La guerra sin vacaciones

Escribo en la noche electoral española, abrumado por tantas cifras y especulaciones, después de una campaña sobre la que me pregunto si ha servido para algo. Pocos argumentos y mucha propaganda, poca aportación de proyectos viables y mucha descalificación del adversario político. Poco o casi nada se ha hablado durante esa campaña de las guerras que todavía continúan provocando la destrucción, la muerte y millones de refugiados.

Parece como si todas esas tragedias fueran ajenas a este “mundo civilizado” cada más egoísta e insolidario. Toda la atención mediática de estos días centrada en nuestros problemas locales, el Brexit y la copa de Europa de fútbol. Los innumerables conflictos, algunos convertidos en cruentas guerras, que afligen este planeta han dejado de aparecer en los medios. Ya no existen, por lo tanto.

Hipnotizados con tanto slogan partidista y sectario, hemos olvidado la obligación humanitaria de ayudar a resolver los conflictos de nuestros semejantes, de acabar, o al menos aliviar, su sufrimiento. Sólo hemos pensado en nuestra “dichosa patria” (por favor, interpretar esta frase no en sentido de menosprecio a nuestra cultura y valores, sino como expresión de nuestro egoísmo). El Brexit, puede considerarse la última muestra de ese encerrarse en sí mismo y del rechazo a lo diferente.

Llegan las vacaciones para millones de personas en el mundo occidental. A pesar de la crisis y de las graves consecuencias para el empleo y la sociedad del bienestar, gran parte de los europeos y otras sociedades occidentales se pueden considerar afortunados en comparación con lo que se vive en otros lugares del mundo.

Photo Credit: mateosánchez via Compfight cc
Photo Credit: mateosánchez via Compfight cc

No obstante, en las sociedades occidentales, tradicionalmente dominadas por el sistema capitalista, la crisis económica –que no es sino la crisis del propio sistema- ha agudizado las diferencias sociales. Hay un crecimiento de la pobreza y la desigualdad de rentas como se constata de los datos ofrecidos por ONG,s, de las que no se pone en duda su servicio a la sociedad, como Caritas o Cruz Roja, entre otras.

Estos factores, desigualdad y pobreza, unidos a la percepción de corrupción y las cifras de desempleo –especialmente el de los jóvenes-, que llevan a concebir un futuro sin esperanza, conducen a un clima de frustración que puede ocasionar episodios violentos.

Los conflictos violentos y las guerras son producidos por múltiples y complejos factores. Pero los mencionados anteriormente tienen mucho que ver. Aunque en las sociedades occidentales modernas la pertenencia a determinada raza, religión o etnia parecía superada, los discursos excluyentes, xenófobos y racistas están de nuevo comenzando a renacer. Posiblemente, también, otra de las consecuencias de la crisis: echar la culpa del desastre a los demás en lugar de al propio sistema.

Así, se comienza a vislumbrar un futuro que parece una vuelta al pasado, a la vista de resultados electorales recientes con la aparición de movimientos políticos y sociales de corte totalitario en Europa y Estados Unidos. Hay señales de alerta, a pesar de que la propaganda quiera seguir exhibiendo las bondades de un sistema que desean perpetuar a consta del sacrifico de millones de personas. Como si de una guerra se tratara en la que los generales calculan el número de bajas para conseguir la victoria.

Pero los sacrificios tienen un límite y las personas son imprevisibles cuando pierden la esperanza y la dignidad. Por ello desde los líderes occidentales deberían de tener en cuenta las prioridades para atajar esos desafíos a la seguridad.

En el mundo actual no hay guerras de la intensidad que hubo en el pasado siglo pero las hay y con mucho sufrimiento. Guerras (algunos les llaman conflictos de baja intensidad) que sólo aparecen en los medios durante semanas o días pero que siguen ahí: Mali, República Centroafricana, Sudán del Sur, Siria, Ucrania, Gaza. Otras, que parecían acabadas, vuelven con más virulencia, como sucede en Libia, Irak y Afganistán.

Occidente tiene suerte, todavía puede gozar de vacaciones, aunque muchos de sus habitantes ya no puedan. Sin embargo, en esas partes del mundo mencionadas continúa la destrucción y la muerte. No hay vacaciones para la guerra. Con víctimas inocentes, de todos los bandos, de todas las razas, de todas las religiones. El fanatismo de la violencia no descansa ni distingue entre sus víctimas.

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