En el futuro, ¿por qué vamos a necesitar la escuela?

He releído estos días el libro del afamado Howard Gardner titulado La generación APP, ensayo sobre la identidad de los jóvenes actuales en un mundo dominado por la tecnología (… de los móviles). Como muchos libros recomendables, la introducción y las conclusiones son de especial interés. De la primera entresaco esta anécdota:

“Después de haber dirigido Howard una charla sobre educación a un auditorio universitario, un brillante y algo agresivo estudiante se se aproximó a Howard blandiendo su smartphone. Frunció súbitamente el ceño y le dijo: ‘ en el futuro, ¿para qué necesitaremos la escuela? Después de todo, la respuesta a todas las preguntas, tarde o temprano, van a estar contenidas en este smartphone‘. Howard reflexionó un momento y respondió: ‘sí la respuesta a todas las preguntas… excepto a las importantes.” (The App Generation, 9, ed. orig., trad. prop.)

Permítame el profesor Gardner que estire la respuesta para hablar desde la experiencia de este docente casi cinco años después de la publicación de la edición original. Y permítamelo porque el paso del tiempo ha hecho que la respuesta que dio a la pregunta sea cierta pero muy incompleta. Algo lógico entonces, cuando la llegada masiva de los fulgurantes móviles de (entonces) nueva generación y el uso de la tecnología por los jóvenes de forma generalizada no llevaba ni siquiera una década. Y que probablemente sea un análisis obsoleto en unos años, cuando ojalá hayamos puesto remedio al desajuste actual.

Efectivamente, las preguntas esenciales sobre lo que un joven es o puede ser, lo que la realidad y la vida significan, o sobre el destino último de las cosas, no son ni siquiera abordables desde la tecnología, y menos aún desde la inmediatez de un aparato de bolsillo, aunque haya que responder a las nuevas preguntas que propone la tecnología. Ni tampoco, como el libro muestra poniendo ante nuestros ojos la transformación de la identidad, la privacidad y la imaginación de los jóvenes en la era digital, su propia realidad como agentes que puedan proporcionar una adecuada identidad, una suficiente identidad y una amplia imaginación a sus usuarios. Que la tecnología haya llegado para quedarse (algo obvio) no significa que tenga todas las respuesta y no cause nuevos problemas, no todos derivados de un mal uso.

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Indagando más desde el contacto con los jóvenes y adolescentes, uno se percata que la forma de mirar y ver, oír y escuchar ha cambiado sustancialmente. No se trata sólo de que atiendan menos o fatiguen con las formas “tradicionales” de presentación de conocimientos y de comunicación entre iguales y diferentes, sino que su percepción cotidiana que no venga tramitada con alguna componente tecnológica interpuesta está bastante limitada. Esto, que es evidente en las aulas, donde los niveles de atención han caído dramáticamente en los últimos años, se extiende a todas las esferas de la vida de los más jóvenes. Les cuesta trabajo relacionarse sin tener un aparato a mano que les cubra o secunde, les afecta más todo lo concerniente con la identidad virtual y les motiva enormemente más lo que les llega por las redes que por lo que ven u oyen a su alrededor mientras catalogan el impacto de lo cercano con una universalidad antes desconocida. La relevancia de lo que les llega sólo es aceptable si está verificada por algún tipo de impacto en la red.

Lo que se dice de la percepción, puede decirse del razonamiento. O de su ausencia. La facilidad y aplicabilidad de lo que se consigue digitalmente choca frontalmente con el esfuerzo que debe ponerse en pensar. Pensar es más caro que rozar un icono, buscar información es mucho más complejo y aburrido que descargarse una aplicación y aprender rudimentariamente su manejo en unas horas. Curiosamente, la habilidad real de los llamados (erróneamente) “nativos digitales” no alcanza más allá de de lo que está en boga. Cualquiera que haya hecho uso de tecnologías de la información en el aula se ha percatado de ello, aunque haya también comprobado que con el adecuado estímulo un porcentaje apreciable de ellos son capaces de dominar herramientas nuevas en poco tiempo; pero es que “les pone”.

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Podemos seguir. Sin embargo, prefiero que reflexionemos sobre la responsabilidad que nos compete a los docentes en esta hora. Esto es, cuando la irrupción de todo tipo de aparatos se está produciendo en la escuela. ¿Por qué vamos a necesitar la escuela… para esto?

  • Evidentemente, hay que enseñarles a buscar y seleccionar la información relevante y guiarles en sus primeros pasos. Para esto no basta ser unos simples ayudantes del motor de búsqueda, sino que hay que impartirles también conocimientos básicos que les permitan discriminar por sí mismos qué es importante y correcto. Sin conocimientos no hay criterio alguno de indagación.
  • Más todavía, hay que educarles la mirada y el oído. Cierto que de otra manera, con otros ritmos, pero con idéntica eficacia. ¿De qué nos vale que se instalen en la red para aprender si no comprenden lo que leen ni saben sacar información de lo que oyen? No nos engañemos, el uso educativo y profesional de la tecnología no es un entretenimiento agradable. Debe servir para aumentar sus competencias. Si no es así, no lo usemos.
  • ¿Pensar? Pues, claro. Aunque no les guste. Porque tratamos de educar ciudadanos, no meros consumidores. Personas libres, no adheridos a lugares comunes, tópicos o modas. Tenemos una responsabilidad moral en dejarles instrumentos de su tiempo para poder responder a los retos que se les plantean. Y eso no admite componendas ni reduccionismos que nos retrotraigan un “nuevo” tipo de escuela instruccional.

¿Por qué vamos a necesitar la escuela? Porque es la mejor estructura social que disponemos en nuestro tiempo y en el que vendrá hasta donde nos alcanza la mirada para abordar sistemáticamente el reto de formar en el conocimiento, la mirada y la escucha, el pensamiento crítico y libre en las edades más tempranas. Otra cosa es que no valga cualquier escuela para acometer tal reto. Y en eso, como en tantas otras cosas, nuestros jóvenes más niños, los adolescentes, nos indican el camino con su distracción, falta de interés y disrupción. Y deberíamos tomar muy buena nota de las señales colectivas que nos envían.

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Imagen de cabecera: http://www.sophiaonline.com.ar

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