¡Gracias, taquígrafas!

Por Paula Merelo

El pasado 15 de julio tuve la oportunidad de asistir al pleno extraordinario del Congreso. En aquella ocasión, el presidente del Gobierno informaría sobre las sesiones del Consejo Europeo en las que había participado durante el mes de junio. Acudía yo puntual a la cita. Llegaba con tiempo suficiente y con los nervios propios de quien acude por primera vez a algo que no conoce más que por los medios de comunicación pero que sabe que es actividad esencial para el bien de un país. No faltaron entre los más cercanos los chascarrillos previos: “No te desnudes. No insultes desde la tribuna a sus señorías”. “¡Hazte un selfie con Mariano!”

Con la lección aprendida y dispuesta a comportarme, atravesaba los arcos de seguridad y llegaba la primera decepción: “señorita, tiene que dejar su teléfono móvil aquí. No está permitido acceder al hemiciclo con dispositivos móviles”. Vaya, ¿y cómo iba yo a compartir con mis amistades aquel momento? Si no lo subía a facebook, nunca habría pasado. Ya todos sabemos que, o estás en las redes, o no estás. Pero no quedó otra: dejar atrás mi móvil.

Seguí obedientemente a los ujieres que me indicaron el camino hacia la tribuna de invitados y tomé asiento. “Salvo en la primera fila, que está prohibido, puede sentarse donde quiera”. Estaba asistiendo en persona a una sesión extraordinaria de la vida parlamentaria a de nuestro país. Observaba con respeto las huellas de la historia en aquellas paredes (nombres, representaciones de escenas y… rastros de balazos) que, con mayor o menor acierto, desde un “bando” u otro, han ido tejiendo nuestra historia, la de España, la que debería hacernos sentir a todos orgullosos de lo que somos. Y poco a poco, fueron entrando los diputados y ocupando sus escaños.

Puntualmente, a las 9 de la mañana, el Presidente del Gobierno comenzaba su intervención. Explicaba la agenda de aquellos días y las distintas sesiones de trabajo en Bruselas y exponía las conclusiones alcanzadas. El primer tema al que hacía referencia era la situación en el Mediterráneo (Mare Nostrum, Mare mortuorum). Ese sumidero de vidas en el que hemos convertido nuestro mar. La tragedia en la que terminan los sueños de miles, cientos de miles de personas que huyen de sus países tratando de encontrar una oportunidad, y no encuentran sino la muerte. Tantas vidas truncadas frente a nuestras costas, en las que sólo alzamos muros. Al menos los Presidentes de gobierno europeos habían llegado a la conclusión de que era necesario encontrar una solución urgente a este problema. Sin embargo, mis ojos no podían creer lo que vieron en ese momento: salvo honrosas excepciones, sus señorías seguían en sus escaños conversando entre ellos, recibiendo y realizando llamadas telefónicas (sí, a ellos sí se les permite el acceso con dispositivos móviles), revisando la prensa en el iPad, prestando atención a otras cosas… Eran vidas humanas de lo que se estaba hablando. De un crimen del que todos debíamos sentirnos culpables, y los máximos dirigentes de nuestro país estaban “a otras cosas”. Tras la situación del Mediterráneo, tocaba el turno a la agenda digital europea, con un éxito semejante. Sólo al llegar a la situación de Grecia parecía comenzar a hacerse silencio.

Llegó el turno de réplica para la oposición. ¿Oposición? ¿Cuál es el papel de la oposición: oponerse sin más, con formas bruscas, a lo que diga el partido opositor? ¿No será tarea de quienes nos dirigen, unos y otros, aunar esfuerzos por alcanzar el bien común, el de todos, el de todos los ciudadanos de a pie que hemos depositado en ellos nuestra confianza para dirigir este país? No se trata de enfrentarse sin más, sino de dialogar para, juntos, construir. ¿No sería ese el mejor camino para todos? Lamentablemente, no es así. Y, además de los discursos previamente redactados con el único objetivo de atacar, los escaños iban quedando vacíos a medida que los diputados abandonaban la cámara… a pesar de seguir abierta la sesión.

Apenas estuve hora y media presente pero sentí vergüenza de la clase política que nos representa y una profunda decepción. Sólo salvó la mañana observar el trabajo serio, respetuoso y profesional de taquígrafas y estenotipistas, y de los ujieres. Trabajando por turnos, taquígrafas y estenotipistas, cada diez minutos, se relevaban en su función, saliendo y entrando de la cámara con seriedad y respeto; tomando nota de todo lo que allí se hablaba, prestando cuidadosamente atención… En una palabra, cumpliendo fiel y escrupulosamente la labor que se espera de ellas.  

Quienes nos dedicamos a la educación, empleamos tiempo, creatividad y esfuerzo en enseñar a nuestros jóvenes a escucharse en silencio, a respetar la palabra, a argumentar sin atacar, a saber comportarse donde quiera que estén, aunque prefirieran estar en otro lugar. Por favor, señores políticos, ayúdennos a educar siendo ejemplo. 

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