El fútbol son once contra once, no hay rival pequeño…

Aunque no seas un/a apasionadx del fútbol, en más de una ocasión, habrás escuchado o leído este topicazo del fútbol en la prensa deportiva. Te habrás topado con él cada vez que preguntan a un entrenador o jugador de un súper equipo cuando se tiene que enfrentar a uno bastante modesto. Es un recurso que se usa con el fin de no ofender y ser políticamente correcto con el club contrario. En realidad sabes que está pensando lo contrario, y que si no tuviera tan aprendido ese mantra se comportaría al más puro estilo Mcgregor o Mayweather en las ruedas de prensa antes de ponerse finos a guantazos en el ring, como hicieron el pasado año. Piensan una cosa pero están diciendo otra.

En el mundo del acompañamiento y la intervención socio-educativa también tenemos los nuestros. Unos más sibilinos y otros más evidentes. Hoy me gustaría hablar de uno que seguro que el/la lectorx lo ha escuchado o incluso replicado alguna vez: “en mi trabajo aprendo más de lxs niñxs que ellxs de mí”. Lo confieso, yo también lo he hecho. No lo voy a negar. Queda muy bien. Sin embargo, en los últimos años me he vuelto un poco puntilloso con el tema y cuando escucho ese estribillo pregunto por el fondo, y la respuesta, si es que la había, iba acompañada de más topicazo. Muy a lo Sergio Ramos diciendo que el “Otxandio F.C. es un equipo muy complicado y  seguro que nos van a poner muy difícil el pase a treintaidosavos”.

Pues bien, los finales de curso son un periodo de entrega de informes y de memorias, que exigen una mirada retrospectiva y global de nuestro día a día, de cada trayectoria. Son periodos muy vitales para unx educadorx. Un momentazo que posibilita la visión modo “Google Earth” de cómo ha ido el año con cada niñx, adolescente y familia. Mientras tecleas y vas haciendo narrativa, vas reviviendo episodios claves que han dejado  huella, tanto en ti con en ellxs.

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Así pues, y mientras finalizaba la evaluación con ellxs, cada vez era más consciente de que este curso he aprendido muchísimo de los niños, niñas y adolescentes con los que he trabajado. Lo puedo decir con letra Arial, a 24 puntos y en negrita. Sin tópicos. Incluso puedo decir que me he llegado a avergonzar de tener enfrente a algún adolescente que me ha dado mil vueltas en la resolución de conflictos, en la autorregulación y en el perdón. Me han enseñado….

  • … que las personas que no han tenido un amor cálido, constante y hábil en su vida son más exigentes con el afecto que tú les puedas dar. Sin embargo, con constancia, calidez y mucha delicadeza te abrirán el corazón y te dejarán que te pongas a su lado para andar el camino.
  • … que hay mil maneras de decirte “te necesito, te quiero, eres muy importante para mí,…”.
  • … que tener 20 años de experiencia no es garantía de nada, que cada minuto que estás con cada unx de ellxs tiene que ser de oro.
  • … que a veces dañamos sin querer, cuando no les vemos, cuando ironizamos, cuando no respetamos sus ritmos.
  • … que sólo cuando tenga la capacidad de estar regulado y podré disponer de una jerarquía sana y poder sintonizar de tú a tú, que me va a posibilitar regular y pautar a la persona que tengo delante.
  • … que siempre hay una buena razón para su comportamiento, aunque muchas veces no sepamos encontrarla, y ni tan siquiera nos acerquemos.
  • … que el miedo es paralizante, que nos empuja a nuestros instintos más primarios, a nuestra peor versión.
  • … que se puede chatear por Instagram, lo que es un skill en Fornite, el swit-swit, como conectarme a una red wifi sin meter las 50 letras y números, la canción de scooby-doo pa-pa o dónde me podía comprar más baratas las zapas para jugar a basket.
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En definitiva, estas líneas no son más que una reflexión crítica acerca de la necesidad que, como profesionales, tenemos de desactivar el piloto automático y desplegar todas las herramientas de las que disponemos para escrutar, investigar, curiosear… la relación con el otro. La necesidad de abandonar el modelo paternalista y colonialista, que hemos mamado a lo largo de muchos años, para cambiarlo por uno más cercano, más sensible y respetuoso. La necesidad de estar en un continuo “checkeo” de nuestras limitaciones y posibilidades de mejora, que vienen, muchas veces, gracias a las oportunidades que nos brindan las personas que tenemos delante. Algo muy lejos del postureo profesional que nunca ayuda.

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