciaron sino que además sufrieron el peso de la verdad de su anuncio. Tuvieron que dirigirse a reyes contumaces y traidores, a adúlteros y criminales, a colaboracionistas con cualquier clase de poder violento de esta tierra; y por ello pagaron o con la incomprensión y la calumnia, o con la persecución, o con la muerte. Y obraron signos sorprendentes muchas veces, que aparecían ante las expectativas tan limitadas y tan rastreras de la gente como excentricidades, paradojas y contradicciones.

Todo este testimonio en favor de la bondad, el amor y la justicia culminó con el asesinato del Inocente, del Obediente a Dios. Y no fue un asesinato cualquiera, sino un crimen justificado por los tribunales, deseado por las turbas, ejecutado con la mayor de las vergüenzas y en el extremo del dolor por mercenarios extranjeros. Incluso el antiguo texto sagrado parecía condenar al Crucificado.

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En el momento en que la muerte se adueñaba de todo, Dios el Padre venció en el Hijo que resucitó a los máximos poderes del mal (el pecado y el sufrimiento por la angustiosa y absurda finitud de todas las cosas que nos rodean). Dios descendió a los fondos de aquello en su Creación que el mal había apartado más lejos de Él y lo rescató. Y abrió este período de nuestra historia en el que ahora vivimos, que vuelve a parecernos tan ajeno al Paraíso inicial y tan contrario al Cielo prometido, pero que es el tiempo de la progresiva conquista del Sentido y del Amor, rincón por rincón, persona por persona.

Nuestra libertad está restaurada y sigue siendo una mezcla de poder de hacer el mal y de instrumento de la gracia.

Vivimos en la espera de la Redención consumada, pero ya rescatados, ya redimidos. La historia y la naturaleza, tantos seres en nuestro entorno, esperan nuestro trabajo que colabora con la gracia (y que también tenemos arduamente que dedicarlo a nuestra propia enmienda).

Este tiempo del ya sí pero aún no por entero, es del seguimiento inspirador del Espíritu de Cristo. Todavía hay que recordar que no tenemos que temer a nada ni a nadie, porque la tarea sigue siendo grandísima y comprometida. Los peligros nos salen al paso sin necesidad ninguna de buscarlos. Solo se trata de amar y obrar con justicia.

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