Gora Ama Guadalupekoa

Hoy 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Virgen María, se celebra la fiesta grande de “mi pueblo” guipuzcoano, Hondarribia. Es famoso sobre todo por el Alarde y, más en concreto, por las polémicas de los últimos años en torno a la participación de las mujeres en el mismo. Voy a hacer alguna reflexión acerca de esta polémica, sin pretender resolverla ni mucho menos, porque en realidad me interesa más llevar la discusión a otro punto.

El núcleo del debate está en el conflicto entre la tradición (desde los orígenes de la fiesta, en el siglo XVI, la participación de las mujeres ha estado limitada a su papel como “cantinera”) y la discriminación (la mentalidad actual y el discurso feminista ven en esta práctica una discriminación inaceptable). Si se plantea en términos estrictamente racionales, la opinión mayoritaria protesta contra la discriminación; así lo ha hecho el Instituto Vasco de la Mujer Emakunde, la Defensoría del Pueblo del País Vasco Ararteko, la opinión pública general y la mayoría de las fuerzas políticas.

Defensoras del Alarde Tradicional protestan al paso de la compañía mixta Jaizkibel. Alarde de 2013. Foto de Jon Urbe/Argazki Press

Pero la vida es más rica y compleja que la racionalidad. Hay también emociones. Y resulta que la inmensa mayoría del pueblo de Hondarribia (¡¡incluyendo a la mayoría de sus mujeres, mayores y jóvenes!!), prefieren participar en el Alarde tradicional. Esto es algo que “los de fuera” no entienden, pero es así; “hay razones del corazón o de la emoción que la razón no entiende”, podríamos decir parafraseando a Pascal. Como curiosidad y a modo de ejemplo, diré que en los últimos años se ha producido una escisión en la izquierda abertzale de Hondarribia, precisamente por esta cuestión concreta.

De fondo, encontramos otra polaridad básica para entender al ser humano: el individuo y los vínculos. Cada una de las personas, ¿podemos inventarnos a nosotras mismas, como pretende el individualismo moderno? ¿O en realidad debemos asumir lo heredado y lo que “nos precede”, como afirmaría el comunitarismo? ¿Podemos crecer sin raíces? Si desaparecen o menospreciamos las tradiciones, ¿en qué nos apoyamos, en qué nos quedamos? Pero, claro, al mismo tiempo hay que preguntar: si esas tradiciones heredadas son discriminatorias o si esos vínculos resultan opresivos, ¿debemos asumirlos sin más o podemos cambiarlos? ¿Solo podemos reproducirlos o podemos re-producirlos?

Para complicar más el asunto, diré que la “solución” (¿provisional?) adoptada en Hondarribia es la siguiente: hay un Alarde “oficial” en el que participan las mujeres en plano de igualdad; es minoritario, con unas 400 personas, buena parte de ellas de fuera del pueblo. Y luego hay un Alarde “privado”, llamado tradicional (Betiko Alardea), sin apoyo institucional-oficial, pero claramente mayoritario: participan unas 5000 personas (todos varones excepto 20 mujeres, las “cantineras”)… lo cual viene a ser casi “todo el pueblo”, que tiene una población empadronada de algo menos de 17.000 personas.

Digo que esta “solución” complica aún más la cuestión porque lo podemos comparar con la reciente polémica del burkini. Comparando las dos situaciones, lo que se hace en Hondarribia sería parecido a permitir el burkini. A las 8.30 de la mañana, el Ayuntamiento organiza una actividad en la playa y puede ir quien quiera, en bañador, bikini, top-less o burkini. Luego, a las 10 de la mañana, la gente organiza otra actividad, y allí libremente van como quieren… en burkini. Ya sé que esto no gustará a muchos (y a muchas), pero entonces tendremos que revisar los argumentos empelados para defender el uso del burkini como expresión de la libertad individual. También las chicas jóvenes de Hondarribia que quieren participar en el Betiko Alardea tienen derecho a hacerlo sin que les acusen de discriminatorio, oprimidas o lo que sea. Digo yo.

DV-080914-alarde-tradicional003Pero vuelvo al punto que me interesa, que ya dije que no era entrar en el debate clásico del Alarde. Más bien, quiero hablar de identidades. ¿Qué significa “ser de Hondarribia”? Podemos preguntarnos: ¿las identidades son fijas o cambiantes? ¿Son únicas o múltiples? ¿Pueden ser vivas o necesariamente son “identidades asesinas”? ¿Abiertas o cerradas? ¿Liberadoras u opresivas? Diré, de manera concisa, que en mi opinión, se puede ser perfectamente y de manera simultánea, vasco, feminista, católico, de pueblo, progresista, científico y muchas más cosas. Pondré tres ejemplos y ya termino:

  • El mismo nombre de la fiesta, la Virgen de Guadalupe. Es un nombre árabe (wad-al-hub, «río de amor»). O quizá, dicen algunos investigadores mexicanos, tiene origen náhuatl, como variación de la palabra coatlallope, «la que aplasta a la serpiente». Por supuesto, los extremeños la tienen como patrona propia, lo cual no impide que sea también puramente mexicana y latinoamericana. Y todo ello convive con poder gritar, en perfecto euskera, Gora Ama Guadalupekoa: “¡Viva la madre Guadalupe!”, en castellano. Quiero decir que la identidad más específica de la fiesta puede ser compartida y mezclada.
  • Mezclada o mixta es también la Compañía Mixta Jaizkibel, donde desfilan las mujeres en el Alarde. Lo curioso es que en el Alarde Tradicional hay ya otra Compañía Mixta, presente desde el año 1940, formada por personas de la vecina Irún y por “veraneantes”. La que fue la primera mujer alcaldesa de Hondarribia, en el final del franquismo y el inicio de la transición (1973-1977), Mercedes Iridoy Olascoaga fue cantinera de la Mixta en 1941. Este año 2016 recibe la Medalla de Oro de la ciudad. De nuevo, identidades mixtas, mestizas o mezcladas.
  • Como curiosidad final quiero aludir a los arrantzales senegaleses de Hondarribia. Desde hace ya varias décadas hay una colonia senegalesa en el pueblo, bien asentada, que muestra las posibilidades y la riqueza de la integración. “A río revuelto, ganancia de pescadores”; en el mejor sentido de la expresión.

Para terminar, pues, formulo un deseo: “tengamos la fiesta en paz”. Eso sí, sabiendo que la paz no es la ausencia de conflictos, sino la gestión adecuada, dinámica y creativa de esos conflictos que se dan en la convivencia cotidiana. Más aún, en una sociedad plural como la nuestra. Felices fiestas. Y que la Virgen de Guadalupe nos ampare.


Foto de portada: la cantinera Nogaye Toure, de compañía Mendelu, en el Alarde de 2012. [Foto: EFE/Juan Herrero]

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