Groucho Marx y los obispos

“Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Esta famosa frase de Groucho Marx critica de manera gráfica un comportamiento humano, bastante habitual, que prioriza los intereses propios frente a la coherencia ética, ya sea en el ámbito individual ya sea en el terreno político. Es lo que podríamos llamar relativismo moral.

Los obispos tienen principios y no los cambian. Su discurso, en este sentido, es coherente. Pero, además de tener principios, los aplican. Es lo que hacen en la tercera parte del documento Iglesia, servidora de los pobres, que venimos comentando en posts anteriores. Después de “ver” la realidad, intentan “juzgar”, seleccionando algunos principios de la Doctrina Social de la Iglesia que la iluminan. Concretamente, seleccionan seis principios, en una síntesis que, como tal, no es particularmente original (puede verse, por ejemplo, la síntesis del capítulo 4 del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, publicado en 2004). Lo interesante es cómo los aplican a nuestra realidad social.

[1] La dignidad de la persona, como siempre ha destacado la Iglesia y como, en estos tiempos de crisis, entidades cristianas como la HOAC han repetido machaconamente: “la persona es lo primero”. La persona “no es un instrumento al servicio de la producción y del lucro. Detrás de la actual crisis, lo que se esconde es una visión reduccionista del ser humano que lo considera como simple homo oeconomicus, capaz de producir y consumir” (n. 23).

[2] El destino universal de los bienes hay que extenderlo hoy a los frutos del reciente progreso económico y tecnológico. Esto recuerda la hipoteca social de la propiedad privada, impide cualquier monopolio por parte de unas minorías privilegiadas y “exige velar especialmente por aquellos que se encuentran en situación de marginación o impedidos para lograr un desarrollo adecuado” (n. 26).

[3] Se recuerda la necesidad de repensar la solidaridad en nuestro contexto, combinando la defensa de los derechos con la promoción de deberes, sin olvidar que se requiere “la efectiva voluntad política de establecer la legislación pertinente”. De hecho, se subraya que la comunidad política tiene la “tarea de promover las condiciones necesarias para que, con la colaboración de toda la sociedad, los derechos económico-sociales puedan ser satisfechos, como el derecho al trabajo digno, a una vivienda adecuada, al cuidado de la salud, a una educación en igualdad y libertad. La implantación de un sistema fiscal eficiente y equitativo es primordial para conseguirlo” (n. 28).

[4] Todo ello, desde la exigencia moral del bien común. “Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad” (n. 30).

[5] El principio de subsidiariedad “permite un justo equilibrio entre la esfera pública y la privada”. Pero  no puede invocarse el principio de subsidiariedad como “pretexto para descargar sobre ellas sus obligaciones eludiendo las responsabilidades que al Estado le son propias; fenómeno que está comenzando a suceder en la medida en que los organismos públicos pretenden desentenderse de los problemas transfiriendo a instituciones privadas, servicios sociales básicos, como, por ejemplo, la atención social a transeúntes” (n. 31).

[6] Se reafirma el derecho a un trabajo digno y estable como “una destacada forma de caridad y justicia social”. Sin duda, “la política más eficaz para lograr la integración y la cohesión social es, ciertamente, la creación de empleo”, pero “ha de ser un trabajo digno y estable” (n. 32). En este sentido, debemos recordar que, a principios del mes de mayo, unas 70 entidades han firmado un manifiesto titulado precisamente “Iglesia unida por el trabajo decente”.

En definitiva, los obispos tienen principios y los aplican. Lo cual es de agradecer, porque muchas veces nos movemos entre dos errores: o bien nos olvidamos de los principios cuando no interesan (como decía Groucho Marx) o bien los afirmamos en teoría pero sin aplicarlos, dejándolos en las nubes sin pisar tierra.

[Nota: la caricatura es de Miguel García]

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