El futuro de las profesiones en la era digital

La celebración anual del día Internacional del Trabajo nos permite analizar la percepción social del trabajo y las relaciones laborales. Este año también hemos comprobado que una de las preocupaciones fundamentales de los sindicatos era el futuro de las pensiones, es decir, la preocupación por un sistema de pensiones basado en la solidaridad intergeneracional cuya desaparición amenaza el horizonte laboral ante la crisis de la natalidad. Para afrontar este desafío, el gobierno ha lanzado ante la opinión pública la noticia de que estudia una “tasa Google”, es decir, la creación de nuevas figuras tributarias a las empresas tecnológicas. Un camino excesivamente simple que arrincona en debate social cada vez más necesario sobre el futuro del trabajo y las profesiones en la era digital.

Aunque algunos analistas como Richard y Daniel Susskind (El futuro de las profesiones, Teell, Zaragoza, 2016) afirman que nos hallamos a las puertas de una sociedad post-profesional porque las máquinas y los robots modificarán radicalmente el mapa actual de las profesiones, hay un problema básico en todo el debate sobre la digitalización de las profesiones. Es el siguiente: la imprecisión terminológica con la que se suele hablar de las profesiones porque en realidad nos estamos refiriendo a empleos, ocupaciones, actividades o trabajos, algo bien distinto a lo que entendemos por “profesión”. Por eso, resulta fácil identificar el futuro de las profesiones con el futuro del trabajo, cuando se confunden términos como los de actividad, ocupación, empleo o profesión.

Para no confundir el mundo del empleo y el mundo de las profesiones resulta útil iniciarse en la hermenéutica de Richard Sennett, quien publicó hace varios años un interesante libro que llevaba por título La corrosión del carácter. Partiendo de las historias de vida de numerosos trabajadores y empleados, se plantea una pregunta sencilla pero radical: ¿qué relatos e historia personal proporciona unidad y coherencia a la vida de los trabajadores del nuevo capitalismo? ¿Facilitan las actuales relaciones laborales la forja de un carácter y, por tanto, una ética de la virtud? ¿En qué medida la precariedad, la flexibilidad y la mercantilización del trabajo están modificando la narrativa de los trabajos y, por extensión, el sentido de las profesiones?

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Este hecho lo ven claro nuestros hijos y alumnos cuando empiezan a tener sus primeros trabajos. Aunque en realidad no lo deberíamos llamar “trabajos” con mayúsculas porque son actividades puntuales remuneradas o empleos inestables y mal pagados. Incluso en las administraciones públicas se aplican modelos y tipos de vinculación contractual donde el “trabajador” es reducido a la categoría de “empleado” que, a su vez, es reducido a la categoría de “mano” de obra, sin derecho alguno a utilizar el cerebro, la inteligencia, la capacidad de juicio o la sensibilidad. Cuando no hay ni siquiera un puesto de trabajo cuya estabilidad dure más de un día o un perfil del empleado organizativamente delimitado en sus tareas, en estos primeros empleos comprobamos que el ciudadano se reduce a su función y, por tanto, a simple “mano de obra”, deja de ser “cabeza que piensa” o “corazón que siente”. Lo humano reducido a simple función y simple recurso. Si los departamentos de personal fueron sustituidos por el funcional nombre de “recursos humanos”, ahora están volviendo a llamarse departamentos de “Personas”.

Con esta lógica, no es raro que se vuelva a plantear de nuevo la utopía del final del trabajo asociada a la utopía de una renta universal de ciudadanía. Dos problemas que activan con facilidad la deliberación pública sobre el impacto de la digitalización en el cambio de hábitos culturales, profesionales y laborales. Con ello se perfilan dos posiciones que orientarán cualquier reflexión futura sobre las profesiones:

a.- Los optimistas que ven la digitalización como una oportunidad a gran escala porque se producirá un cambio radical en el todas las profesiones relacionadas con las tecnologías de la información. Incluso el mundo de la educación, la sanidad y los cuidados se verá afectado por una digitalización que exigirá una nueva forma de generar, usar y compartir el conocimiento. La disponibilidad en línea de la información se trasladará al conocimiento y los profesionales cambiarán el sentido y valor de sus actividades.

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b.- Los pesimistas que ven en la digitalización una oportunidad para establecer límites, repensar los límites y acotar el sentido de las profesiones. Aunque la información esté disponible, el conocimiento práctico, las habilidades, las competencias y las destrezas profesionales no pueden estar a disposición gratuita de todos. Reclaman que los proveedores limiten y controlen esta información práctica. A su juicio, la experiencia y el talento tienen un precio .

Entre el acceso libre al conocimiento compartido y la restricción comercial de la experiencia profesional emergen siempre problemas éticos relacionados con la responsabilidad, la capacitación, la personalización y, sobre todo, la confianza en la prestación de servicios. En todo caso, parece claro que la cuarta revolución industrial basada en las tecnologías de la información no se limitará a cambiar el catálogo tradicional de las profesiones sino a cuestionar de nuevo su sentido en un mundo donde el contacto personal está siendo desplazado por la conexión virtual.

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