El pensamiento católico siempre ha considerado la propiedad al servicio de las personas. Carece pues de legitimidad moral sacrificar personas o pueblos para mantener los derechos de propiedad de otros que tienen más (por ejemplo, los acreedores). Este es el principio cristiano, completamente distinto por cierto a la lógica que nos viene del derecho romano, la cual hace el derecho de propiedad prácticamente absoluto.

El problema es si el principio cristiano de la relatividad de la propiedad se aplica a Grecia. Escribimos el día antes del referéndum, así que no sabemos el resultado; pero eso tiene poca importancia desde el punto de vista de la legitimidad moral de las presiones de la Troika (que somos nosotros también, por una cantidad que pasa los 25 mil millones).

El principio católico es obvio desde el punto de vista de su justificación moral, pero no lo es respecto a su aplicación. Hay dos cuestiones básicas:

1. Para que el principio sea aplicable, las condiciones bajo las cuáles entra en efecto deben estar identificadas de antemano, antes de prestar el dinero. Si no, hay un gran riesgo de arbitrariedad: cuando pienso no devolver las deudas declaro relativa la propiedad ajena. Evidentemente, los préstamos funcionarían de manera distinta si, bajo ciertas condiciones establecidas, pudiera perderse el derecho a la propiedad de lo prestado; entre otras cosas, habría menos préstamos. Lo que no funciona es declarar relativa la propiedad del otro bajo condiciones sobrevenidas, no establecidas previamente.

2. Para que el principio sea aplicable, esto es, para que puedan establecerse las condiciones que relativizan la propiedad de lo prestado, resulta imprescindible distinguir préstamo para el consumo y préstamo para la inversión. Con la inversión quiero producir más, lo que me permitirá devolver el préstamo y que me quede algo. Si me dejan para el consumo, vivo un día más, pero sin más riqueza y habiendo acumulado deuda. Si es para sobrevivir, la limosna funciona mejor que el préstamo; al menos no se engaña nadie. Desde el punto de vista de la relativización de la propiedad, son evidentemente más respetables los préstamos para inversión que para consumo. El problema es que no siempre resulta fácil distinguir el consumo de una inversión que salió mal. Pensemos en Andalucía y Galicia, dos de las regiones inicialmente más pobres de España. Galicia invirtió las ayudas diversas que recibió, y ya no es una región pobre. ¿Y Andalucía? ¿Le salieron mal las inversiones, o se comió directamente las ayudas? Buena pregunta.

Los teólogos católicos escolásticos (siglos XII al XVII) y los pensadores de las finanzas islámicas (hasta el día de hoy) consideran inmoral el préstamo a interés, entre otras cosas porque se basa en un carácter absoluto que la propiedad no puede legítimamente tener. En su lugar, proponen un contrato de asociación, en que el acreedor y el deudor van juntos en el negocio: pierden juntos o ganan juntos. Si el negocio fracasa, cada uno pierde lo que puso y nadie queda endeudado con el otro. Es una buena idea. Lo único que cuando así ocurre, el acreedor también participa en la gestión del negocio; de hecho, se mete mucho porque se juega su dinero.

Cuando se trata de países, como en el caso de Grecia, decir soberanía nacional (y hacer referéndums para que se pronuncie el pueblo soberano) es exactamente lo mismo que reconocer la propiedad absoluta. El carácter absoluto de la propiedad y el de la soberanía nacional son dos caras de la misma moneda. Si de lo que se trata es de hacer a todos los europeos socios de un proyecto de Grecia para salir adelante con los recursos de todos, entonces no puede elegirse la vía de declarar la soberanía unilateral del pueblo griego. Con otras palabras, si el pueblo griego va a ser unilateralmente soberano, entonces unilateralmente nos debe 26000 millones al pueblo español. Y si vamos a ser socios, entonces vamos juntos también en esto: soberanía europea, no soberanía griega.

Eliges un socialista, y te sale un nacional-socialista.