El salvador y el gerente

GerentevsSalvador

En las elecciones generales de 2015, los votantes están en riesgo de tener que elegir entre un gerente y un salvador (así dice el avance de enero del barómetro del CIS –véase la última página–; así viene a repetirlo la encuesta de El País del domingo).

El gerente se gloría en los resultados de su política económica. Podría ser llamado “neoliberal” si ello no fuera un insulto a los genuinos liberales, que en manera alguna se sienten reflejados en él. Quizás habría que llamarlo “tecnócrata”, pero los técnicos podrían tomarlo a mal, así que no lo haremos. Lo esencial del gerente es que piensa que su economía, medida por resultados macro, habla por sí misma y hace innecesaria toda política. El gerente menciona cifras de crecimiento, exportaciones, tendencias de empleo… como quien siente que deberían bastar para convencer, puesto que describen una economía modestamente al alza. No hemos sido intervenidos (del todo): qué más se necesita para hacernos ver que esta sociedad conserva la soberanía posible para decidir sobre su futuro… Y así.

El gerente tiene, sin embargo, una incapacidad grande para entender los procesos vitales de la gente. Quizás porque no ha estado nunca sin trabajo, no comprende bien que el cuarto año de desempleo es muy diferente al segundo. No es solo que los ahorros se acaban. El desempleado de larga duración y el empleado precario sienten que van sobrando en la sociedad, que nadie está realmente interesado en lo que tienen para ofrecer; que son demasiado jóvenes e inexpertos o demasiado mayores y expertos. Todo lo que se le ocurre al gerente es ofrecerles un subsidio para que sobrevivan. Pero el trabajo tiene significados antropológicos muy profundos (ver Laborem Exercens) que se le escapan. La Microeconomía le define el trabajo al gerente como un factor de producción; si acaso, como le dice la Política positiva, un factor de producción que vota. Con un subsidio quizás puede comprarse, o al menos desmovilizarse, ese voto. Pero, claro, el trabajo no es un voto: es una persona, una familia, una vida, alguien. No algo.

Bastante ciego como es a las cuestiones políticas, el gerente no cae del todo en la cuenta de la poderosa deslegitimación que la corrupción de los suyos  supone para su gobierno. Al final, gobernar implica la capacidad de pedir sacrificios presentes a favor de un futuro mejor: gobernar significa vender a la gente una inversión personal a favor de un porvernir colectivo. La credibilidad es decisiva si uno vende semejante producto: legitimidad, se llama en política.

La alternativa que nos describe el CIS es un salvador. El salvador hace precisamente lo contrario que el gerente: habla de qués asombrosos a nuestro alcance, pero no entra mayormente a discutir las minucias de los cómos. Cuando se ocupa de detalles prácticos, tiende siempre a la misma solución: que se sacrifique otro, rico oligarca, alemán, europeo continental, español…, según corresponda. Quién sea el otro sacrificable depende de si el salvador propuesto es de la izquierda radical, nacionalista francés, nacionalista británico, o nacionalista “periférico”, respectivamente.Y la lista podría seguir, porque en tiempos de crisis la política de la salvación goza de gran predicamento. Muchas personas están con razón desesperadas y acogen bien el mensaje de que es posible una mejora súbita de su situación, sobre todo si ellos no deben hacer gran cosa.

Y es que nuestra lista tiene en común que la responsabilidad, toda la responsabilidad, es siempre de otros, nunca nuestra. Nosotros somos víctimas puras; en la otra acera se encuentran los culpables puros de nuestra situación. Ellos son los que deben cambiar, no nosotros. El salvador, armado con la capacidad de impacto que nuestro apoyo político le da, forzará a cambiar a esos otros. Desde el punto de vista ideológico, el salvador propone la alquimia que permite al individualista convertirse en colectivista de algún género (socialista, nacionalista o una mezcla de ambos), sin dejar de ser individualista: yo sigo haciendo lo que me da la gana, pero que el gobierno ate corto a los demás.

La corrupción del sistema confirma con ejemplos la historia de buenos y malos que nos cuenta el candidato salvador. Entre su audiencia no se comentan las acusaciones de corrupción contra “los nuestros”, siempre producto de alguna conjura enemiga. Más aún, ni siquiera se pregunta por las condiciones generales de posibilidad de la corrupción, porque ello desdibujaría el relato. Sugeriría que a lo mejor los buenos no somos tan buenos y tenemos que cambiar más de lo que creemos; nos llevaría quizás a pensar que los malos no son tan diferentes de los buenos: tal vez la divisoria estribe más de lo que parece en haber tenido un familiar concejal.

Tales matices entorpecen la salvación a través de la política, que, ya decía Goebbels, se beneficia de la repetición de mensajes muy simples. Cuanto más sutiles, peor pasan a su auditorio natural. Por ello, en general el salvador no es persona de matices; y los amigos de los matices pronto le estorban en la misión salvífica. Esto incluye, por cierto, un matiz muy importante: el salvador criticará a muerte al gerente que ha estereotipado quizás años atrás; pero no dedicará mayor energía a explicar cómo sus propias políticas van a conservar los logros de las políticas del gerente. Es obvio por qué: debemos estar enteramente perdidos para ser enteramente salvados. Si empezamos con matices de lo que va bien y lo que va mal, de lo que se puede mejorar, cómo y a qué coste, pues ya estamos en los cálculos del sistema. La salvación es más bien cosa de todo o nada, un tren que pasa una sola vez en la vida de los pueblos y se atrapa o se pierde. En el fondo se trata de una religión, no de una política.

Dice la sabiduría clásica que “en el punto medio está la virtud”. El gerente y el salvador constituyen dos extremos viciosos de una función social cuyo término medio virtuoso es un cierto perfil de político. Sobre ese perfil posible hablaremos en nuestro próximo post. Sin embargo, notemos ya que no es raro que tanta gente inteligente de izquierda se resista a la idea de votar un salvador. Y que tanta gente inteligente de derecha intuya que debería ofrecérsele algo más que un gestor. Quizás sin decírselo mucho a sí mismos, no quieren tener que elegir entre un salvador y un gerente. Ambos querrían votar un presidente del gobierno, nada más, nada menos. Y querrían hacerlo entre verdaderos políticos, personas capaces de mover a la sociedad para hacer eficaz al Estado, y de mover al Estado para alcanzar los objetivos más altos de la sociedad. Pero los partidos, ni los viejos ni los nuevos, parecen ya ofrecerles candidatos así.

En ese sentido, la fase terminal del sistema se deja ver tanto en quienes están a bordo de él como en quienes se le oponen.

(En otro lugar he publicado un post no -directamente- relacionado con este, titulado “El Papa y el pan”. Puede verse aquí).

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