[El día 21 de febrero se celebra el Día Internacional de la Lengua Materna. Con esta ocasión hemos pedido la siguiente colaboración al lingüista vasco Koldo J. Garai, de la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea]

Acabo de oir en la serie policíaca Hawai 5.0 la siguiente salida: “no, ya te he dicho que en mi casa no se habla hawaiano”; se supone que el entorno es cómico, en la casa del interlocutor la mayoría son hawaianos, es decir, en Hawai la lengua minoritaria sería el inglés. A mi amiga Nezha, sin embargo, no le hace ninguna gracia cada vez que baja a Madrid a por algún documento a su embajada de Marruecos y que le hablen en árabe, y no en bereber, y me dice –”no entiendo por qué los gobiernos no hablan la(s) lengua(s) de sus ciudadanos”, y le contesto: –“¡uy, si a mí eso me viene pasando toda la vida!” y como ella es muy suya, a la embajada marroquí les contesta en español. De modo que, por un lado, tenemos una cuestión demográfica y, por otra, el establecimiento del dialecto del poder, y entre medio las definiciones de lengua minoritaria frente a lengua minorizada.

Entre las varias aportaciones de Tomasello (2003) sobre los mecanismos implicados en la adquisición de la(s) primera(s) lengua(s), hay dos que me gustaría resaltar, aunque en sí mismas no son novedades. La primera de las observaciones subraya la diversidad lingüística de la especie sapiens frente a otras maneras de comunicación entre los homínidos con los que compartimos un porcentaje mayor de material genético. La segunda es la dimensión simbólica del lenguaje que nos permite una comunicación triádica, es decir, con un foco atencional compartido por los interlocutores sobre un referente acordado, versus la comunicación diádica o de persuasión directa que podemos encontrar entre otros homínidos.

Las anécdotas iniciales de este artículillo abarcan un espectro mucho más amplio que lo que intento sea el tema de esta reflexión, es cierto, pero una de las rémoras más difíciles de desenganchar de los cascos de las lenguas ha sido el hecho de que los distintos y sucesivos dialectos del poder no han reconocido esas dos quasiobviedades a las lenguas minorizadas, es decir, a aquellas lenguas carentes de una administración propia, carentes del dialecto propio del poder. Para muestra un botón que recojo de la reseña que hizo Gorka Aulestia a El libro negro del euskera de Joan Mari Torrealdai: “Unos negarán la capacidad del euskera para enseñar la química nuclear (Adolfo Suárez en ‘Paris Match’ (1976)) otros…” En definitiva, seguimos utilizando la metáfora de la herramienta más o menos adecuada, más o menos “evolucionada”, para determinadas funciones; ese esencialismo lingüístico unamuniano es una falacia, la lengua es universal y plural, porque es sapiens, y su función simbólica perspectiviza la experiencia, no la anula, y la posibilita para referirse a esa tercera dimensión que sería la materia científica; dicho en plata: la cuestión no es que no se pueda hablar del Ébola en lengua Hausa, sino que exista una comunidad hablante, dialogante sobre esa materia en Hausa, y si no, queda el recurso a la traducción (www.voahausa.com).

Esteve Materra
Doctrina Christiana (1617) de E. Materre

Por suerte para el euskera (en gran medida gracias a ese premio nacional de literatura que es Atxaga que insiste en sumar sin restar, lema de la Fundación Azkue para este año), los prejuicios pseudo-lingüísticos van cayendo. De hecho, es muy probable que el monolingüísmo sea muy reciente en la historia de la humanidad.

            Me gustaría terminar esta reflexión sobre las lenguas minorizadas (sobre las que se siguen diciendo absurdos como que “tiene mucha/poca literatura” identificando una capacidad humana con los soportes físicos de la misma), con una noticia que me llena de alegría: se acaba de encontrar en la Biblioteca Real de Dinamarca, la primera edición de 1617 del franciscano Estebe Materre al que podríamos calificar como el primer escritor programático en euskera, además de que, irónica y felizmente, el euskera era su L2.