Herida de amor

BERT DAELEMANS, S.J.

Aquí tenéis a una madre

inclinada sobre su Hijo

muerto.

Solamente una madre

totalmente entregada a su tristeza.

Casi no se percibe su cuerpo,

se ha hecho una con su Hijo.

Se deja definir por la curva.

Curva de amor, 

curva de cariño,

curva de ternura.

Como para darle su propio calor,

su propio valor,

su propia vida.

     Noli me tangere. (Jn 20, 17)

Aquí se puede tocar.

Es su manera de despedirse.

Es su manera de entregarse.

Se aprieta totalmente contra su Hijo

con el beso de su cuerpo.

Es su manera de soltarle.

No le oprime,

sino que le imprime,

y se imprime en él.

Con dulzura.

Para nunca olvidarle.

Están solos.

Todos han desaparecido en las sombras

para que la luna envuelva a esos amantes con su luz

pálida, tímida, retenida.

Se ha derramado

sobre su Hijo.

María se deja definir

como beso, encuentro, adiós.

Sabe despedirse.

Con todo su ser.

No se aprieta

para guardarle compulsivamente.

Tampoco para protegerle desesperadamente.

Se despide sencillamente.

Sabe que conviene que se vaya.

Sin embargo, el dolor queda.

El amor no quita el dolor.

Todo lo contrario.

Lo hace más agudo.

 ¡Dios! ¿cómo podré aguantar esto?

     Aquí tenéis al hombre. (Jn 19, 5)

 Aquí tenemos a Dios también.

Al pie de la cruz,

áspero testigo de la muerte

siniestro palo en la noche

marcando un antes y un después,

una barrera infranqueable

entre vida y muerte,

entre cielo y tierra.

La mano de Jesús

apunta de paso a las profundidades

que no merecen ser figuradas,

al Sheol: estas oscuridades

que nos encarcelan

en la muerte,

en el pecado,

en el infierno

concreto para tantos hoy:

noticias que ya no son noticias.

Solo no soy capaz de salir del pozo.

La mano de mi salvador

me llama:

     Ven, y sígueme. (Mc 10, 21)

¿Qué hago?

Esta mano de Jesús

está juzgando toda la superficie

y la superficialidad del mundo.

Levántate. (Jn 5, 8)

 Así nos juzga nuestro Juez:

pegado al suelo,

muerto, rechazado, ultrajado.

Nos está bendiciendo.

Nos está llamando.

Este es mi camino.

Si quieres…

     Sígueme. (Mc 2, 14)

Esta mano llama a todos.

     ¡Lázaro, sal afuera! (Jn 12, 43)

 Su Madre sigue esta línea recta hasta el final.

No pone ningún obstáculo.

Se identifica con esta mano,

con esta última Palabra de Dios.

Se hace su altavoz

para que el mundo entero le oiga:

 Magnificat. (Lc 1, 46)

Tierna, su mano forma una escudilla

para recoger la preciosa sangre de su Hijo.

Es también su sangre.

Es también su herida.

    Hueso de mis huesos

     y carne de mi carne. (Gn 2, 23)

La herida está girada hacia nosotros.

También en la muerte se ofrece.

    Tomad, comed, este es mi cuerpo. (Mt 26, 26)

    Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre de la Alianza,

    que es derramada por muchos para perdón de los pecados. (Mt 26, 27)

Toda la escena,

el encuentro entero

es herida.

Herida de amor.

Herida de Dios.

          Porque Dios es Amor. (1 Jn 4, 8)

 Extracto de: Bert Daelemans, S.J. “Encuentros en el camino. Una propuesta de discernimiento espiritual”. PPC 2015

Fotografía: Rudolf Paulus (+)

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